A Sala Llena

Tenemos que Hablar de Kevin, según Nuria Silva

Los horrores cotidianos

Ser madre es un estado constante de sentimientos encontrados. Viendo la película de Lynne Ramsay no pude evitar recordar aquella tarde en que, estando en un curso de pre-parto, la partera que lo dictaba dijo “no se sientan culpables si alguna noche sienten ganas de tirar a su bebé por la ventana, es algo completamente natural”, para espanto de algunas y sonrisas de otras. No pude evitar preguntarme qué hubiera sentido Eva Khatchadourian, madre retratada por Tilda Swinton, con esos rasgos tan particulares y esa dulce frialdad que impone. No se hubiera espantado pero ciertamente tampoco hubiera sonreído.

Eva es una mujer libre, física y espiritualmente, casada con Franklin, un siempre en papel de hombre-de-familia-mediocre John C. Reilly (podría trazar miles de paralelismos entre este personaje y el que interpretara en la Carnage de Polanski, porque quitando el contexto me pareció ver al mismo hombre), con quien engendran a Kevin, un niño que no resulta en absoluto ser el príncipe soñado de mamá.

La película está narrada en un tiempo presente cuya información se irá conformando mediante flashbacks. Pasado y presente estarán unidos por un uso constante del rojo en la puesta en escena, ligado a la sangre, la que une, la que es derramada, de la que hierve y de la que tira. Y hay algo anti-natural en esta sangre, en esta relación madre e hijo que por momentos roza el terror doméstico como lo hicieran películas como la clásica Semilla de Maldad de Mervyn LeRoy, o la vista por muchos El Buen Hijo de Joseph Ruben. El joven que nos ocupa (y preocupa) es Kevin, interpretado por Ezra Miller, un joven actor cuyos rasgos casi andróginos parecieran estar condenándolo al cine de corte Indie sobre adolescentes problemáticos o alienados.

Sin embargo antes de la aparición de Miller en la pantalla, Kevin ya es signo de mal augurio. Tilda Swinton ofrece a una madre repleta de contradicciones y contrastes tan fuertes como la relación que se representa, atormentada por el remordimiento de haber sido fuente de vida de un ser semejante, al que repele pero con el que sueña eternamente generar un vínculo. Vínculo que se concreta de la forma más despiadada.

Basada en la novela homónima de Lionel Shriver, y que aparentemente generara muchas polémicas, Tenemos que Hablar de Kevin está dirigida Lynne Ramsay, una directora sin demasiadas obras en su haber, pero con un claro sello vanguardista en su forma. Quizás algunos ya la reconozcan por su segundo largometraje Morvern Callar protagonizada por Samantha Morton.

Lo interesante del enfoque de la película es que nos mete dentro de la psicología destrozada de esta mujer, fusionándola de forma sutil con la de su propio hijo, sangre de su sangre muy a su pesar, hasta convertirlos en una única mente. Una madre que deberá responder por los horrores de su hijo y que carga con la culpa de sentirse responsable irremediable de ellos.

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