A Sala Llena

Tron: El Legado, Según Rodolfo Weisskirch

¿Alguien vio la película Tron?

Mi infancia estuvo marcada por tres tendencias audiovisuales bien marcadas. Por un lado las series estadounidenses de los años 50 (Los Tres Chiflados) 60 (El Superagente 86, Batman) y 80 (Alf, Brigada A, MacGyver), por otro todos los productos relacionados con Spielberg / Lucas y una tercera, pero no por eso menos importante, e incluso mayor en número, influencia de las películas que llevaban la marca Disney.

Y con esto no me refiero a los productos animados que todos conocemos, los clásicos desde Blancanieves hasta Bernardo y Bianca, Fantasía o La Espada en la Piedras (mis favoritos). No, hablo de las películas con actores, muchas de ellas, que mezclaban técnicas de animación con interacción animada. En ese sentido, el estudio del viejo Walt siempre estuvo a la vanguardia. Y son muchas de estas películas las que más recuerdo. Desde Canción del Sur (1948) con el hermano conejo y la canción Zip-A-Dee-Doo-Da (una version de La Cabaña del Tío Tom con animación sino me acuerdo mal) pasando por Cupido Motorizado (me vi la primera trilogía tantas veces…), Mary Poppins, El Profesor Distraído y El Profesor Boligoma, El Joven Merlín, Un Papá con Pocas Pulgas (original), Travesuras de una Bruja, Los Hijos del Capitán Grant, (todas dirigidas por un genio revolucionario no demasiado valorado llamado Robert Stevenson) Mi Amigo el Dragón, 20 Mil Leguas de Viaje Submarino (no tan infantil), Birdman (muy mala version para television) y las dos más oscuras, acaso que más me impactaban por su violencias, pero también me sorprendían por sus efectos especiales, Más Allá del Agujero Negro (1979) y Tron (1982). Ambas películas, además formaron parte del declive de los estudios en materia cinematográfica. Inclusive, el departamento de animación venía en decadencia a mediados de los años ’80 hasta que los rescató una nueva generación conformada por Clements / Musker y cuando esta generación se volvió anticuada, aparecieron los genios de Pixar para sacar a flote la empresa del ratón. En materia cine con actores, fue la asociación con Jerry Bruckheimer la que trajo beneficios económicos.

De esta forma llegamos al presente de Disney. Un presente que mira al pasado, si nos ponemos a analizar cuáles fueron las producciones estrenadas en el 2010: El Príncipe de Persia (basada en un video juego de los años 80), El Aprendiz de Brujo (inspirada en el acto de Fantasía) Alicia en el País de las Maravillas (la adaptación más recordada es la animada de los ’50), y Toy Story 3. En fin, Disney apostó este año al reciclaje, y parece que repetirá la fórmula en el 2011 (Cars 2 y la cuarta Piratas del Caribe). Las dos primeras (producidas por Bruckheimer) tuvieron resultados flojísimos, tanto en calidad cinematográfica como en la taquilla. Las dos segundas fueron los grandes éxitos del año y son mucho más destacadas a nivel cinematográfico (y bueno, Burton y Pixar).

Para desempatar apareció este extraño proyecto: Tron: El Legado. ¿Y por que extraño? Porque la original fue un fracaso comercial. Al igual que Más Allá del Agujero Negro, su trama era tan adelantada y los efectos especiales tan revolucionarios, que solo la mitad de los espectadores (con suerte) lograron entenderlas. Además, ambas eran demasiada oscuras para un público infantil. Disney quiso aprovechar el interés por la ciencia ficción que habían vuelto a despertar la saga de La Guerra de las Galaxias y las películas de Viaje a las Estrellas, que quisieron crear sus propias películas, y fracasaron porque fueron más allá… Mucho más allá.

Hoy en día, un reducido grupo de freaks (de ahí viene el famoso chiste de Homero Simpson en un Casa del Terror), entre los que debería incluirme, rinde tributo a ambas obras y espera ansioso la llegada de la remake de El Agujero Negro, de la mano de Joseph Kosinsky, director de Tron: El Legado.  

La originalidad de la película de 1982 era su aspecto visual sin dudas. Los diseños del mundo virtual, la desmaterialización del personaje de Flynn, la carrera de motos. Pocos recordamos cual era en sí la trama. Acaso por esto, la película no pasó a la historia. Los colores fluorescentes, la desfragmentación de los elementos eran realmente innovadores. A medida que iba creciendo, me encantaba mucho más la película de Steven Lisberger.

Cuando me enteré de que se iba a realizar una suerte de remake / secuela en 3D, no dudé que se trataría de una de las experiencias que más expectativas crearía en mí. No se trataba solamente de ver si hay una revolución visual como Avatar, sino de conectarme nuevamente con el niño que llevo adentro. Aquel que estaba como loco antes de entrar a ver el Episodio I de La Guerra de las Galaxias o la cuarta parte de Indiana Jones. Lamentablemente, ambas experiencias, aunque me gustaron, estuvieron por debajo de mis expectativas. ¿Qué pasaría con Tron?

 

Entre el pasado y el futuro

La historia empieza en 1989, donde un joven Kevin Flynn (Bridges digitalmente rejuvenecido) relata a su hijo Sam las experiencias vividas en 1982 como si se tratara de un cuento de hadas. En la habitación del mismo aparece el afiche de la película original y uno de El Agujero Negro además de merchandising de la película (motos, muñecos, etc). La acción salta al presente. Nos enteramos que Flynn se volvió un filántropo no demasiado diferente a Charles Foster Kane que un día desapareció sin dejar rastro. El único que parece saber la verdad es su ex socio Alan (Boxleitner, el Tron original). Ahora, Sam es un hacker que no quiere que la empresa de su padre Encom caiga en manos de inversionistas que quieren vender los video juegos que Flynn solía regalar. Kosinsky plantea este segmento en el mundo real de manera estética y musical no muy distinta a como la planteó Christopher Nolan para ambas partes de Batman. Incluso la banda sonora de toda la película no dista demasiado de la de El Origen. Sin embargo, un día, Alan recibe un mensaje de biper de Kevin, y Sam decide salir a investigar en el viejo negocio de arcade, donde reside el juego Tron. La reproducción escenográfica es exactamente a como la recordaba en la película original.

