A Sala Llena

Toy Story 3, según Rodolfo Weisskirch

La Magia que no Conoce Límites (o una declaración de amor a Pixar)

No puedo encontrar en mi memoria, un realizador que logre superarse película tras película. Honestamente, el mayor desafío de haber visto una obra maestra cinematográfica, es que cuando uno va a ver la siguiente película del mismo realizador, tiene miedo de salir defraudado.

Es una constante. A excepción de Clint Eastwood, que se trata de mi director favorito, no encuentro alguien que logre emocionarme cinematográficamente hablando con cada nuevo trabajo. He llegado a enamorarme de las últimas películas de Tarantino por razones puramente cinéfilas, pero no lo considero un gran director.

E incluso Eastwood tiene sus alicaídas, pero realmente estoy sorprendido que Pixar pueda superar las expectativas película en película.

¿Acaso estos hombres no conocen un límite en la “perfección” de sus obras?

No pareciera.

Funcionan como autores como productora y de forma independiente cada realizador es un autor por sí solo. Desafían todas las reglas comerciales, y son los reyes de la taquilla. 

Apártense todos. Afuera James Cameron. Afuera Peter Jackson. Afuera Spielberg.

Acá vienen cabalgando Woody y Buzz Lightyear para salvar al cine.

No tengo demasiado que decir sobre Toy Story 3. No quiero quemar los cartuchos ni las ilusiones, ni la imaginación de los espectadores que ansiosamente, seguro van a acudir a ver esta tercera parte.

Como ya habrán leído en las críticas de la reedición de Toy Story 1 y 2, se trata de nuevos clásicos, de obras maestras indiscutibles de la animación y el cine mundial. Es difícil superar eso. Se puede decir que solo Pixar supera a Pixar y quizás, Wall E y Up solo superan ambos productos.

Pero cuando se vuelve a los orígenes a veces se pueden visualizar los errores, se pueden crear nuevas ideas, nuevos mecanismos, sin dejar de lado, los orígenes, las estructuras previas y el encanto preeliminar.

Toy Story 3 no está a la altura de sus antecesoras. Sino, mucho más arriba. Sí, créanlo o no. Pixar ha logrado superarse nueva y ampliamente. Está por encima de todas las expectativas previas. Lee Unkrich ha superado al maestro Lasseter. No estamos hablando de una película más, sino de una OBRA MAESTRA.

Y no soy de los que conceden el título con facilidad, pero es cierto. El guión es perfecto, a nivel visual (incluso el 3D) es gloriosa, sublime, los personajes son maravillosos. Hay un gag seguido de otro gag, y cada uno remite a un film clásico diferente. Si ayer decía que Kick-Ass era el film cinéfilo del año, me corrijo. Kick-Ass se queda corto a comparación.

De una secuencia inicial increíble, asombrosa en Monument Valley (nadie se animó a volver a filmar ahí desde John Ford) con varios homenajes a westerns de todas las décadas (desde El Gran Robo del Tren, el primer western hecho po Edwin S Porter a la coreana The Good, the Bad and the Weird o el western espacial de Joss Whedon, Serenity) a El Gran Escape, Misión Imposible, mucho, pero mucho del mejor Spielberg (inclusive la fotografía parece de Kaminski), referencias a detalles de las dos primeras partes, mucho de Wall E e incluso de Up. Y me quedo corto.

Barbie y Ken tienen una participación ejemplar en esta secuela. Ken parece emular al protagonista de Juegos de Placer (Boogie Nights) o al Tony Manero de Travolta (no el chileno) de Fiebre de Sábado por la Noche.

Es un éxtasis visual, sonoro, narrativo. Y, a pesar de su previsible estructura, todo calza tan bien como el zapatito de la Cenicienta. Todo fluye, el ritmo es alucinante. El dinamismo inconcebible.

No se ha hecho nada igual ni superior. No puedo expresar la felicidad que siento en este momento.

