A Sala Llena

XIX Festival Internacional De Teatro Santiago A Mil : J. J.´S Voices

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J. J.´S Voices (Suecia)

Coreografía: Benoit Lachambre. Elenco: Cullberg Ballet. Teatro GAM.

Lo importante es lo que sentimos. En silencio, de forma escrita, mediante gritos. Los cuerpos saben lo que hacen cuando sienten. No podemos dejar de escucharlos, no pararan. Como la actividad cerebral en la noche, como los sueños.

Esta obra no se encontraba catalogada dentro de la grilla como un espectáculo de danza sino como “programación internacional”, debido a no pertenecer a la escena local. Sin embargo, su rubro no corresponde al de teatro danza. Con un centro en la música de Janis Joplin, esta compañía de ballet contemporáneo, trabaja de forma muy moderna, pero con los contenidos relacionados al concepto de postmodernidad. Utilizando la mirada joven como punto de partida para comprender una etapa que en el fondo les pertenece, se trasmite mediante una aparente sencillez, una insólita profundidad.

Comienza la obra casi en penumbras y en esa oscuridad es en la que comenzamos a sumergirnos como dentro de nosotros mismos. Movimientos muy libres, de interrelación o aislamiento humanos entre los actantes, nos llevan a identificarnos con todo lo relacionado a eso que nos hace amar, odiar, sufrir o buscar superarnos. En definitiva, sentirnos vivos con eso que somos, en los tiempos que nos toquen y con la vestimenta que tengamos puesta.

Muchachos y muchachas en jeans, zapatillas y camperas apagadas con sus capuchas a veces colocadas, se mueven por momentos ayudados por otros, y por momentos en largo aislamiento, transmitiendo una soledad individual padecida de forma colectiva, que precisamente por esa razón se anula a sí misma. Todos están solos, pero surge siempre en algún lado el apoyo. Todos sufren, pero surge siempre en nosotros mismos la capacidad de expresarnos. Ante el otro como identificación, ante el otro como espejo, a pesar del otro o con la ayuda del otro. Juntos pero aislados, aislados pero sin dudas juntos.

La palabra como lenguaje no brillará por su ausencia, será leída, como para que su sonido sólo sea la música de su contenido poético. Dispuesta en sencillos carteles pintados a mano en un rojo sangre, que por momentos anárquicos los personajes van colocando en sostenes de metal. Leemos “bones”, “listen”, “over you”, “diaphragm, “multiple emotions”, “let it”. Cada palabra suelta, evocará decenas de sentimientos que a su vez rizoman hacia otros. Cada palabra, cada sonido en la voz de la sensible Janis Joplin, cada gesto y cada movimiento de los personajes, entrará en nuestro cuerpo, de la misma manera que sale del de ellos. Sin necesidad de narrativa.

Las canciones de Joplin que a menudo se desatan en el sonido de su particular idiosincrasia de gritos pasionales relacionada con una cierta exasperación, no chirria, no desespera, calma. Como calma cada grito humano cualquiera emitido con justicia o razón. Una razón interna que no necesita ni pide permiso al saber a toda la humanidad de su lado, y que calma tanto al emisor como al receptor.

Así continuamos mirando en penumbras a estos muchachos, que aparecen nuevamente ante nuestros ojos, entre nuestras conjeturas, moviéndose en el espacio como a la deriva, hasta que súbitamente corren a gran velocidad por todo el escenario, como suficiente hecho justificado por la propia vida. Esa que requiere de un sensitivo cuerpo y que habiendo decidido habitar en él, nos regala esa posibilidad: la del movimiento. El movimiento que siendo siempre vida, se encuentra en una libertad de algún modo plena. Porque hasta el llanto, el grito, el sueño, son movimiento.

Algún sólo vuelve a ubicar todo en el aislamiento individual y a volvernos a la calma. Las luces no osan modificar su penumbra dedicada a nuestra introspección. Prácticamente estáticas durante todo el espectáculo, suman una profundidad mucho más inteligente que si se modificaran. Teniendo claro que abriéndonos los ojos al “show”, nos los cerrarían al arte y la sensibilidad. Por esta misma razón también la escenografía, muy moderna, minimalista y fría, se contrapone a todo lo que trabaja como material emotivo toda la obra. Generando por contraposición, que el espectador se inserte mucho más en este último aspecto.

Estandartes en forma de “T” conformados de metal plateado, son los sostenes para los carteles, que sólo son colocados en ellos a diferentes alturas. Los personajes los cambian de lugar, los sostienen o los trasladan, en una supuesta anarquía que no entendemos por qué nos llega de forma tan profunda. Se suman a estos trastos unos cuantos cajones de color haya, que los personajes superpondrán armando formas de modo muy lento. Antes de que nos demos cuenta, estas acciones confluirán en la construcción de una especie de muro. En él, los mismos y simples carteles anteriores serán colocados como formando un grafitti de frases posibles, siempre sin conexiones aparentes (no hay preposiciones ni artículos). Pero mucho dista en toda la obra de estar inconexo. Así, los cuerpos terminan interrelacionándose con ese muro, como escribiendo en él, subiéndose, mirándolo, escondiéndose tras él. Mientras, otro solo recibe un fresnel blanquecino a proscenio derecho. No parece posible un final, porque no hay un final, ya que no hay ningún cuento.

El mejor llamado “cierre” que da la dirección a este “recorrido”, es lo único criticable de toda la obra. Precisamente por la dificultad de que hubiera un final, cae en las garras wagnerianas de los gritos magnánimos de Joplin, cuya fuerza arrastra al elenco a finalizar bailando juntos mirando hacia el público, como en un show adolescente al compás del reboleo de sus camperas, de opacos pero diferentes colores. Sin embargo un pequeño traspié de superficialidad en los últimos 3 minutos, de ninguna manera puede destrozar todo lo trasmitido en 57. Uno no sale como entró, de ver Jj´s voices. Una voz muda, de profundo calar dijo algo más que la misma Janis.

Una obra para sentir sin buscar explicaciones, para percibir a través de los cuerpos, sin miedos, lo único importante: todo.

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