EN EL ESTÓMAGO DE LA BOA
“Lo mío no es un reality, boluda. Yo… no la estoy pasando bien, ¿entendés? Yo te estoy contando una situación que vos, como te dije, no la vas a entender. Tenés que venir una temporada acá […]”
¿Dónde es acá? Entre paredes raídas y mohosas, muros agujereados, llenos de grietas, calcinado en verano y quemado por el frío en invierno. ¿Puede cualquiera que no haya atravesado una estadía en la cárcel, como repite más de una vez Marcos Joubert, entender lo que esto implica?
No es este el espacio de debatir políticas públicas, de reflexionar, manifestar, atacar y/o defender una u otra postura. No se trata de juzgar. Se trata en principio de observar. De “jugar” el “juego” que plantea el material que ha tomado forma bajo el nombre de “Plata o mierda”, ganadora en el BAFICI del Gran premio; material extraño, con un particular proceso de producción, del cual se infiere a mi entender una consigna fundamental para que funcione esta película: llegó la hora de escuchar. De hacer silencio y mirar.
Marcos tiene un celular y Toia tiene una idea. Ellos tienen contacto, a pesar de estar él encerrado en un (varios) penal. Y entonces, Marcos registra. Registra el feliz cumpleaños cantado por sus compañeros a uno de ellos. Registra su relación con aquella novia que ama y extraña, la que le dio el teléfono para filmar, de la que hablará aún cuando ella le diga que ya no puede con la dura situación de estar separados de la manera en que lo están. Registra sus dudas y sus sincericidios respecto del hijo que hace años no puede ver, del que nada sabe; admite en algún momento que si él estuviera enojado, lo entendería, y que quizás no quiere saber nada de su padre. Registra su ninguneo tratando de llamar al juzgado, tratando de obtener un número de trámite. Un ninguneo reforzado por la despersonalizante experiencia de estar encerrado bajo techo de nadie, como frente a un espejo donde el tiempo se desdibuja y uno se ve y se deforma. En uno de los tantos momentos de angustia, describe a la perfección los síntomas de un ataque de pánico. Y en una instancia cuenta lo extraño que fue ver los ojos de una chica, tocar una mano ajena, y sentirse cómodo del todo en intimidad, cuando tiene una visita luego de un tiempo indeterminado de contacto cero. Llega a relatar el miedo de morir enfermo en pandemia dentro de la cárcel y jamás ver a su madre, o de que ella o su familia mueran fuera y él nada pueda hacer.
Así que en principio, la historia que cuenta Plata o mierda es infinitamente difícil de considerar si uno quiere ponerse en el lugar del protagonista/realizador. Al mismo tiempo, es de mi parecer lo más probable que si el común denominador de las personas tuviésemos que enfrentar algo así, nos quebraríamos en mil partes, como la voz de Marcos cuando se toma pausas y titubea al intentar explicar sus emociones, sus pensamientos, su perspectiva de futuro (un futuro que claramente le preocupa y del que, filmando, se ocupa). Y entonces la historia de este hombre, en su situación particular, en el bucle infinito, es posiblemente la misma que la de cualquiera de nosotros.
Esta sensación es reforzada por algunas cuestiones relacionadas a la estructura y al montaje del documental, que no llega, en ningún momento, a ser más escatológico que lo mínimo y necesario para dar idea de lo demencial de vivir así. Cosa de la que muchas ficciones y/o películas tienen algo para aprender, sobre todo aquellas que buscan resonar por el abuso constante del graficar y desplegar grosera, burdamente, a modo de golpe bajo, la miseria humana, la fragilidad de la carne, las partes bajas de la vida que llevamos. Como ejemplo: los desnudos en esta película son muy pocos, debidos al contexto de ducha en encierro, y mucho menores en cuanto a efecto, jerarquía y presencia que en múltiples ficciones carcelarias o similares. No hay casi hechos de violencia directa, más la ominosidad y la claustrofobia construidas por la cámara y la ausencia de un pulido técnico o formal “agradable” presentan y luego constatan un mundo constrictivo.
Hay un ingenio, posiblemente no pensado de forma previa pero, más bien como lo hace el cine, elaborado de forma intuitiva, en el contraste que logra Joubert al tomar las vistas de pasillos y ventanas como oposición al interior de la celda. Hay un rayo de esperanza en aquellos relámpagos que azotan los oscuros cielos bonaerenses sobre la tumba. En el aullido de los perros y el silencio del patio en la noche. Aquella misma que se ve en la preciada interacción de Marcos y su compañero El Pana cuando este le habla sobre una milonga (“La duda”) y Marcos lo escucha atentamente, mientras suena la pista.
Una milonga, porque el sufrimiento que Marcos registra, los miedos, las dudas, las decepciones y las nuevas esperanzas son, como emociones, para nada ajenas a la gran mayoría de personas. Y sin embargo, ¿cree alguno de nosotros que puede entender la situación que la película describe?
Se trata más que de un documental informativo, o únicamente de registro, de un documental de resistencia y persistencia, ante el tiempo. “Estoy viejo” dice Marcos. Es un documento que registra y sobre eso re-presenta una modalidad válida de filmar para quien filma; que es filmar para sobrevivir. Porque la película no insiste en la miseria. No es naif, no es ilusa ni sentimentaloide. Pero tampoco busca ser en absoluto cruda o pesimista. Un poco como Marcos, con aciertos y desaciertos, y con una condición de ser material y espiritual muy compleja, a pesar de todo funciona.
Son varios los compañeros de Marcos que se marchan. Ante un motín en la cárcel, él y otros presos piden a los amotinados que desistan de enfrentarse a la policía, no lo vale. Marcos finalmente ve a su hijo tras años y si bien al principio no está seguro de que el contacto sea una buena idea, es notorio el ánimo que recupera cuando cuenta que lo fue a visitar y lo abrazó.
La película es Marcos. En el hacer la película hay lo contrario a un dejarse estar que El Pana, como figura jerarquizada notoriamente en el film (lo más cercano a un sabio), le señala a Marcos como requisito indispensable para vencer los años.
Es una película demandante pero que recompensa, y que pide ver y escuchar. Quizás ni siquiera pide una crítica, pero esto último es para pensar las exigencias para con el cineasta, que considero no son las mismas cuando uno filma como forma de mantenerse en el mundo. Reflexión que Marcos sabe hacer, hay formas mucho peores de ser, de actuar para mantenerse en el mundo. Muchas de ellas no tienen siquiera un registro en el código penal.
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Dirección: Marcos Joubert, Toia Bonino. Guion: Nicolás Testoni, Toia Bonino. Elenco: Marcos Joubert. Producción: Alejandra Grinschpun, Toia Bonino, Tomás Eloy Muñoz, Valeria Bistagnino. Duración: 88 minutos.




