A Sala Llena

Pase Libre

 

Pase Libre (Hall Pass, EEUU, 2011)

Dirección: Peter y Bobby Farrelly. Guión: Peter y Bobby Farrelly, Kevin Barnett y Pete Jones. Producción: Peter y Bobby Farrelly, J.B. Rogers, Bradley Thomas, Charles B. Wessler, Mark Charpentier. Elenco: Owen Wilson, Jason Sudekis, Christina Applegate, Jenna Fischer, Nicky Whelan, Richard Jenkins. Distribuidora: Warner. Duración: 105 minutos.

Los Chicos solo Quieren Divertirse

Los Farrelly han regresado. Esta noticia no siempre resulta agradable, tengo que admitir. Lo cierto es que el humor de los hermanos, directores de Tonto y Retonto, e Irene, Yo y mi Otro Yo no es demasiado de mi gusto. Admito, que algunos gags tienen su ingenio, pero el nivel de estupidez de sus personajes a veces, puede llegar a exasperar. Por otro lado, sigo pensando que la película más odiada por los críticos, pero al mismo tiempo, más exitosa de su carrera, Loco por Mary, sigue siendo, mi película preferida de ellos. Llámenlo empatía o puro regodeo, pero aún hoy es la única película de su factoría que la vuelvo a ver y me sigo riendo.

El universo Farrelly está compuesto por un abanico de personajes idiotas, inúties, imbéciles que ciertamente, parecen ser un reflejo del estadounidense promedio, de clase media, soñador. Los Farrelly, a diferencia de los Coen, no se creen intelectuales y ridiculizan a sus monstruitos de las formas más desagradables, escatológicas posibles. El mensaje subliminal es que todos los hombres somos bestias, dominados por impulsos, calentura y bajos instintos. Al contrario, los Farrelly elevan la inteligencia y suspicacia de las mujeres, mostrándolas menos superficiales que los hombres, aunque también, resulta irónico, buscan para tales personajes, actrices rubias de ojos claros, prototipos de “belleza”, fetiches hitchcoianos.

En defensa de los Farrelly, tengo que decir que son autores natos de comedia. El tema de las apariencias, de no juzgar a las personas por discapacidades (mentales o físicas), diferencias raciales, belleza externa es de lo que se nutre su filmografía. Que ahora, estos temas “importantes” estén desarrollados o disfrazados en guiones pobremente escritos, previsibles, con gags no siempre efectivos, obvios, moralistas y con mensaje conservador (al menos, en lo que respecta al estigma familiar) es otra cosa. Ni hablar de lo convencional y poco imaginativas que son visualmente sus obras.

Pero la estética y el arte no son prioridades de Bobby y Peter. Ni se molestan en aclararlo. Ellos son observadores de la sociedad media californiana, y sobre esa mirada construyen sus personajes. Su principal atributo por otro lado es el buen ojo que tiene para los castings: ambos fueron los que realmente convirtieron en “estrellas cómicas” a Jim Carrey y Ben Stiller, elevaron de categoría a Cameron Diaz, demostraron que Richard Jenkins es uno de los actores secundones más volátiles que existen, confiaron que Matt Damon y Gregg Kinnear pueden ser hermanos siameses burlándose de ellos mismos, y que una actriz prestigiosa como Gwyneth Paltrow podría ser pareja de Jack Black. No hay protagonista de comedia de los Farrelly que no funcione. Y eso es un hecho.

Pase Libre, regresa a los hermanos al terreno de la comedia tonta y escatológica más pura. Tras las decepcionantes La Mujer de mis Pesadillas y Amor en Juego, esta vez nos devuelven a protagonistas obsesionados con el sexo, pero aprisionados… por sus esposas. Rick y Fred (Wilson y Sudekis) son dos maridos fieles, supuestamente, felices con sus respectivos matrimonios. El problema es que ambos no dejan de fijarse en mujeres atractivas de la calle, fantaseando con ellas y al mismo tiempo, lamentando estar casados. Maggie y Grace (Fischer y gran regreso de Christina Applegate) sus esposas, no los aguantan, y seguidas por el consejo de una amiga veterana, les dan un pase libre del matrimonio. O sea, por una semana, ellas se van de viaje, y les dejan a sus maridos la oportunidad de que las “engañen”… con su permiso. Esto es festejado no solamente por ellos, sino también por sus amigos. Durante esa semana, ambos se darán cuenta que ya no están tan en forma para “levantar” mujeres como pensaban.

Apelando a chistes fáciles, los Farrelly empiezan a construir su maquinaria humorística. Drogas alucinaciones, masturbación, materia fecal; nada de esto puede estar ausente de una comedia Farrelly, y es en estos aspectos en los que la película logra sus momentos más efectivos.

El ingenio que no está puesto en la estructura, sino en la creación de algunos gags y de los personajes. El punto más elevado lo pone la aparición de Cockley, un mujeriego cincuentón, experto en levantes, que en la piel del gran Richard Jenkins (Visita Inesperada) termina siendo un personaje inolvidable.

