A Sala Llena

Salirse del juego

“Lo que empieza mal, termina mal”, reza el dicho. Y lo que convenientemente deja afuera (probablemente para que no nos echemos de cabeza a la pelela) es que, a veces, lo que empieza bien, también termina mal. Si no fuera por el aliciente de que, muy esporádicamente, lo que empieza mal termina bien, es muy factible que el ser humano no se echara a la aventura de hacer ni una maldita cosa. De esa manera, asuntos que disfrutamos y anhelamos por buen tiempo, suelen convertirse en desastres catastróficos cerca del final, tan catastróficos, que nos hacen olvidar por qué los adoramos en un principio.

Generalmente es muy difícil enfocarse en aquello que nos maravilló al comienzo; recordar el entusiasmo y la ilusión que nos hacía esa apuesta, ese proyecto, esa persona o aquel trabajo. Cuando las papas están quemando, solemos perder de vista todo lo que pensamos que valía la pena y, no es raro, que optemos por salirnos del juego. Personalmente, creo que es derecho de cualquiera, sustraerse de la faena cuando ya le resulta insoportable pero, creo que, una vez dejado atrás lo que nos apesadumbraba, la duda de que podríamos haber hecho más o entendido mejor, nos asaltará irremediablemente. En mi vida he abandonado una sola cosa importante y, generalmente, estoy más que en paz con eso pero, a veces, solo a veces, me pregunto si había alguna cosa extra por hacer.

Sí, el trayecto final e incluso el final mismo, suelen echar una terrible nube negra sobre las cosas que una vez amamos y sobre sus recuerdos. Y rara vez esas cosas, nos dan una segunda oportunidad de encararlas para ver qué pasa. Es por eso que, si la tenemos, a veces vale la pena revisar todo el asunto, para ver si arribamos a mejor puerto.

Con ese espíritu, encaré nuevamente How I met Your Mother completa, después del choque e incendio que fue su final definitivo, en la novena temporada.

Oh, yeah… El final había sido tan malo, que por varias semanas lamenté haber perdido años con esta estúpida SitCom. Durante mucho tiempo estuve de verdadero mal humor, e insulté y despotriqué a piacere en cuanto sitio tuviera el show en las redes sociales. Las puteadas iban en español y en inglés con la misma vehemencia. Estaba segura de que el final había arruinado absolutamente todo y que no podría volver a verla entera, sin sentir ese sabor amargo que dejó el hecho de que desbarrancara tan olímpicamente a la hora de bajar la persiana.

Pero el paso del tiempo ayudó y bastante…

Comencé desde el capítulo uno, con ánimo pugilístico. Estaba dispuesta a discutir una y otra vez con la serie hasta sacarme la bronca, segura de que me iba a amargar de lo lindo en la gestión. Sin embargo, para mi fortuna, no fue así.

Volver a ver How I met your Mother significó reencontrarme de cero con su maravillosa premisa y con su perfecto e increíblemente bien ensamblado elenco. La apuesta, a contar las historias de un grupo de amigos, existiendo Friends era verdaderamente arriesgada. Había que hacer algo que le volara la peluca al mundo para que la cosa tuviera sustento orgánico y valioso. Carter Bays y Craig Thomas lo consiguieron, con una narrativa de base nueva, que no temía irse al carajo tanto con las locuras, como con las cursilerías. Su condición de flashback permanente, le otorgaba una paleta de linkeos infinita, a la hora de condimentar las anécdotas y sacarlas de proporción. El resultado: una trama inteligente, divertida y nueva, que atrapó al público que fue multiplicándose más y más a lo largo de las temporadas.

Narrada en off por el mismísimo Bob Saget (ya había una ironía allí desde el vamos), el elenco era tan estupendo, que uno no podía más que pensar en un golpe de la fortuna grande como una casa. Jason Segel, Josh Radnor, Cobie Smulders, Alyson Hannigan… Pero por supuesto, el personaje que todos amaremos y jamás olvidaremos, es el ya legendario Barney Stinson, interpretado por el talentosísimo Neil Patrick Harris. Su encarnación de este tarado sociópata, mujeriego y von vivant, convirtió al personaje en un mito inolvidable. Y volver a verlo aparecer, crecer y desarrollarse en la pantalla, es un deleite sin igual. Y es con Barney, el personaje al que los guionistas le deben más en todo el ancho mundo, con el que más crueles fueron a la hora de escribir este ridículo, estúpido, vanidoso y aficionado final.

Es porque pude volver a ver la serie casi entera, si, y de hecho la redescubrí tan buena, que a la hora de reencontrarme con ese patético final asqueroso, preferí acabarla fielmente en el penúltimo capítulo. Porque sabía lo que se venía y, si bien pensé que en la segunda vuelta tal vez entendiera mejor el porqué de tan estúpida elección, lo cierto fue que tenía razón desde el principio. Así que decidí darle mi propio final e imaginar que terminaba allí, donde yo quería que lo hiciera y de la manera que más me convenía.

Me puse a reflexionar sobre los finales. A menudo somos compelidos (mejor dicho casi siempre) a terminar lo que empezamos. Creo que detrás de eso, más allá de la noción de logro, está también esa falsa ilusión de equilibrio y justicia, que tenemos al terminar una faena en tiempo y forma. Una carrera universitaria, un dibujo de Mickey Mouse, un libro, un curso de ebanistería, un tratamiento, un paquete de fideos, un plato de sopa… El completar algo, nos hace sentir a la vez, completos a nosotros mismos. Y, aunque es un espejismo, es una poderosa sensación y una terrible obligación.

¿Qué pasa entonces cuando decidimos que el final va a ser el nuestro y no el impuesto desde afuera por la forma o el tiempo? ¿Por qué siempre nos queda el miedo o la sensación o la culpa de poder haber hecho un poco más? ¿Podemos permitirnos dejar la tableta de chocolate a la mitad, sin que el empalago nos haga olvidar la maravillosa dulzura inicial? ¿Los desenlaces terribles, arruinan para siempre a las grandes introducciones y a los formidables nudos?

Tal vez la respuesta, entre muchos otros que se sustrajeron del juego la tenga Robin que, por estos días, decidió salirse del partido y pegar el pitazo final antes que el árbitro.

¡RESPETO, MAN!

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