Sam cae en el mundo cibernético, el cuál ha evolucionado notablemente y es mucho más oscuro. La primera hora de la película es una experiencia audiovisual notable. En primer lugar porque el diseño del mundo es impecable, el sistema Dolby 3D de Disney es magnífico. No solamente porque pueden llegar a salir objetos desde la pantalla, sino también porque el uso de la profundidad de campo es completamente justificado. El tiempo le hizo bien a Tron. Por otro lado, hay una increíble fidelidad a la idea original, donde los programas combaten en batallas inspiradas en los juegos romanos: pan y circo, gladiadores, los discos, carrera de motos que simulan ser como las carreras con carros y caballos, etc. Inclusive Kosinsky se anima a incluir una pequeña referencia a La Guerra de las Galaxias. Hasta aquí todo fantástico. Supera mis expectativas, me divierte, entretiene y fascina.

A partir de la segunda hora es donde la película empieza a meterse en terreno pantanoso cuando los guionistas Kitsis y Horowitz (de Lost) acomplejizan demasiado el argumento. Por así decirlo: donde la película de Lisberger (que sigue siendo productor e incluso tiene un cameo) hacía agua debido a su simpleza, esta termina siendo desbordada. No solo porque Sam y Kevin deben enfrentar al alter ego cibernético pero villano de Flynn padre, Clu (Bridges rejuvenecido) sino por lo solemne y pretenciosa que se vuelve la trama al incorporar demasiadas subtramas con influencias religiosas y filosóficas con referencias a La Guerra de las Galaxias (Episodio IV, las mejores escenas) con Matrix (por supuesto, las peores). Aparecen personajes como Quorra (la hermosa Olivia Wilde) o el carismático Zesu (Michael Sheen excelente, caracterizado como un David Bowie que habla como Rick de Casablanca pero camina como el acertijo o Chaplin) que le terminan aportando poca inferencia a la trama hasta la inclusión de toda una civilización “perfecta”. El personaje de Clu a la vez se muestra como un facho, y así van apareciendo demasiadas referencias espirituales y políticas, que no deberían haber estado, no hacen más que rellenar la trama y realentar la última media hora con diálogos un poco cursis y trillados.

Por suerte Kosinsky no deja que la película caiga en el tedio fácilmente y con algunas batallas con demasiadas similitudes con el Episodio IV de La Guerra de las Galaxias, más las hermosas peleas en el bar de Zesu logra remontar tanto palabrerío.

Este Tron siglo XXI encuentra como ya dije, su justificación desde la técnica principalmente, pero parece apuntar a un público cinéfilo ochentoso. Tanto la moda como los peinados parecen sacados de las visiones futuristas de las películas e ilustraciones de los años ’80 como la segunda parte de Volver al Futuro o la primera Batman de Burton. Pero también hay una banda sonora con temas de la época que incluyen a Annie Lenox o Mötley Crue. El diseño sonoro / musical de la banda Daft Punk es realmente interesante (aun con las semejanzas con la de Hans Zimmer por El Origen). Además otro punto que tocó mi corazón fue el homenaje a la literatura de Julio Verne.

A nivel cinematográfico es maravillosa y cumple con lo esperado. La fotografía de Claudio Miranda, el DF chileno colaborador habitual de David Fincher (hasta Benjamin Button) merece ser más valorada que la de Mauro Fiore (Avatar).

Las interpretaciones son más sólidas de lo que cabría suponer. El joven Garret Hendlund se desenvuelve bastante bien en su rol de hijo con cara de tipo duro, Olivia Wilde no desentona, Michael Sheen es soberbio, y es grato volver a encontrarse con Bruce Boxleitner, aun cuando el personaje de Tron tenga poca inferencia en el relato. Por supuesto que las palmas van como siempre para Jeff Bridges que maravilla como el joven, poderoso y excesivo Clu, pero a la vez interpreta a un Kevin Flynn más sabio y místico, aunque con algunas frases del Dude (de El Gran Lebowski).

Sin dudas, y más allá de los toques intelectualoides del guión, Tron: El Legado admito me terminó impactando más por nostalgia que por tener una narración sólida y original. Como muchos saben, cuando se filtra gran cantidad de cinefilia entre los márgenes de las nuevas generaciones, yo me siento como pez en el agua. Y agradezco también a Tron: El Legado, por devolverme cierta esperanza en el cine maistream de ciencia ficción, que no sentía hace tiempo. Porque más allá de estar realizando nuevas producciones sobre historias que tienen casi tres décadas, Kosinsky se impulsa como una promesa interesante del nuevo cine industrial de Hollywood.

En cuanto a este film, el público dará su veredicto: o se convierte en un éxito que le hará justicia a la subvalorada predecesora de 1982, o termina siendo un fracaso estrepitoso, con destino de culto, entendido solo por una cantidad limitada de freaks como yo, que se criaron viendo la película original y el resto de obras cinematográficas de Disney en formato VHS (no creo que se hayan pasado a DVD algunas y deben llenar de polvo las bateas de unos pocos video clubes).

Mientras tanto, le voy a responder a Homero: “Yo vi Tron 1 y 2… y no solo eso. También me gustaron”.

 

 

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