La historia contiene una madurez, una fuerza expresiva y emocional como ningún otro guión de Hollywood tiene. Toy Story es la única saga animada que admite el paso del tiempo. Y que bien lo hace, sin caer en sentimentalismo barato o golpes bajos.

Solo Hayao Miyazaki ha logrado expresar esta filosofía de vida en occidente con sus animaciones, y los responsables de Pixar, rinden tributo al maestro de la animación nipona, lo ponen en un pedestal, le hacen una estatua. Y que mejor que incluir a Totoro en el repertorio de juguetes.

La madurez, la importancia de conservar al niño interno, de no olvidar el pasado, de saber pasar la posta, de rebelarse contra el sistema no son temas banales para una película de animación dirigida al gran público.

Pixar maneja un código perfecto entre el clasicismo y la atemporalidad, de saber que elementos modernos utilizar para criticar y a la vez llevar sus historias a un presente identificable, perpetuo, pero a la vez invariablemente permeable. No quiero revelar más de la historia.

Simplemente recomiendo ver y observar cada detalle, cada plano, cada objeto de Toy Story 3. Para entender la transgresión visual de la productora, miren el cortometraje previo: Día y Noche. Donde se valora la animación manual clásica y se la combina con la computarizada de la manera más justificada y original que se haya alguna vez visto.

Disfrutable tanto en castellano (donde se luce Mike Amigorenga como Ken) y en versión original con Tom Hanks, Tim Allen (al que se le hace un pequeño homenaje por un trabajo previo) Joan Cusak, Ned Beatty y Timothy Dalton.

El nivel de sutilezas, didacticismo, magia, aventura que presenta este film es de una embergadura embriagadora que se ve una vez al año (cada vez que Pixar estrena un film).

No hay oscuridad, no está pensada para un público intelectual como Wall E o más adulto como el de Up. Es diferente, pero lo mismo al mismo tiempo. Demuestra que su objetivo no tiene un público concreto. Personalmente me parece que está pensada para aquellos que teníamos la edad de Andy en 1995 e indefectiblemente, como Andy, crecimos y tuvimos que abandonar casi todos nuestros juguetes.

A diferencia de la segunda parte que presentaba un momento lacrimógeno que debería haber sido eliminado del montaje final (la canción de Jessie), esta tercera parte no tiene desperdicios ni un segundo.

Nuevamente, el gran Randy Newman innova en la banda sonora, sin abandonar su identidad, sus melódicas canciones, hace un combo que mezcla elementos de John Williams o Michael Giacchino (que hizo las bandas sonoras de Ratatouille, Los Increíbles y UP). Además se incluye un gran repertorio de música disco para los mayores de treinta años.

El 3D esté mejor aplicado que en UP. Como era de preveer la historia es tan atrapante, que uno olvida rápidamente que está con los lentes puestos, pero la profundidad de campo ha mejorado, los efectos son más creíbles y menos molestos. Se trata de un viaje inolvidable, hacia el interior de un mundo que conocemos de memoria desde 1995. El tiempo ha mejorado la claridad, iluminó de forma maravillosa la mente de los creadores. El clima oscuro y pesimista de las últimas películas de la compañía ha sido reemplazado por un coherente optimismo.

El guión está firmado por los creadores originales: Lasseter, Unkrinch y Stanton, junto a Michael Arndt (ganador del Oscar por Pequeña Miss Sunshine). La combinación es perfecta. No queda mucha más para decir. Disfrútenla y listo.

Emociónense cada vez que Buzz Lightyear diga: “¡Al Infinito… y Más Allá!”

Vuelvan a sentir el niño interior… recordar y recobrar los juguetes de su infancia.

La magia vuelve a las pantallas y parece que nadie hasta ahora se ha animado a sacarle la corona al rey Pixar.

 

¡TOY STORY VIVE! ¡LARGA VIDA A TOY STORY Y PIXAR!

 

 

 

(Aclaro que no están viendo doble: puse dos excelentes juntos porque me parecía que uno era insuficiente ante semejante obra)

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