A Sala Llena

8° Han Cine – Festival de cine coreano | La casa del colibrí (Beolsae)

Un complejo de departamentos que encarcela la vida en una cotidianeidad gris sin ayer ni futuro. Una casa fría y distante que no se siente hogar. Las peleas de unos padres que la ignoran. Un hermano mayor agresivo y alienado de una vida adolescente libertina. Una hermana imprudente e irreflexiva. Una amiga que se viste de Judas cuando se meten en problemas, problemas terribles para su precoz existencia. Una maestra fumadora e idealista que sirve de refugio y contención emocional, a su vez que admirada en su totalidad. Un noviecito errante e indeciso, dueño de su corazón y en consecuencia de su primer acercamiento al amor. Un tío alcohólico que aparece aleatoriamente durante el día o la noche. Una nueva amiga que la mira con deseo virginal más allá del respeto y la contención. Un médico que la asiste en sus solitarias visitas a una clínica humilde en la periferia de su barrio. Un quiste que se forma bajo la oreja derecha y que aguarda ser extirpado. Unas vacaciones en el hospital como reposo merecido de una vida solitaria más allá de su intervención quirúrgica. Unas pequeñas y fugaces amistades en su corto lapso de reposo hospitalario. 

Ella es Eun-hee, tiene solo 14 años y siempre aguarda, siempre está en espera. Con ella están otra vez las violentas peleas familiares. Los conflictos de amor paternales. Los golpes lacerantes del hermano mayor. Los espejos que reflejan todo el dolor y los reflejos que hablan esperando una significación. Los primeros paseos amorosos, agarrada de la mano, sosteniendo lo prohibido. Los primeros besos tímidos y los que se entrecruzan lenguas. Los abrazos interminables y correspondidos. Los bailes que arman encuentros y los karaokes como espacio sacrílego. Los llantos catárticos que suspiran por ser consolados. Las flores que anuncian el cariño menos esperado, pero no por ello menos sincero y encantado. Las cartas románticas y las grabaciones en cassettes como sello definitivo de amor. Las canciones escuchadas y cantadas en solitario. Los despojos perdidos de toda batalla en el hogar. Los hurtos inocentes impulsados por la más honesta picardía. Las escaleras que en su verticalidad arman de significación los besos, los abrazos, las peleas, las rupturas, los llantos, las reflexiones, los desencuentros, las esperas, los desamores. Escaleras que iluminan un mundo horizontal, como todo relato cuya existencia arrabalera debe ser interrumpido para alcanzar lo puro y sagrado y volverse ícono, símbolo. 

Ella es Eun-hee, un fantasma preadolescente que se mueve cuasi omnipresente en una Seúl noventosa. Una Seúl cargada de seres cuya vida es espejo de la niña, de otros niños, de todos los niños. Una ciudad que, en su función de laberinto, libera el espacio para confrontar las batallas del coming of age, transformadas en perennes cicatrices emocionales. Ella es ese colibrí que deambula de acá para allá, despreocupado algunas veces y otras no, mientras la ciudad se expande y su hogar es atrapado por la incomunicación, el desamor, el odio, el temor y cientos de frustraciones. Con ella están las tragedias que destruyen, desintegran y visten de luto. Los muertos que siguen hablando y esperan jamás ser olvidados. Los espacios perdidos y abandonados. Los puentes que no pueden ser cruzados. Allí está Eun-hee, esperando ser contenida, respetada, escuchada y amada. 

(Corea del Sur, 2018)

Guion, dirección: Bora Kim. Elenco: Ji-Hu Park, Sae-byeok Kim, In-gi Yeong. Duración: 139 minutos.

 

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