A Sala Llena

Pasen y Vean…

¿Han tenido alguna vez la sensación de haber estado perdidos por mucho tiempo y, de golpe algo sucede, algo nuevo e inesperado, que hace que se encuentren  y se reconozcan por un milagroso momento?

A mí me sucedió exactamente eso ayer.

Las cosas, la vida, la burocracia, los impuestos y los años nos van sucediendo de manera casi imperceptible y, a veces, aún siendo muy jóvenes, perdemos algo de nuestra esencia primera, de nuestra capacidad de soñar, de nuestra pasión, de nuestra franca, mágica y muy prolífica ingenuidad. Algunos piensan que de eso exactamente se trata madurar, yo en cambio creo que es en ese preciso momento, cuando empezamos a morir. Ojo, no creo que esto sea trágico siempre, a veces me parece que sucede de buenas maneras e incluso nos hace muy felices.  Algunos tienen hijos y los disfrutan, otros viajan una y mil veces por el mundo; también están los que se hacen ricos, los que desculan el sentido de la vida, los que tienen sexo tántrico, los que hornean su propio pan y los que leen libros de autoayuda.

Todos bien y todos operando. Algunos dormidos, otros despiertos, algunos felices y otros miserables. Pero también estamos los que andamos por la vida en stand-by, los que todavía no sabemos muy bien de qué la vamos, de qué se trata nuestra existencia, cuál es el argumento de nuestro largometraje y qué significamos realmente. Estamos nosotros, que escribimos columnas, novelas, filmamos películas, criticamos películas, no ganamos guita, nos levantamos de la cama a la hora que queremos o nos vamos a trabajar o nos ponemos a lavar los platos de la noche o, simplemente, prendemos la radio y escuchamos a Víctor Hugo decir alguna que otra cosa inteligente, mientras tratamos de acallar un poco la cabeza y arrancar el día. Somos los que tenemos pocas certezas, los que más de una vez no le encontramos mucho sentido a las cosas,  los que podemos estar mateando y mirando la ventana por horas, pensando en una historia fantástica para contar, los que tenemos una martingala infalible en Palermo, los que laburamos de algo raro, los que la vieja nos mandó al diván de por vida pero, aún así, somos culo y calzón con ella, los que soñamos cosas tan grandes que, el solo hecho de ponernos en campaña para conseguirlas nos fatiga de manera abrumadora, los que sabemos que encontramos el gran amor, los que seguimos pareciendo chicos, los que estamos medio decepcionados y medio maravillados con el mundo.

Cuando era chica el cine me fascinaba, también me fascinaba la televisión y me volvía loca el teatro. Escuchaba mucha música y bailaba todo el tiempo tanto en las clases como en mi casa. Tenía una amplia capacidad de soñar y de jugar, de hecho, no solía necesitar demasiada compañía para nada. Mi mente me mantenía más que entretenida y producía juegos maravillosos, muy sofisticados, con los que me comprometía profundamente y solían durar meses, hasta años. 

Sentarme en una butaca de cine era como pararme cerca del filo de un precipicio que bordeaba el universo, el espacio, el cosmos misterioso y apasionante. Las películas tenían sobre mí un efecto tan apabullante que sentía que verdaderamente podían cambiarme la vida.  Flashdance me convenció de que iba a ser bailarina, cuando vi Los Bicivoladores no me bajé de la bicicleta por meses, con La Leyenda de Billy Jean se me ocurrió que alguna vez me cortaría el pelo como Juana de Arco,  con Caminante Lunar me enamoré de Michael Jackson, con la saga de La Guerra de las Galaxias desperté a la idea de que hacer películas era lo más parecido a inventar sueños que un ser humano podía hacer, y con Splash… bueno, todo el mundo sabe lo que me pasó con Splash.

Era un estado impoluto, permeable, sensible, feliz y emocionado que me permitía pensar en cosas increíbles, en cosas radicales. Me hacía sentir que yo era capaz de todo, que yo podía convertirme en lo que quisiera, que podía tener miedo real y, más que nada, me hacía creer que todo era posible. Podía conocer a Carozo y Narizota, podía escribir poesía a los nueve años, podía montar obras de teatro con mi amiga María José y cobrar entradas, ganar concursos,  revisar las casas de todo el vecindario con la lupa de mi papá anunciando que era detective y debía cuidar que en el barrio no hubiera maleantes. Era bueno, muy bueno y, definitivamente, tenía sentido.

Supongo que debo estar agradecida, ese estado que a algunos los abandona al salir de la niñez o la adolescencia, a mi me fue dejando huérfana hace bastante poco y eso que ya pasé los treinta. Lo que sí, me dejó medio en pelotas y en la 9 de Julio, porque todavía no sé muy bien cómo llenar el espacio que me quedó. Es por eso que no soy una de esas minas que tengan claro el norte o el sur o el este, el oeste a veces sí, pero son pocas. Además, para ser completamente franca, no me resigno a la idea de haberlo perdido, tengo la esperanza de que vuelva, de que reaparezca, de que me rescate y ayer, por un rato volvió, por unas cuantas e invaluables horas que fueron desde la merienda hasta la sobremesa de la cena, brilló casi con todo su esplendor de antaño.

Cuando estaba en la escuela de cine,  un grupo de compañeros muy queridos, mi hermana y yo, solíamos comer juntos por lo menos dos veces a la semana después de clases. Nos la pasábamos hablando de cine. Hablábamos de cine en las aulas obviamente, pero también y con la misma intensidad  en los recreos, en las comidas, en el colectivo, por teléfono, en los cumpleaños, por internet y hasta en el cine mismo. Íbamos a ver películas todo el tiempo y salíamos hablando más de cine todavía. Éramos felices y no teníamos miedo. No teníamos miedo de la técnica, no teníamos miedo de la crítica, no teníamos miedo de hacer papelones (los hacíamos todo el tiempo) y queríamos, más que nada en el mundo, hacer cine. 

