A Sala Llena

Orillas

Orillas (Argentina, 2011)

Dirección: Pablo César. Guión: Jerónimo Coubes. Elenco: Javier Lombardo, Nicolás Condito, Daniel Valenzuela, Esteban Díaz, Bruno Sánchez, Carole Lokossou, Ilias Akala, Eliane Chagas. Duración: 96 minutos.

Partamos de una premisa: No se puede argumentar sobre lo que no se conoce. Dentro del material de prensa y en los créditos de Orillas, hay una frase que dice “Se calcula que hay mas de dos millones de afrodescendientes”. En el mismo material el director dice “por mas que se intente negar la historia, las huellas están en todas partes” y ejemplifica hablando del “bum bum” de los tambores cuando hay manifestaciones; el Obelisco es África pues los obeliscos son egipcios; etc. Habría que ver quienes son los que calculan y los que niegan la historia o como se llega a esto; pero estamos hablando de cine.

Viniendo de un director que hace tiempo está conectado con África y su cultura en distintas co-producciones (Túnez, India y Mali en los 90), es evidente que las dos afirmaciones anteriores sirvieron como disparador para tejer dos ficciones conectadas por un dogma de religión africana cuyo origen está en la tribu o nación Yoruba que cree en la reencarnación y la trascendencia espiritual a partir de una luz divina que habita en cada ser.

Shantas (Leonel Arancibia) es un adolescente que vive en la Isla Maciel. Junto a dos amigos Víctor (Esteban “El Melli” Díaz) y Joni (Cristian Gutiérrez) suelen salir a asaltar negocios a punta de pistola viviendo muy al límite todos los días. Shantas sostiene su existencia a base de dos pasiones (llamémoslas así) Elisa (Dalma Maradona) y los rituales umbandas realizados por un sacerdote Julio (Daniel Valenzuela) que nunca se sabe si está borracho, en trance o las dos cosas. Julio le insiste al chico que su destine es el de un guerrero indestructible y sumamente poderoso. Esto sucede en una Orilla del mundo. La otra queda en Benin, Africa. Aquí la vida no es muy distinta. Morenike (Karole Lokossou) es la madre de Babarímisá (Ilias Akalas) un chico con una enfermedad cardíaca que requiere un trasplante con lo cual no tiene cura por falta de recursos médicos a los que no puede acceder. El montaje paralelo va desarrollando alguna subtrama con personajes no muy definidos que en lugar de apuntalar, diluyen el foco de interés, factor que de todos modos no hace a la cuestión gracias a un montaje bastante vertiginoso. El director Pablo César acierta por partida doble: asociarse con la excelente fotografía de Carlos Essman cuyo arte se destaca no sólo en exteriores muy jugados; sino en la búsqueda de los colores fuertes que también actúan como conectores entre ambas costas del mundo acaso de una manera inconsciente; pero que por momentos es aún mas fuerte que el enunciado implícito de la cultura africana en América. El otro acierto es el elenco. Este es un caso en el que los chicos son tan sólidos que brillan por encima del oficio y experiencia de Valenzuela o de Javier Lombardo cuyo personaje terminará de definirse como el nexo físico entre las dos historias. Arancibia, Díaz y Gutiérrez componen un trío de amigos en una zona marginal que hacen creíble cada una de las palabras y acciones que dicen. Nobleza obliga, no los conocía como actores de modo que si no lo son, entonces vaya el elogio hacia la dirección de actores.

Orillas termina siendo una película con mucho ritmo que desdibuja un poco los disparadores que mencionaba al principio al quedarse en la mera anécdota de una crónica sobre la difícil vida actual en los dos lugares en donde se desarrolla la acción. Sin embargo no le quita los otros valores cinematográficos. Hay una escena fantástica con una pelota de fútbol. Son 10 segundos ejemplificadores de la maravillosa simpleza con la que se puede hacer cine. En este sentido, Orillas es una película jugada tanto para Pablo César como para el espectador.

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