A Sala Llena

Soñar no cuesta Nada…

Y ya llegaron las Pascuas otra vez, eh… ¿Qué me contás? Esta última pregunta, en cualquier otra ocasión, sería más bien retórica. Pero este año hay algo bastante llamativo, que oficiaría de redonda, colorida y extensa respuesta: el Papa es argentino.  Si, ya pasó un tiempo razonable y todo el alboroto y espaviento reinante se ha sofocado considerablemente. Así que, ya es bastante prudente que tratemos el tema, sin quedar perdidos en la bataola de noticias  e informes con los que nos fatigaron hace unos días.  Como ya se sabe, soy bastante narcisista y quería recortarme del collage interminable de notas de color al que lo medios nos tenían sometidos. No me hacía ninguna gracia camuflarme, así que preferí llegar tarde a la soirée. Como quien dice, elegí hablar del tema, una vez todos se hubieren, más o menos, callado.

Supongo que la asunción de Francisco, va a convertirse entre los argentinos en una de esas preguntas bisagra que la gente usa para entretenerse en las conversaciones. ¿Dónde estabas cuando se estrenó Star Wars? ¿Dónde estabas cuando desembarcamos en las Islas? ¿Dónde estabas cuando asumió Alfonsín? ¿Dónde estabas cuando Diego les hizo el gol a los ingleses? ¿Dónde estabas cuando se cayeron las Torres? ¿Dónde estabas cuando Néstor bajó los cuadros?  Y ahora, por supuesto: ¿Dónde estabas cuando anunciaron que Bergoglio iba a ser Papa? Mi respuesta a esta última pregunta tiene que ver, como todo lo mío, con el cine.  Yo estaba en rodaje.

Estábamos todos alrededor de la mesa, porque teníamos que esperar que se hiciera la tardecita para tirar toma. Era el último día, así que ya estábamos un poco distraídos y habíamos comido como lima nueva. Desde que Benedicto renunció, yo estaba obsesionada con el tema del cónclave, así que en la tv habíamos puesto uno de los canales que lo transmitía, aun cuando ni sabíamos cómo venía el asunto, ni qué cardenales tenían posibilidades.  A mí el tema me apasiona desde siempre por todo el misterio que conlleva. Me paranoiqueo con la cantidad de secretos que los muchachos del Vaticano saben, resguardan, ocultan… Eso, más demasiadas películas de Tom Hanks por supuesto, convierten mi cabeza en un cóctel de conspiraciones, sospechas, intrigas y la mar en coche, que me es imposible manejar con cordura y me convierte en algo así como “fanática” de toda la cuestión.

A la mesa nos habíamos sentado católicos, agnósticos y judíos. Éramos un crisol importante, que debatía a cara de pichicho la hipocresía, las contradicciones, los aciertos, la pasión, la piedad, la crueldad, la intolerancia y el anacronismo que la Iglesia representa, entre otras tantas cosas. La discusión era interesante, pero sin estridencias ya que no había, para nuestra suerte, ningún fanático extremista. Todo el asunto era más bien divertido e incluso estimulante. Buena charla, un poco de vino y muchas, pero muchas cachadas.

Algunos se fueron afuera a jorobar al aire libre y a fumar, otros levantamos apuestas a cerca de la nacionalidad del nuevo Pontífice y no tardó en armarse un poso bastante digno. Yo le fui a un Papa brasilero, pero había apuestas por varios lugares. Eso sí, solo una persona, el más joven de todo el equipo, le fue de lleno al argentino.  A nadie más se le pasó por la cabeza. Todos sabíamos que había estado cerca en el cónclave anterior pero, la verdad, creíamos que en este no había demasiadas chances. Fue por eso que nos quedamos de piedra cuando lo anunciaron e, inmediatamente, se armó un quilombo proverbial de gritos, corridas, tiradas de pucho, llamadas telefónicas, caras de estatua y demás yerbas emparentadas con el total y más absoluto estupor posible.  Nadie salió del asombro por largo rato y hasta los agnósticos estaban, como mínimo, perplejos.  A mí la cara se me transfiguró. Es que, por un momento, no sabíamos si lo habían nombrado Papa o qué. El cardenal francés que lo anunció, no le puso ni ápice de énfasis, así que quedamos en la nebulosa. Fue algo más o menos así: blablablá Bergolglio blablablá y nadie entendió más nada.

¿Qué dijo? ¿Dijo Bergoglio? ¿Qué?” y de ahí en más, la debacle.  Le gente gritaba como enajenada intercambiando todo tipo de epítetos y expresiones de sorpresa. Algunos nos mirábamos sin saber demasiado qué sentir o cómo reaccionar. El ganador de la apuesta reclamaba su dinero a boca de jarro, enardecido y frenético de triunfo. Más tarde, lo vi desfilar enfundado en una especie de lona de color naranja que volaba al viento como un manto. Parado en la parte trasera de la camioneta con la que rodábamos, parecía la Estatua de la Libertad,  con una caña de pescar en alto en una mano, el dinero obtenido en la otra y dando con cara de campeón lo que, creo, fue una vuelta olímpica.

Impresionante.

El cine, como siempre sucede, se ha encargado varias veces de retratar el interior de ese reducto de misterios y destellos que es El Vaticano.  Lo ha hecho desde innumerables puntos de vista, pero siempre desde la sospecha, nunca desde la confirmación más absoluta. Todo lo que se narra sobre ese espacio vedado al ojo público es, cuanto más y con mucha suerte, una aproximación.  Aquí van varios ejemplitos: Habemus Papam de Nanni Moretti (imperdible),  El Padrino III, Ángeles y Demonios, Las Sandalias del Pescador,  El Baño del Papa,  Los Borgia… En Cambio de Hábito, al final aparecía el Papa. En fin… Seguro que hay un millón más, pero ahora no las recuerdo. Pasen ustedes por aquí y dejen sus opciones. Serán una buena alternativa a las ya archiconocidas películas de Charlton Heston, que refritan siempre por estas épocas. Teniendo en cuenta que se viene un fin de semana largo cojonudo, yo no las haría a un lado tan fácilmente. Después de todo, cuántos huevos de chocolate se puede uno comer, quince, veinte…

Y con respecto a la asunción de Francisco, no puedo evitar esperanzarme. El primer Papa latinoamericano de todos los tiempos es argentino y eso conmueve al más pintado.  Verlo con la Presidenta me llenó de alegría. Incluso me doy el permiso de ilusionarme con una Iglesia más abierta, más abarcativa, más contenedora de todos los seres humanos, más transparente, menos misteriosa, menos escondedora, menos apañadora, menos discriminadora y mucho, pero mucho, más amplia y compasiva.  Una Iglesia en donde se pueda amar a quien se ama, en donde se pueda encontrar verdadero refugio y en donde el miedo y la persecución no tengan cabida. ¡Qué bueno sería rodar una película acerca del Papa argentino que cambió al mundo!

Va a estar difícil. Pero, soñar no cuesta nada… ¡FELICES PASCUAS PARA TODOS!

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