NO IGNORES LA BELLEZA DE ESTE MUNDO EXTRAÑO
El amor que permanece se trata del cuarto largometraje del islandés Hlynur Pálmason, director de Godland, un film notable estrenado en 2022. En este nuevo trabajo, la historia está enfocada en una familia (des)compuesta por una madre, un padre, una adolescente, dos púberes mellizos y un perro llamado Panda. La película comienza con los padres recientemente separados y, a partir de ese quiebre -del cual nunca sabemos su origen temporal exacto-, toda la narración gira en torno al tránsito familiar que conlleva esta ruptura.
Ante este disparador, uno tendería a pensar en un drama contado de forma lacrimógena, con una fuerte presencia de gritos, peleas, ausencias y llantos. Lejos de eso, Pálmason cubre todo con un manto de ternura en forma de comedia dramática, cercano por momentos al tono que suele adoptar otro director nórdico como Aki Kaurismäki. La manera de retratar el desempleo y la precariedad en Hojas de otoño, el último (y precioso) largometraje de Kaurismäki, no dista mucho de la que encuentra el cineasta islandés para hablar de la separación en este film.
Teniendo en cuenta las características de la historia, surge la pregunta de cómo sostener dos horas de película con personajes que transitan una nueva fase de su vida, sin necesariamente entrar en conflicto con ello, sino atravesándolo, acostumbrándose a lo nuevo. El director parece encontrar una hipótesis en ciertos coqueteos con el fantástico: intromisiones extrañas, imposibles en la realidad, que sirven al relato para representar y exteriorizar el estado interno de los personajes. No en vano el film comienza con una casa vacía a la que se remueve el techo casi como por arte de magia. Esta escena, sin relación aparente con lo que viene después, toma forma de espejo una vez adentrados los espectadores en la narración. ¿Qué es una familia que se separa sino una casa vacía a la que le arrancan el techo?
Si la hija le reprocha al padre el haber sacrificado un gallo, y esto supone al padre un miedo de no ser ejemplo suficiente para su hija, una escena próxima, anclada en el terreno de lo onírico, muestra al mismo gallo que el padre sacrificó entrando por la puerta de su casa, ahora con un tamaño inconmensurable (comparable quizás al de un elefante o un dinosaurio) picoteándolo hasta la muerte. La inseguridad del personaje toma forma de delirio febril, y este recurso, este extender hacia lo imposible un estado interno, se repite de muchas maneras en la película, y siempre con el tono justo, oscilante entre la gracia y la identificación cariñosa.
Resulta menester hacer una aclaración que, con suerte, termine de redondear esta idea de la relación entre la ruptura de la pareja y las derivas fantasiosas; repetidas veces el padre comparte comidas con su ex-pareja y con sus hijos, y se da a entender que ese amor que permanece tiene que ver con los padres y cómo, por más que no puedan estar juntos, no hay un rechazo tajante entre ellos. Incluso estando separados, estos personajes siguen siendo muy cercanos, tanto es así que hasta se debaten en un momento la posibilidad de volver a tener sexo. Este límite difuminado entre ser o no pareja, que se inscribe en el camino de los vaivenes naturales de una ruptura cariñosa, termina por tomar un eco en ese terreno -también difuminado- entre lo real y lo fantástico que la película propone.
El amor que permanece es una demostración fehaciente de que se puede contar una historia inherentemente dolorosa sin caer en el terreno de la solemnidad. Por el contrario, Hlynur Pálmason parece manejar una correlación asombrosa: cuanto más se acerca al extremo del absurdo, más brillo saca a su relato y a sus personajes.
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(Islandia, Dinamarca, Suecia, Francia, 2025)
Guion, dirección: Hlynur Pálmason. Elenco: Saga Garðarsdóttir, Sverrir Gudnason, Ída Mekkín Hlynsdóttir. Producción: Anton Máni Svansson, Katrin Pors. Duración: 109 minutos.









