A Sala Llena

1º Festival de Cine Colombiano | 1ª Jornada

Este lunes empezó el Festival de Cine Colombiano con la promesa de ver un país diferente al que tenemos como referencia.

De esta manera, el festival abrió con un corto sobre el acuerdo de paz entre las FARC y el gobierno colombiano a través del gurú Sri Sri Ravi Shankar. El gurú y las FARC (2016), de Paula Schargorodsky hace un recuento bastante tradicional de cómo se llevaron a cabo las conversaciones entre el gobierno de Santos y los dirigentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Lo más interesante del corto es que inaugure el festival como propuesta a otras historias ambientadas en el país y que no estén vinculadas con el narcotráfico y la violencia, o no directamente, como si se tratara de una mirada desde la paz.

Por su lado, Señorita María, la falda de la montaña (2017) estudia con mucha atención la vida e historia de María Burgos, una “mujer que nació hombre” que reside en Boavita, un pueblo campestre de Boyacá. Estudia en el sentido más poético de la palabra porque, ¿qué es una investigación sino un descubrimiento de vínculos directos e indirectos entre el sujeto que estudia, el sujeto estudiado y su entorno? Y al mismo tiempo, es un estudio que no parte de la palabra ni de la imagen como vemos en las primeras escenas, sino de una soledad silenciosa.

En este sentido, la indagación en la rutina de María dialoga meticulosamente con las novedades de la naturaleza. Mendoza encuentra una armonía entre María y la naturaleza, mucho más allá de la soledad tan mencionada durante el metraje, las burlas hacia ella y su mal temperamento referido varias veces por los entrevistados. Y es esta sintonía la que hace del documental una mirada atenta a lo que moviliza a un hombre travesti del campo, sin caer en lo llamativo o lo ridículo.

Y si bien es cierto que se siente extenso el documental, esto es más porque nos invita a otro ritmo de atención a la naturaleza y no tanto por falta de interés hacia María. Mendoza nos tienta a saber más de ella, de su infancia apartada de su familia por decisión de la abuela, y de su día a día haciendo labores campestres que parecieran cuestionar lo que significaba la masculinidad hasta hace unos años.

Al final, la soledad persistente de María no es más que una oportunidad para hablar de su religión y sus labores. Esto la convierte en una fiel creyente de su Dios y de una identidad que su abuela forjó, pero que la propia María alimenta día a día sin conflictos. Como si quien fuese cada persona se construyera a través de la familia, la sociedad y la soledad traducida, en este caso, en la vida del campo.

El gurú y las FARC: Dos butacas

 

 

Señorita María, falda de la montaña: Cinco butacas

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2018 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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