¡Aaaaayyyyyyy hacer cine! No creo que haya proceso más excitante y más vivificador que el del rodaje de una película. Estar ahí, saber que estás armando tu historia, que estás contando y materializando tu sueño…  Es casi como conducir un tornado.

Pero volvamos un poco al día de ayer que empezó de manera bastante normal. Me levanté temprano, desayuné con mi muchacho, a media mañana trabajé con mi amiga Luján y nos pusimos de acuerdo en algunas cosas, me hice unas patitas de pollo con puré de calabaza y me las eché al estómago mientras miraba Friends y después, me senté en la máquina a contestar mails atrasados. Pim, pam, pum, se hicieron casi las cinco de la tarde, así que salí rumbo a Starbucks a merendar con mi amigo José Luis a quien le debía su regalo de cumpleaños. Nos saludamos, nos pedimos algo, nos sentamos afuera y arrancamos a hablar sin parar por una hora.  Después, nos fuimos para su casa a encontrarnos con los pibes de A Sala Llena… y la seguimos como loros. Primero comentando películas, pero una vez que nos subimos en el ascensor con Carlos y que, unos minutos después cayera Rodolfo, la cosa simplemente se volvió increíblemente estimulante. Por supuesto yo era la más “zapato” de los cuatro, Rodolfo y Carlos son prácticamente pequeñas enciclopedias de cine y José Luis no se queda atrás, a parte, con la videoteca infernal que tiene, nos pinta la cara a todos una o dos veces.

Arrancamos tranquilos, pero en cuestión de diez o quince minutos, estábamos frenéticos ( yo al menos, lo estaba). 

José Luis preparó una segunda merienda con mate cocido, masitas, jugos artificiales y no sé cuantas cosas más y en la pantalla gigante de su casa proyectó Apocalypse Now. Nosotros la chusmeábamos sin parar de hablar. Y que Martin Sheen se infartó después de esta escena y que el corte del director se me hizo largo y que quién carajo era el cámara y que a mí me parece que George Lucas y que yo creo que el tipo canoso es un personaje aterrador y que Marlon Brando con dos pendejas de catorce y que Rambo y que el nuevo western de los Coen y que la película del hijo de Bowie es grosa y que Tom Cruise versus Brad Pitt y que Robert de Niro y Al Pacino están en piloto automático y que Meryl Streep es la más grande actriz viva y que Spielberg es un obsecuente y que el cine es en fílmico y que el digital es otra cosa y un millón de ideas y de opiniones y de chistes y de comentarios vehementes y de risas inflamadas y debates jugosos y de cine, cine, cine… ¡Ay Dios mío, cuánto hacía que no hablaba tantas horas seguidas y felices de cine! De tanta chochera me hiperventilé y, por algunos minutos, pensé que me iba a dar el pichiruchi. Pero no, la cosa fue redondamente buena nomás. La mente estaba encendida, el humor estaba exaltado y benévolo y la gente era hermosa. Era gente copada.

Más tarde llegó el resto del equipo y la tertulia se extendió. Por supuesto, en algún momento teníamos que hablar de laburo, así que con pizza, empanadas y vino de por medio la seguimos, un poco más serios y contenidos, pero todos contentos. 

Hablamos de la página y de las cosas por hacer. De los planes, de los proyectos, de menesteres técnicos, de las nuevas ideas… En el ambiente flotaba ese aire de amor al arte, esa cosa tan estimulante que es capaz de devolverte intacta la juventud perdida. Todos hacíamos chistes y comíamos y escuchábamos música y discutíamos influencias, cortos o sitcoms o, simplemente desorganizábamos la videoteca como chicos frente al arbolito de Navidad.

Yo me sentía en un estado de total gratitud, de alegría, de bonanza. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con esa Laura que me simpatiza tanto, que me cae tan bien.  Estaba exultante, tan exultante de hecho, que me fui sin pagar la pizza.

Cuando me subí en el auto de mi esposo para volver a casa,  tuve ganas de llorar. Por un rato había vuelto, había sido yo entera de nuevo, estaba ahí, flotando y creciendo como si jamás me hubiera ido a ningún lado. Recordé lo mucho que quiero hacer películas, recordé que quiero que signifiquen algo, que sean diferentes, que no sean pelotudas, que no sean comunes, que no sean livianas y, sobre todo, que hablen de mí de manera sincera. Entonces me di cuenta de que durante toda la tarde había estado rodeada de gente que tiene muchas cosas para decir, cosas buenas, cosas inteligentes, cosas que tienen que ver con la magia y con la pasión. COSAS QUE VALE LA PENA LEER Y COMPARTIR.

Cuando sueño con que esta página sea leída por mucha gente,  por un aluvión de gente, por una marabunta imparable y hambrienta de gente, lo hago sabiendo que aquí, en este sitio, ustedes amigos lectores, van a encontrar algo bueno, algo poderoso, algo que no se encuentra fácilmente y que es buscado de manera rabiosa por los que no nos resignamos a dejar de ser románticos. Esos tipos que sabemos que el cine tiene un pacto secreto con el universo. Un pacto genuino y fundamental.

  

¡MUCHACHOS, LA PRÓXIMA EN MI CASA Y YO COCINO!

  

…y ustedes amigos queridos, no se queden afuera, ¡PASEN Y VEAN!

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

También te puede interesar...