A Sala Llena

Un Lotus

Cuando era chica, y creo que
ya les mencioné esto antes, me regalaron uno de esos cartings a pedal que tan
de moda estaban en los 80. Pero, como también les conté antes, mi padre, que
era extremadamente tuerca, jamás se conformó con que sus hijas tuvieran un
carting común, después de todo no iba a tener varones, así que despuntaba el
vicio de manera reventativa con mi hermana y conmigo. Como era su costumbre, se
excedió con todo el asunto, y nos compró uno con carrocería de Fórmula 1.

Mi Lotus (si, era un Lotus)
era amarillo destellante, y llevaba el número 1 pintado en rojo del lado derecho. En la trompa, bien adelante, la
palabra LOTUS se leía perfecta, por si quedaban algunas dudas. La carrocería
era pesada, de chapa bien dura y brillante y las ruedas eran negras, con las
yantas cromadas. Era una joyita. En el barrio se quedaron todos con la boca
abierta. Con mis primos nos agarrábamos de los pelos para usarlo. El entusiasmo
le costó moretones en los tobillos a toda la familia. Nos llevábamos puestos
los muebles, los perros y las personas, sin hacer la más mínima distinción. Los
hachábamos a todos por igual, con la trompa filosa del Lotus amarillo de acá
para allá. Tanto fue así, que tuvieron que exiliarlo en casa de mi abuela, para
que dejáramos de inflar la paciencia y solo jugáramos con él durante los fines
de semana, en el patio, lejos del mundo adulto y sus fatigadas extremidades. Lo
hicimos de goma y, como todos los juguetes de la infancia, más tarde o más
tarde o más temprano, se convirtió en chatarra. Pero ese fue el primero de una
serie de vehículos, de los que mi hermana y yo pudimos gozar a lo largo de la
infancia y la juventud, debido a la pasión de mi padre por los fierros.

Por supuesto, esa pasión
también alcanzaba al cine. Cuanta película fierrera andaba dando vueltas,
nosotras la veíamos aunque fuera de refilón. Así nos empapamos de títulos
viejos como Le Mans, Grand Prix o Las 500 Millas, desde nuestra más
tierna infancia y aunque ya nadie los visitara más que en Función Privada. Mi viejo tenía un millón de anécdotas a cerca de
en qué condiciones había visto cada una. De hecho, creo que a Grand Prix, la vio en una función de
cinerama. Estaba enloquecido y no se cansaba de contarnos acerca de los caños
de escape y los motores y el ruido tremendo que metían… Con los años fueron
llegando más títulos como, Duelo a
Muerte,
 Mad Max, Carrera Mortal, Días de Trueno, Carrera contra el Destino,
Halcón Callejero…
Y por supuesto, jamás faltó la dosis de  Meteoro
diaria.

Como habíamos crecido a la
sombra de determinadas leyendas, durante los juegos nos peleábamos por ser algunos
corredores. En casa siempre se había hablado de Jackie Stewart, de Gilles
Villeneuve, de Niki Lauda y, por supuesto, de Reutemann. Eras los tempranos 80
y la leyenda del Lole seguía vigente. Obvio que sabíamos quién era Fangio pero,
para nosotros, las imágenes en blanco y negro significaban algo demasiado
distante.  Nos hacíamos la cabeza a morir
con las catangas de colores que veíamos en la tele. Tanto era así que, de
adolescente, compraba los cigarrillos de John Player, solo para llevarlos en el
bolso y porque la caja me recordaba aquellos maravillosos monoplaza. Jamás me
fumé ni uno solo de ellos. Nunca pude adquirir el glamoroso vicio.

La Fórmula 1 me resultó
siempre tremendamente excitante, desde muy chica. Tal vez porque agarré el
coletazo final de su período más sexy. Es decir, pude ver a Senna convertirse
en el último verdadero ídolo rockero de la categoría. Él fue el último gran
héroe y con él, se fue su parte más “salvaje”.  Pero no fue su accidente el que más me marcó,
fue uno anterior. El primero que vi.

Yo estaba parada detrás de
mi padre, que miraba la televisión. Era muy chica, alrededor de seis o siete
años y lo que estábamos viendo eran las pruebas clasificatorias para el Gran
Premio de Bélgica. Pasaban la repetición una y otra vez en cámara lenta. El
auto despedía al piloto. Recuerdo todo: el cuerpo volando, el casco, la
respiración boca a boca, el alambrado… Papá decía: “Está muerto, está muerto”. 
La tristeza se le dibujaba en el rostro y si, Villeneuve murió. Yo me
quedé parada atrás mirando y mirando el accidente. Nada nos entra tanto en la
mente, como lo que vemos en una pantalla. Desde ese día, siento una particular
emoción por los pilotos, es como una especie de compasión instantánea. Me
parecen seres diferentes, sobre todo, cuando llevan el casco puesto.

Hacía bastante que no me
excitaba tanto el tráiler de una película, como lo hace el de Rush. Esta nueva cinta que se viene,
dirigida por Ron Howard sobre el duelo del 76 entre Lauda y Hunt me hace agua
la boca. Sé que voy a ver el durísimo accidente de Niki desde un millón de
ángulos más del que estamos acostumbrados a verlo en documentales, sé que van a
pintar a Hunt mucho más grande de lo que realmente fue, sé que va a ser
glamorosa, sexy, entretenida y veloz, sé que va a contar, por lo menos, con una
interpretación memorable y sé que va a ser dura. Me salgo de la vaina por
verla. Este tráiler inmaculado me recordó tanto a Le Mans. ¡Esa factura visual tan sensual, tan provocativa! Sé que
la crítica la viene alabando, pero mis expectativas son inmensas, ojalá que
esté a la altura. Estuve viendo algunas imágenes y parece monumental.

El guión de Peter Morgan
promete bastante. Estamos frente a la pluma del tipo que nos trajo Frost/Nixon, El último Rey de Escocia, La
otra Bolena
y The Queen entre
otras cositas. El tipo tiene un talentito particular. Le pongo una numerosa
cantidad de fichas.

¡Qué nervios! Es probable
que estemos hablando de algo verdaderamente grande. ¡Qué ganas de ver una buena
peli sobre carreras!

En fin… Va a haber que
esperar. Pero, por su parte, esta columnista les promete un par de columnas más
sobre el tema, para ir despuntando el vicio.

No se las pierdan…

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