El mayor problema de Pase Libre, acaso es su mensaje conservador. Los Farrelly se contradicen con lo que en primer lugar pretendían criticar: una pareja no funciona sin que haya un poco de libertad a la hora de fantasear con otros cuerpos. Ciertas cursilerías y explicaciones innecesarias del final, terminan arruinando incluso algunos muy buenos gags.

Como dije anteriormente, los directores siguen teniendo buen ojo para el casting: Owen Wilson está en su salsa, tiene la libertad para llevar su personaje patético al extremo del burdo. Por otro lado, Jason Sudekis (reconocido por Saturday Night Live) logra gran química con Wilson, teniendo a su cargo los mejores gags. Después hay varios aciertos secundarios (la australiana Nicky Whelan cumple correctamente su rol de “chica sexy”) y Fischer y Applegate son muy convincentes como las mujeres de los protagonistas, que al final no son tan inocentes como aparentan.

Pase Libre dificilmente sea la mejor película, pero tampoco es la peor de los Farrelly. Tiene momentos genuinamente divertidos que remiten (salvando las obvias distancias) a los Marx, Los Tres Chiflados (el gran proyecto de sus vidas), Billy Wilder o Abbot & Costello.

Recomiendo ir a la sala sin demasiadas pretenciones, fijarse en la forma indiscriminada, injustificada y obvia de mostrar o hacer mensión a las compañías multinaciones más famosas de los Estados Unidos, y por supuesto… asistir con un amigo.

Definitivamente no es una buena elección para ver en pareja. Aunque puede dar buenas ideas para mejorar las relaciones.

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La estupidez viene en envase de comedia.

¿Acaso alguien ha decretado alguna vez, y yo por supuesto no me he enterado, que la comedia debe ser absolutamente funcional a términos morales estupidizantes y hasta engañosos y contradictorios? ¿O acaso lo que Aristóteles llamó, refiriéndose a este género, como el “arte de lo grotesco”, fue excesivamente malinterpretado por la mayoría de las sociedades que le sucedieron, sobre todo la actual?

Está bien, está bien. Sabiendo esto de antemano, podemos prepararnos. Podemos tranquilizarnos, comprar Pop Corn, una Coca, entrar a la sala “a pasar el rato”, reírnos en algunas situaciones, deleitarnos con el desfile de siliconas (Alyssa Milano se re zarpó, vamos), sentir lástima por un par cuarentones y su patética nostalgia e intento de revivir las viejas épocas de “iupi! bariló, bariló”, para terminar presenciando un discurso que si bien arrancaba disfrazado de “liberador de la jaula sacral llamada matrimonio”, acaba transformándose en “yo soy cristiano, voy a misa los domingos, me acuesto temprano, no tomo ni fumo, y ni en sueños se me va a ocurrir separarme de mi mujer, ni dejarla por otra”; y finalmente salir de la sala sintiendo pena y un poco de bronca por lo estrepitosamente bajo que cae la comedia actualmente o por lo subestimado que se torna este género al caer en manos de directores como los hnos. Farrelly.

Ya de por sí, confieso que cualquier obra de esta dupla no es de mi agrado. No, ni siquiera Locos por Mary. Y menos ahora, en esta suerte de “American Pie para cuarentones casados con hijos” (ya que lo mencionamos, es más interesante Al Bundy en su respectiva comedia antes de esto). Y justamente, es tan análoga a la recordada comedia adolescente, que me gusta pensarla como la continuación.

En efecto, hipotéticamente: luego de American Pie: La Boda, donde por más que se presentara como un culto al reviente, a las fiestas locas adolescentes, la masturbación, la pérdida de la virginidad, las famosas M.I.L.F., la orgía y demás, acaba con un protagonista que se casa con la misma mujer con la que perdió la virginidad (¿acaso la película estaba financiada por el Vaticano? ¡Oh casualidad! me hace acordar al cura que sonaba la campana en Cinema Paradiso, ¿será que el corte final acá lo tuvo el Papá?) resulta que a este hombre (Owen Wilson), tiempo después, ya casado y con un par de chicos, le empieza a picar el bichito de su olvidada y supuestamente  adolescencia y luego de insistirle a su mujer, logra que esta le otorgue un ridículo pase libre para, supuestamente “hacer lo que se la da gana” y volver a izar la vieja y oxidada (y probablemente inexistente) bandera de pirata.

Por supuesto, de a ratos la película hace reír, pero sin embargo la risa que provoca no viene dada por una construcción de situaciones entre los personajes o de un trabajo de desarrollo dentro de los mismos, sino con diálogos impostados artificialmente en sus bocas, chistes fáciles, situaciones repentinas e insólitas (¿probablemente se recuerde sin problema a la mujer estornudando en la bañadera, verdad?) y sobre todo el continuo ridiculizamiento gratuito del adulto promedio. Es decir, lo que Rodolfo más arriba menciona como un logro de los Farrelly el lograr burlarse sin pruritos de sus personajes, sin necesidad de tintes intelectuales ni artísticos; yo lo tomo como una forma de banalización, cosificación y normalización de la problemática adulta en torno a, quizás, la crisis de los cuarenta. El decirle a este adulto que se quede tranquilo, que no haga lío, que por más que su mujer no le responda en la cama ni se le ocurra buscar otra porque está absolutamente obsoleto en terreno de levante, más que comedia es un dispositivo de represión disfrazado de tal.

