A Sala Llena

Oda a Stallone

¿En qué andan? Supongo que quejándose del calor, o tomando sol en sendas terrazas, o trabajando, o encerrados al amparo del aire acondicionado leyendo o mirando la televisión. Ya habrán pelado los shorts y se pasearán, blancos fosforescentes, por las calles porteñas…

¿Es esta época del año tan extraña para ustedes como para mí? ¿En qué piensan por estos días? Yo siempre digo que este es mi tiempo favorito del año, la primavera y el verano, pero lo cierto es que por estas fechas, me entra siempre un poco de angustia y algo me sucede. Generalmente el cuerpo se me desordena de alguna manera, jamás seria, pero sí angustiante. Se me irrita el colon, o la menstruación se me desordena, o empiezo a tener reflujo gástrico, o me duelen las rodillas, o me olvido de las cosas… En fin, parece como si todo se estuviera reseteando. Y me agarran miedos, angustias; me asaltan locas fantasías, quiero viajar urgentemente, entro en celo, sueño con el mar y con Superman y, pongámoslo de esta manera, si estoy sola en casa, siempre toquen la puerta antes de entrar a cualquier habitación. Incluso mi propio chuchi ha pasado calores (por supuesto después se entusiasma, pero eso es para otro tipo de columna)…

Tiempo loco, realmente. ¡Tiempo muy loquito!

Ayer, por ejemplo, me enredé en una madeja de pensamientos. Fui de acá para allá, y de ahí para más lejos todavía. La cuestión es que me sorprendí tratando de encontrar algún momento, algún solo instante en toda mi vida, en que no haya estado bajo la influencia del cine. Y, la verdad, aun cuando tengo una memoria de elefante, no puedo encontrar ni uno solo. Sé que hemos hablado algunas veces de esto, pero realmente me resulta llamativo el hecho de no poder recordar algún momento de mi existencia en que mi cabeza no haya tenido el fantasma de alguna película dentro. Y como con Dickens, algunos fantasmas son bueno y otros son malos.

En ese estado estaba, cuando me topé con Cobra, el clásico de los 80´s protagonizado por Silvester Stallone, y me di cuenta de que no hemos hablado lo suficiente de su majestad Sly en esta columna. Por lo menos, no todo lo que le haría justicia a este tótem gigantesco y absolutamente invaluable, de la industria cinematográfica.

Yo crecí viendo a Stallone y puedo decir, con orgullo superlativo, que he visto todas, absolutamente todas sus películas, incluida aquella escena en un porno que él jamás ocultó ni quiso olvidar. Recuerdo hasta su genial cameo en Sobreviviendo, cuando se topa con Travolta, que viene pavoneándose por la calle. De hecho, mientras escribo estas letras, no puedo más que asombrarme de no haber escrito antes, mucho antes, una columna sobre lo que este monstruo sagrado significa para mí y para mi forma de ver el cine.

Alguno ya habrá dilucidado que tengo una especie de metejón con el tipo, y sí, tendrá absoluta y amplia razón. El señor Stallone, el mismísimo “garañón italiano” es, sin lugar a dudas, una de las leyendas vivientes más portentosas y auténticas que ha dado el cine. Una estrella con todas las letras, un hombre que entiende al lenguaje cinematográfico como pocos; un verdadero genio que, muchas veces, no recibe los honores que se merece. Pero eso se termina ahora mismo porque, esta columna, no es otra cosa que un pequeño altar a toda su magnificencia.

Siempre he creído que me hice cineasta gracias al cine francés y a películas como Los Aventureros o La Piel de un Policía, y eso es cierto. El cine francés ha tenido una tremenda influencia en mí y en mi manera de ver y hacer cine. Pero esa Laura que miraba a Delon y a Belmondo, consumía con el mismo ímpetu y la misma voracidad el cine de Stallone. Para mí Stallone era una especie de gladiador del infierno, un genio de la lámpara que tenía la mirada más directa y cristalina del cine. Un héroe romántico y sangriento que se abría paso a fuerza de apasionamiento y talento furioso, y saltaba de la pantalla a la vida con absoluta y total maestría. Sí, señores, Stallone es para mí uno de los ladrillos fundamentales en esta casita modesta que estoy construyendo como directora. Un ejemplo, un modelo, un ídolo que no discuto ni blasfemo.

La filmografía de Stallone es, directamente, una clase de cine. Tiene muchísimas, pero con solo nombrar cuatro o cinco es suficiente: Todas las Rocky, Todas las Rambo, Escape a la Victoria, Cobra, Riesgo Total, El Demoledor, El Especialista, Los Indestructibles (también todas), Copland, Halcón, Tango y Cash, El Juez, Antz, Oscar (que defiendo a muerte), Daylight, El Implacable, Asesinos… Él solo es una industria, una usina inagotable, un talento, un hombre único que entiende al cine como nadie y con una visión tan propia que casi, casi, da miedo.

Mientras miraba Cobra, más y más me relamía con la cantidad inagotable de iconografía que deviene de la película. Es derivativa hasta el infinito y tremendamente generadora de cultura, como casi todo lo que él ha hecho. Y este hombre está ahí, a solo un click de distancia en Facebook.

El tipo es un verdadero hombre del renacimiento: actor, director, productor, guionista y pintor. Un creativo nato, imparable, verdadero hasta el hueso. Su sino es el de artista y de hombre diferente. Su vida refleja esta condición, como suele suceder con los grandes: le ha pasado de todo. Y aun así, todavía sigue dando una pelea que es ejemplificadora dentro y fuera de la pantalla.

A veces, cuando los miedos me asaltan, que es bastante seguido, recuerdo aquella magnífica escena de Rocky, en la que él especula con tirarse en el cuarto round para no cobrar demasiado. Y después entra en el ring a darlo todo, porque las agallas le salen allí mismo donde estaba el miedo. Uno no puede más que admirar esa fuente impresionante de emotividad que se desbordaba en aquel guion perfecto, ese con el que no hay ser humano sobre la Tierra que no empatice en algún momento. Me emociono de solo pensarlo. Se me llenan los ojos de lágrimas.

Creo que en algún lugar de mi corazón, hace rato que le levanté un monumento, es solo que hasta hoy me decidía a escribir redondamente sobre él. ¿O es que ya lo hice y no lo recuerdo? No importa, nada es suficiente para este titán.

¡Dios me dé la chance de conocerlo algún día, de hablar y hacer cine juntos! Y me dejo llevar porque así de grande es la pasión que siento por él.

Una sola célula de su talento, serviría para construir una filmografía completa y digna, además.

Voy a calmarme un poco, porque se me está escapando la tortuga. Y es acá donde entran ustedes: sería genial, mis queridos lectores, que ustedes, los que quieran, le rindan un homenaje a través de esta columna, dejando sus comentarios. Porque, estoy segura, de que todos tenemos frases, momentos, músicas, tiros, piñas o lo que sea de este hombre, que nos han marcado la vida. ¿Por qué no me cuentan alguna? Expláyense, escriban como locos. Quiero saber de ustedes.

En cuanto a mí, hoy voy optar para tirarle una frase al miedo, a la angustia, a la alucinación, al desequilibrio, a la ansiedad, a los males del cuerpo y de la mente que suelen darse en estas fechas: Tú eres la enfermedad y yo soy tu cura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio está protegido por reCAPTCHA y se aplican la política de privacidad y los términos de servicio de Google.

También te puede interesar...

BUSCADOR

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

CATEGORÍAS

Seleccionar:

ÚLTIMAS ENTRADAS