A Sala Llena

Una rubia embarazada, un tipo recio y un cura…

A menudo, la materia prima
de mis elucubraciones diarias, son los sueños. En su forma onírica propiamente
dicha, en su forma de deseo, o en su forma más aterradora, que es la forma del
miedo.  Camino y pienso, como y pienso,
hago ejercicio y pienso, riego las plantas y pienso, miro fotos y pienso,
acaricio a mis gatos y pienso, me ducho y pienso, tengo sexo y pienso…  Poner un alto en los pensamientos, es el
aprendizaje más arduo. Sobre todo para los que laburamos pensando y después no
tenemos mayormente nada que hacer, más que preguntarnos qué somos, qué
significamos, qué deseamos, cómo entra la muerte en esa ecuación y qué carajo
vamos a cocinar en la noche.  A veces,
imagino mi cabeza como una bola gigante y colorada, que  se infla y desinfla con cada embestida del
pensamiento.  Así, mi nariz y mis orejas
se ensanchan enrojecidas durante el día, al tiempo que mi cabeza crece y crece
de tamaño. A la larga, uno termina por parecerse a uno de esos chupaletones de
Lheritiere, que tenían el palo blanco y el dulce colorido.  Eso, hasta que decide engancharse con alguna
serie en el atardecer y entonces la cabeza se le vuelve de tamaño normal o,
incluso, un poco más reducido.



Pero el tema de los sueños,
hoy se metió en mis pensamientos de manera diferente.  Y empecé a separar la idea en dos vertientes:

1-
los sueños que se traducen al pensamiento en forma de imágenes.

2-
los sueños que se traducen al pensamiento en forma de  palabras.
 

Y me di cuenta, que esta
última categoría, es la que me tiene ganada por estos días. Es decir,
últimamente, me la paso pensando en palabras y no en imágenes. Cosa que, tal
vez, es una especie de contra reacción al hecho de que, durante las últimas
semanas, mi cabeza era una especie de hoguera de imágenes, que me estaban
volviendo loca y me sacaban del maravilloso “bienestar” conquistado a base de
terapia, trabajo arduo y reconciliación con estándares mediocres.  ¿Qué carajo me sucede?

Estoy en mi casa, leyendo un
libro de cartas entre William S. Burroughs y Allen Ginsberg. Intento evadirme
de mis propias palabras, buscando palabras de otros. Palabras mejores.  Y entonces, suena el teléfono y un vecino
imbécil tira un petardo. El silencio me evade por completo y es difícil escapar
de la saeta de idioteces que se me cruzan por la mente. 

Parece imposible encausar
las palabras, encausar los sueños en forma de palabras.

Me levanto y me hago un té.
Recuerdo cuando estaba en la escuela de cine y debía preparar exámenes. Las
vueltas que daba se parecen mucho a esto. 
Y todas esas palabras están ahí, royéndose entre ellas. Sacándose viruta
una y otra vez, sin dejar que aparezca una palabra final. La palabra
prevaleciente.  Me dan ganas de llorar.
Me parece que me va a dar un bobazo.  Mis
gatos duermen como si fueran eternos. Los envidio. Me agoto.  Espero la palabra primigenia como quien
espera la hostia al final de la cola de feligreses.

Tengo esa clase de cabeza
que se ve a sí misma como una cabeza de primera categoría pero que, por
limitaciones y porrazos, ha entendido que viene sexta cómoda. Y es realmente
difícil hacerla laburar, más que nada  por el hecho de que le da tremenda fiaca la
monumental faena que tiene por delante. “¡Qué
diablos!  El cine se piensa en imágenes,
no en palabras”
espeta entre mis oídos y se apoltrona dentro de mi cráneo
como una enorme bestia peluda y caliente, que se echa a dormir la siesta.   Y entonces yo acabo por prepararme un quinto
té y por bufar quejidos acerca de lo mugrientos que están los vidrios de las ventanas.

Mordisqueo un lápiz.  Recuerdo que tengo una clase de Yôga y
entonces me entra una pachorra monumental 
y quiero agarrar todo a patadas. Malditos estándares de salud, belleza y
autosuperación.

Por la calle pasa un
colectivo y entonces la hoja que tengo delante se vuelve más blanca. Escucho
las bocinas de los autos que pasan por las avenidas enloquecedoras en donde se
encuentra mi casa y, entonces, caigo en cuenta de que llevo casi media hora de
total silencio. ¿Cómo no me di cuenta, cómo? 
Mi gato Oberón, el  más grande de
los gatos negros de mi casa, se echa en la mesa y parpadea en cámara lenta. Se
acomoda en la madera y se dispone a dormir nuevamente. Hace rato que está allí,
pero solo ahora ha decidido que se hará un bollo y respirará con intervalos muy
cortos. Hasta recién, observaba voraz a una paloma.

“Tengo
sueño, quiero dormir.”

Y entonces sucede. Una
palabra, reluciente, perfecta, lustrosa. Una palabra con la punta bien sacada,
filosa y prometedora, una palabra lujuriosa. Una palabra que atrapa a todas las
palabras que vendrán después. Y antes de que pueda decir “Chewbacca”, mis dedos
tipean  automáticos: Escena 1. Interior-Auto en movimiento-Noche.   Y
el guion comienza. Y para este, necesito a una rubia embarazada, un tipo recio
y un cura.

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