Ojo, con esto no estoy diciendo que estos temas, por ser serios, son imposibles de ser tratados dentro de este género. En lo absoluto. ¿O acaso nadie vio Marley y yo, con el mismísimo Owen Wilson, donde con la excusa del perro se hace un recorrido cómico de la problemática de la familia, la adultez, la redención, la pareja, etc. sin necesariamente caer en lecciones morales facilongas y rapiditas? Con lo cual imposible no es. Pero por supuesto, es más fácil banalizarlo todo y listo. Nos quedamos tranquilos que el cura seguirá tocando la campana y salvándonos de caer en la tentación.

 

Por Martín Tricárico

 

En los ’90, los hermanos Peter y Bobby Farrelly cambiaron la manera de hacer comedia. Ya en su ópera prima, Tonto y Retonto, quedaba muy claro el estilo: protagonistas extravagantes pero tiernos y enamoradizos (siempre de mujeres hermosas), y toneladas de humor escatológico. Los Farrelly no temían hacer chistes sobre los fluidos corporales que se imaginen y con personajes gordos, enanos y discapacitados físicos o mentales. Su tercer film, Loco por Mary, los consagró a nivel mundial y se convirtió en una desopilante oda a la incorrección política, además de una influencia para comedias venideras (la saga de American Pie, especialmente). Sus siguientes películas fueron menos guarras y más románticas —Amor Ciego, por ejemplo—, y si bien son buenas, ninguna superó a aquella joyita con Ben Stiller y Cameron Díaz.

Pase Libre tampoco logra estar siguiera a la altura de Loco por Mary, pero es una muestra de que los Farrelly volvieron al terreno de las guarangadas cinematográficas.

Rick (Owen Wilson) no deja de mirar mujeres. El problema es que está casado y tiene dos hijos. Harta de la situación, la esposa (Jena Fischer) decide darle un pase libre. ¿Lo qué? Una semana para que Rick pueda sacarse las ganas de acostarse con quien se le antoje y así darle aire nuevo al matrimonio. Pero el bueno de Rick no estará sólo: Fred (Jason Sudeikis), un viejo amigo con sus propios problemas conyugales, recibirá otro pase libre. Ambos retomarán sus andanzas de juventud descontrolada, a pura noche, alcohol, drogas y, sobre todo, sexo. Pero descubrirán que no resultará fácil recuperar aquellas costumbres.

Como decíamos, en esta película los Farrelly retoman los elementos escatológicos y atrevidos por los que se hicieron famosos. Para que se den una idea, hay planos de penes (el pene de un negro, exactamente, lo que reafirma el archiconocido mito de los negros) y un repugnante “estornudo”.

Pero más allá de las simpáticas asquerosidades, la historia es acerca de cómo las personas, una vez que llegan a una etapa de estructura social y familiar —lo que suele llevar a la rutina y el aburguesamiento— extrañan épocas más alocadas e impredecibles. Pero también muestra que, llegada a determinada edad, uno descubre que no está para ciertos trotes, que es difícil comportarse como un muchacho de veinte a los cuarenta años, que no hay con qué darle a la madurez. Una secuencia que ilustra esto a la perfección se da cuando los protagonistas van a hacer la previa a un restaurant, y al terminan de comer, quedan tan llenos que prefieren irse a acostar.

Owen Wilson es el actor perfecto para el papel de Rick: el tipo muere por revolcarse con otras mujeres, pero también es un hombre sensible y medido. Un rol que parece reflejar la vida real del comediante de la nariz torcida, ya que de tiempos oscuros pasó a formar una familia. Jason Sudeikis se complementa muy bien con Wilson: su Fred es impulsivo, más decididamente sexópata, y sus arrebatos lo llevarán a pasar momentos terribles para él… pero graciosos para el público. Tampoco se quedan atrás los amigos freaks del dúo, sobre todo Gary, interpretado por el inglés Stephen Merchant (actor y productor de la versión británica de la serie The Office). Christina Applegate, quien encarna de la esposa de Fred, sigue demostrando que nació para hacer comedia. Nicky Whelan es Leigh, la cafetera de la zona y objeto de deseo de Rick. Pero quien se roba sus escenas las pocas veces en las que aparece es Richard Jenkins. El actor nominado al Oscar por Visita Inesperada hace de Coakley, un señor mayor de hábitos nocturnos (un viejo fiestero, bah), que lo sabe todo sobre mujeres y no dudará en aconsejar a Rick y a Fred.

Sin ser genial, Pase Libre les alegrará el momento y los llevará a pensar en aquellos años de locura in(sana) junto a vuestros amigos y amantes.

Ahora, a esperar el próximo proyecto de los Farrelly: la demorada película de Los Tres Chiflados.

Por Matías Orta

 

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