A Sala Llena

Rush

¿Qué hay con los hombres?..
Hay momentos que me resultan verdaderamente incomprensibles. Es decir, los
varones y sus increíbles y variopintos rituales de género, que no siempre llego
a comprender. En algún momento, pensé que la respuesta a esa pregunta era
básica: quieren aparearse. Pero después comprendí que, por más elementales que
parezcan a priori, ellos también tienen una cuota de sofisticación cuasi
inexpugnable.

Quiero aclarar, antes de que
me salten a la yugular, que no estoy siendo condescendiente, descalificadora
ni, mucho menos, sardónica. Estoy siendo sincera. Siempre he creído que las
mujeres somos infinitamente más complejas, debido a lo misterioso de nuestra
sexualidad y a nuestra relación más que directa con lo que no se ve. Nuestra tremenda
intuición, nuestro formidable umbral de dolor, nuestra inteligencia fuera de la
caja… En fin, las mujeres siempre me han fascinado, mientras que los hombres,
solo me han atraído irresistiblemente.

Somos diferentes.

Aun cuando la respuesta a la
pregunta del comienzo parezca responderse desde los dos géneros igual, la
necesidad de apareamiento, es para las mujeres una experiencia muy diferente a
la de los hombres. A los machistas les encanta postular que nosotras solo
buscamos en el sexo, saciar nuestra necesidad casi patológica de intimidad. Se
escudan en que necesitamos un lazo de afecto para bajarnos la bombachita. Qué
les puedo decir amigos, esa teoría ha quedado vieja millones de años antes de
esta columna. Las mujeres nos bajamos la bombacha por una variedad de motivos
mucho más amplia que esa. Por supuesto, el placer sigue siendo el primero y más
directo.  Pero lo que sí es cierto, es
que las mujeres, a parte del placer, buscamos algo más en el apareamiento.  Si me preguntan qué es, estarían siendo
ingenuotes. No creo que haya mujer sobre la Tierra, que se haya permitido esa
pregunta y se la haya respondido con rotundidad real.  Y tal vez sea esa búsqueda, la que hace que no
necesitemos tantas “réplicas” del Rush que
nos genera hacer el amor. Si queremos aparearnos, nos apareamos, no jugamos al
tenis como si nuestra vida dependiera de ello. Nuestra “réplica” del Rush de hacer el amor, es volver a
hacer el amor, con el mismo caballero o señorita, o con otro.   Los
hombres en cambio, suelen seguir esa huella, buscar ese eco, esa resonancia, en
la repetición de ciertos rituales, perfectamente abrazados por la convención.  De esa manera, asumen determinadas conductas,
que desde afuera parecen dementes. Por ejemplo: dos tipos que se persiguen en
una pista, a casi trescientos kilómetros por hora, solo para ver quién de los
dos sale primero, o se mata en el intento.

Les dije que tendrían que esperar
a esta semana para ver si Rush me
había gustado o no. Bueno amigos, aquí tienen la respuesta: LA PELÍCULA ES ESPECTACULAR.  Y si, se trata de dos tipos que tratan
desesperadamente de ser uno, más rápido que el otro. Pero lo mejor que tiene,
es que es la realidad, la vida, la que sirvió esta magnífica y electrizante
historia, en bandeja de plata.

Los personajes parecen
moldeados a la perfección. Uno es bello, el otro no. Uno es salvaje, el otro
cerebral, uno es simpático y magnético, el otro es brutalmente frontal y rudo.
Uno es rubio de ojos celestes, el otro tiene cara de ratón y un carisma
inquebrantable.  Uno se acuesta con un
millón de mujeres, el otro se enamora y se casa. Uno usa su cuerpo, el otro usa
su mente. Uno no se permite el miedo, el otro sí.  Y así la cinta va entretejiéndose en una
maravillosa historia para contar. Un cuento perfecto que pone a estos dos
hombres en un valor insuperable. Todos mis prejuicios con la película, fueron
abatidos uno por uno. La grandilocuencia 
que sospeché a priori, fue devastada por una propuesta humana, vigorosa
y despojada de estupidez. Si, a veces es un poco discursiva, pero no importa un
pepino.  El mérito de los corredores que,
suspicaz, antes de verla imaginé invertido, está perfectamente suministrado,
sin ensalzar ni denostar a ninguno de los dos. De esa manera, la presentación
de personajes es maravillosamente dulce, compasiva, inteligente y efectiva. Y
respeta a rajatabla la verdad de las cosas: Hunt es un playboy mítico, pero
Lauda es la verdadera leyenda. 

La película es una película
de personajes. Es por eso, que solo la tercera parte (después del accidente de
Lauda) es la que se mete de lleno con el vértigo de las carreras. Por supuesto
vemos carreras antes, pero es después del bestial suceso, que nos damos un
saque real de pista y motores.  Y es por
eso también, que el casting debía ser perfecto. Para mi total sorpresa, y pese
a todos mis prejuicios sobre “Thor”,  lo
fue.

Chris Hemsworth, encarnando
a Hunt,  está  realmente muy bien. Tanto, que de hecho
sorprende y cabe preguntarse si no hemos estado siendo algo prejuiciosos con el
rubio “bomba sexual” australiano. Su performance es radiante, sensible,
cándida, humana y, sobre todo (y es lo que más sorprende) tierna.  Tiene momentos de verdadera lucidez
interpretativa y hace pensar en que estamos presenciando el nacimiento de una
estrella, con mucho más sustento que su físico y sus ojos azules de alucinación.  

Por su parte, Daniel Brühl
bué… es un animal. Su composición de Lauda no tiene fallas. Mmmm, Do I smell
an Oscar nomination?  Este actor alemán,
vuelve a llevar a la pantalla de manera magistral, a aquel Lauda combativo,
loco, increíblemente inteligente y agudo de la juventud. El pibe es
magnífico.  Se roba la película.  El guionista adora a Lauda y se nota. Es tan
jugoso como personaje que no puede resistírsele. Cada línea carnosa de texto
está boca de Brühl y el muchacho le saca tanto provecho, que uno no puede más
que pararse a aplaudirlo.  La casta
dramática se le lee en los poros a Danielito, que es un GROSO con todas las
letras.

En los roles femeninos, se
destaca Alexandra María Lara en su papel de Marlene, la flamante esposa de
Lauda y quien lo acompaña durante todo el trance de su accidente.  Muy ajustada, elegante y dulce, es el
contrapeso ideal para esta película que, de otra forma, nos daría una
intoxicación de testosterona.

Es que la cinta es eso: una
dosis altísima de masculinidad. Esa masculinidad que parece buscarse a sí misma
y anhelarse. Esa que los hombres necesitan sublimar para poder seguir con sus
vidas. Ese rito tan perfecto, que se vuelve deporte. Dos hombres que se
persiguen de manera obsesiva y bestial, y de esa manera conforman un cordón
eterno que les une las vidas. El director de la película, consciente o
inconscientemente, siguiendo o no la búsqueda, lo plasma en pantalla de manera
inequívoca.

¡Ay qué manera de disfrutar
esta película carajo! ¡Viva el cine, mierda! La cinta es cine en estado
puro.  Con reminiscencias maravillosas de
otras épocas y esa nostalgia cinemática que tan bien le hace el juego a Ron
Howard.

Sentarse en una butaca para
verla, es sentarse a disfrutar desde el minuto uno. ¡Qué lindo es ir al cine a
ver estas cosas! Una película excelente, con todo lo que tiene que tener.
Maravillosa amigos.

Mi recomendación: ¡NO SE LA
PIERDAN!

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