A Sala Llena

Super 8, según Rodolfo Weisskirch

El Eslabón Perdido

(Advertencia: hay algunas pistas sobre la trama)

Aquel que se haya criado viendo, deleitándose e influyéndose por la filmografía de Steven Spielberg, sabe que su obra no habla ni de extraterrestres, seres mitológicos o dinosaurios. Habla sobre familias separadas. Familias que se deben reencontrar, unir, superar diferencias para volver a estar juntas. Pero, por provenir de una familia cuyos padres se divorciaron, siendo él muy joven, sabe muy bien que los seres humanos no se reconcilian porque sí o porque quieren, sino porque un evento extraordinario los une.

En su filmografía, recurre a invasiones extraterrestres, arcas de la alianza, santos griales, dinosaurios, camiones asesinos, tiburones, guerras, estafas, fantasmas, asesinatos previsualizados para unir parejas, para que los padres le vuelvan a prestar atención a sus hijos, que los tomen en cuenta, que les crean, que dejen de ver sus obligaciones en la sociedad y vuelvan a prestarle atención a lo más básico.

Realmente conozco muy poco de la biografía de J.J. Abrams para entender si su vida personal y la de Steven Spielberg tienen similitudes. Pero lo cierto es que en sus tres películas, el rompimiento de una pareja  (Misión Imposible 3) o del vínculo filial (Viaje a las Estrellas) son los motores que llevan a los protagonistas a llevar a cabo sus metas.

Super 8, es sin duda, el proyecto más personal de Abrams hasta la fecha. Un homenaje / remake de lo que Spielberg hizo en los primeros diez años de su filmografía, pero también la demostración de que detrás de las series de ciencia ficción, policiales y la fascinación fantástica se encuentra un nuevo cineasta autor que se esconde detrás del género de ciencia ficción para filtrar preocupaciones básicas del cine estadounidense clásico, y al mismo tiempo generar una carta de amor, hacia la ocupación del cineasta que desde chico, ama y conoce su oficio, tratando de filmar con los recursos que tiene a mano: una cámara super 8, amigos, maquetas caseras, imaginación, cultura cinéfila, y por supuesto, lo que aporta el contexto.

La primera hora del film es emocionante y encantadora. Un grupo de chicos intenta filmar una película de zombies: algo de Romero, filtrado por el Peter Jackson de Mal Gusto o Sam Raimi de la original Noche Alucinante.

Joe (Joel Courtney, un descubrimiento actoral) es el hijo del ayudante del sheriff de un pueblo chico de Ohio (Kyle Chandler, el eterno Gary de la serie de culto, Early Edition). Su madre falleció en un accidente, provocando que padre e hijo no logren comunicarse adecuadamente. A la vez, Joe es maquillador y encargado de los efectos especiales de la película de zombies de Charles. En dicha obra va a actuar, Alice (Elle Fanning, que demuestra nuevamente, que le pasa el trapo a su hermana Dakota), por quien Joe, siente un aprecio especial.

Podríamos hablar de un relato iniciático típico de los años ’70 (de hecho sucede en 1979) como Verano del ’42, sino fuera que una camioneta choca y descarrila a un tren que llevaba una carga “especial” que la Fuerza Aérea Estadounidense se esfuerza en esconder.

Como suele suceder en este tipo de obras, los verdaderos villanos no son los “monstruos” externos, sino los propios humanos que provocaron que el mismo salga a la superficie. El miedo, la paranoia se filtra en la sociedad de Ohio y el reducido grupo de amigos, se ve envuelto en una trama por detener el accionar militar, y ayudar a ET a volver a casa, básicamente.

Abrams cita a Spielberg en cada fotograma. El monstruo en cuestión no aparece, utiliza el fuera de campo: sonidos, imágenes difusas, sombras, para generar expectativa y suspenso a la vez. La influencia de Jurassic Park es palpable, incluso a niveles literarios. Pero también en la puesta de luces, los travellings, angulaciones e incluso altura de la posición de cámara, el creador de Lost quiso transmitir la idea de que Super 8 es un eslabón perdido entre Encuentos Cercanos del Tercer Tipo y E.T. O acaso el film que Steven siempre hubiese querido dirigir, pero nunca hizo. Aún así, los “ataques” del monstruo no son nuevos en Abrams. De hecho, los que seguimos Lost durante 6 años ya vimos esos mismos ataques, así como también estaba presente el “monstruo” en Cloverfield.

El director no abusa de los efectos digitales, los utiliza en partes específicas, pretendiendo generar más suspenso e impacto con efectos mínimos, valorando el trabajo artesanal de los realizadores, y priorizando la historia, el conflicto dramático familiar, la relación de los personajes, y sobretodo, las actuaciones, antes que el asombro visual. Por algo no fue pensada ni para IMAX ni 3D. Es una película bisagra dentro de las vacaciones de invierno. Es el cuento de los chicos que deben volver a casa.

El cuidado temporal no solamente está llevado al vestuario, peinados o manera de filmar de los ‘70s (el cine más industrial, no el clase B como hace Tarantino), sino también en lo musical: canciones como “My Sharona” o “Don’t Bring Me Down” pasan por el soundtrack, aunque lo más destacable es la banda sonora del habitual colaborador de Abrams (y ahora de Pixar), Michael Giacchino, a esta altura un nuevo John Williams, capaz de crear leit motivs pegadizos y emocionantes (casos Los Increíbles, Up y Cars 2) como de transmitir tensión y emoción a cada fotograma, sin que esta a la vez, le saque poder a las imágenes. Esta vez, se nota, además que Abrams le pidió que homenajeara al creador de los temas inolvidables de Indiana Jones y Star Wars.

Abrams demuestra que se está convirtiendo en uno de esos artistas como Christopher Nolan, que traen nuevos vientos a Hollywood, que detrás de la fantasía tienen realmente “algo que contar”.

Es cierto que Super 8 tiene una gran hora, pero al final se pone un poco explicativa, y algunas subtramas que parecían importantes, quedan un poco banalizadas o las cierra con un diálogo superfluo. También es verdad que el verdadero villano, un coronel militar, no tiene suficiente potencia o participación para hacerse odiar demasiado, más allá de la sólida interpretación de Noah Emmerich (el amigo de Truman en The Truman Show).

Aun con estas “faltas”, Super 8 es una gran película, esas que cobran valor con el paso del tiempo, no por lo que generan, sino por el mensaje que dejan.

Es de esas obras donde la moralina no es un agregado para simpatizar con los estudios o los sectores conservadores, sino la verdadera trama de la película.

Como cineasta me identifiqué y emocioné, me reencontré con las razones por las cuáles elegí esta carrera.

Abrams y Spielberg se han dado la mano, y han generado un regreso a sus raíces. Ojalá se hicieran más películas así.

 

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