A Sala Llena

Rosa Fuerte

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Había una vez una provinciana medio chiflada, que se vino a Buenos Aires y acá hizo algunas cosas. Fue a la UBA a estudiar letras pero no prendió, fue a clases de danza y bailó un poco por algún tiempo, hizo piruetas, estudió teatro, se casó, vendió pilcha, cuidó bebés ajenos y, cuando finalmente la lamparita se le prendió, se puso a estudiar cine, que era lo que siempre había querido pero no se había dado cuenta. Encontró gente, encontró una escuela, encontró ideas, encontró amigos, encontró un título para colgar en la pared y vanagloriarse, encontró esperanza, encontró sueños nuevos, encontró caminos que se abrían, encontró lágrimas, encontró pasión y en todo ese recorrido la pasó bomba, filmó cortos, se recibió y se fue a su casa a filmar su primer largometraje, recontra a pulmón y recontra pequeño.

Escribió un guión, juntó unos mangos con ayuda de la familia, consiguió que dos actores súper grosos se pusieran la camiseta y entraran al proyecto; buenos amigos ayudaron a armar un equipo maravilloso y así, la piba pudo filmar su película, que era pequeñita y que tenía muy pequeñitas pretensiones, a diferencia de la provincianita que siempre tuvo muchos delirios de grandeza y demasiados pajaritos en la cabeza. Pero esta película era sabia, muy sabia, y había nacido para enseñarle que todavía le faltaba mucha sopa y mucho remo, para poder hacer su sueño realidad. Así, la cinta, que era muy temperamental, anduvo muchos caminos hasta llegar a donde está ahora, a donde está en este momento tan particular y maravilloso. Y demoró años y mucho trabajo en tomar el color que tiene, años que se tomó para mostrarle a la provincianita lo mucho que cuestan las cosas y el precio real que tienen los sueños cumplidos. Mucho trabajo, mucha espera, mucho miedo, mucha ansiedad, mucha paciencia, muchos brazos que no se bajan nunca, ya casi por porfía, más que por voluntad. Pero las cosas tenían que ser de esta manera, no podían ser de otra. A nuestra provincianita, algunas cosas le habían resultado algo “sencillas” y tenía que aprender el lado real de la vida, el lado que tiene valor. Había que foguearla, como quien dice y templar un poco esa materia blanda, suavecita, un tanto pusilánime y fatigada de la que está hecha. Templarla un poco, tampoco tanto…

El lunes a la mañana me levanté no muy temprano. Había tenido algunos problemas para dormir en la noche, así que prolongué el sueño hasta entrada la mañana. No me acuerdo si me bañé o no. Pero, por supuesto, me lavé los dientes a conciencia, la cara y las orejas. Me preparé café y algunas galletitas, miré un rato la tele y despotriqué por el quilombo de la casa. Todo bastante normal, un día aparentemente corriente, aunque por supuesto, no lo era. Llovía como se supone que va llover el día del juicio, así que me mantuve guardada, salvo para los mandados estrictamente necesarios: algunos productos de baño, unas fotocopias, un par de golosinas, caramelos de leche pegajosos… En fin, nada que demandara ir demasiado lejos, ni exponerse más de la cuenta a que te caiga un árbol en la cabeza. Cosas comunes, en un día normal, que no era normal. Nada de ese lunes lo era, aún cuando trataba de actuar como si tal cosa, y no temblar a cada movimiento.

No recuerdo si almorcé, si lo hice, no tengo la menor idea de qué fue lo que me eché al buche. Probablemente pollo, porque nadie se acuerda nunca de que comió pollo. Más tarde llamé un taxi y me monté en él. El corazón ya se me estaba subiendo a la garganta pero, aparte de algunos pelos parados que le daban a mi cabeza estatus de cebollita, nada delataba mi verdadero estado.

El tachero que me tocó en suerte era muy charlatán y le gustaba hablar, mayormente y con términos ultra técnicos, de sexo y relaciones. Me comentó sin absolutamente ningún tipo de confianza de mi parte, que estaba circuncidado a la fuerza, no recuerdo por qué problema que había tenido, y que eso redundaba en una mejor y más profunda higiene personal. Me comentó los años que hacía que estaba casado, cómo le gustaba que su mujer lo esperara con la cena y bien predispuesta a la cópula y, en un momento, hasta se dio vuelta y me dijo que parecía mucho más joven de lo que era y que estaba “muy buena”. Todo eso por supuesto, anteponiendo frases como “con todo respeto”, “no te ofendas si te digo que…”, “perdoname la franqueza” y “voy a ser gráfico”. Yo iba atrás, asintiendo con la cabeza y metiendo algún que otro bocadillo pero, en realidad, no estaba demasiado inmersa en la conversación (para mi buena suerte). Finalmente, antes de darme el vuelto, me espetó que al hombre le importan solo dos cosas: la comida y la cama, y me dejó bajar, después de desearme buena suerte.

Entré en METROVISIÓN y me anuncié. Siempre que vamos nos tratan maravillosamente, con una amabilidad cariñosa, que te hace sentir que tu trabajo es importante, aunque solo se trate de una pequeña película y de una pequeña mujer directora, que lo único que tiene grande son los anteojos para ver de lejos que lleva en la cartera, y que le recuerdan que está despierta.  A los pocos minutos llegó uno de los chicos del equipo y nos pusimos a charlar.  Debíamos ver que todo estuviera bien y si había algún retoque para hacer antes de aprobar todo y darlo, por fin, por hecho. Yo estaba casi tranquila, pero algo se me revolvía en las tripas de manera poco natural. Nos vinieron a buscar y nos llevaron por las escaleras de siempre pero, esta vez, dimos una vuelta rara y vimos algunas oficinas ultramodernas, con gente trabajando, charlando, ocupada en cosas grandes. Había entrado agua por un ventanal y la hermosa alfombra del pasillo se había mojado. Nos metimos en la sala mi amigo, el muchacho de METRO que acompañó todo el proceso y yo. El estómago se me congeló y un óvulo dentro de mi vientre se inmoló en el vacío. Me crucé de piernas para no moverlas sin control. La sala olía muy bien, como a fílmico y a géneros nuevos. Mi compañero se sentó a mi lado y me sentí tentada de tomarme de su brazo para no marearme, pero me contuve. No iba a tener ningún “pichiruchi”, y si lo tenía lo pasaría de manera estoica aunque fuera lo último que hiciera. La luz se fue y por primera vez, en negativo, en pantalla de cine, con el color retocado y con la banda de sonido perfectamente terminada, empezó Rosa Fuerte, MI PELÍCULA.

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