A Sala Llena

Aballay, según Emiliano Román

Violencia a la Criolla

Asistir a una sala de cine donde se proyecte un western gauchesco es todo un acontecimiento para estas épocas. Si hay un mérito de Fernando Spiner es rescatar un género olvidado por estas latitudes y arriesgarse a filmar otra cosa que no sean los clásicos relatos costumbristas, a los que tan frecuentemente nos tiene acostumbrado nuestro cine nacional.

Basada en la novela original de Antonio Di Benedetto, Aballay, El Hombre sin Miedo es una historia de venganzas, culpas, redenciones, amores heroicos y, sobre todo, una historia de violencia, donde, por momentos, parece que estos gauchos son sacados de una película de Takeshi Kitano o Chan-Woo Park. No tienen el menor escrúpulo en hacer sufrir a sus víctimas las peores dolencias físicas.

Un joven necesita vengar la muerte de su padre; un asesino necesita redimirse aislándose del mundo en la cima de una montaña. La falta de legalidad y territorialidad que imperaba en esa época (interior de la Argentina, a principios del siglo pasado) daba lugar a dejar impune los más aberrantes crímenes, en mano de mafiosos y perversos.

El mayor mérito del film es la estética y la dirección de arte. La dirección de fotografía, a cargo de Claudio Beiza, es magistral, logra retratar, a través de imponentes planos panorámicos, los míticos y bellísimos paisajes de los Valles Calchaquíes en la Provincia de Tucumán, donde se deja ver en más de una ocasión la encantadora lunita tucumana. La música es otro de los golazos del film; de manera diegética, suenan varios ritmos folklóricos, hasta se escuchan singulares versiones de La Marcha de San Lorenzo. Pero lo notable es el talento de Gustavo Pomeranec, quien hace que acompañen el relato sinfonías en las que se mezclan varios tipos de estilos, aportando notable intensidad a la trama.

De todos modos, a pesar de esta calidad visual, se utilizaron recursos cinematográficos más que usados en este tipo de género. Exceso de ralentí, muchos planos fijos que resaltan la naturaleza y el paso del tiempo y, en varias ocasiones, escenas donde la voz se adelanta a la acción. Si no fuera que se trata de un western criollo, con lo novedoso que eso es hoy en día, ya lo habían hecho hace tiempo Lucas Demare y Leonardo Favio, podría decirse que estamos frente a un film bastante cliché.

Narrativamente, contiene todos los elementos que requiere un western: alguien necesita vengarse por manos propias, en el medio se enamora de quien ya tendría dueño y las cosas se complican a la hora de encontrar el objeto de venganza y ejecutar el plan deseado. La narración comienza con un alto nivel, luego entra en una meseta -donde, si bien pasan cosas, estas no terminan de atrapar y algunas son previsibles- y repunta bastante en los minutos finales.

Sobresalen los trabajos interpretativos de Pablo Cedrón (Aballay) y, en especial, el de Claudio Rissi como un villanísimo “El Muerto”, que encarna a ese personaje absolutamente perverso y desagradable que se gana el odio de todos los espectadores. Nazareno Casero no está del todo convincente en su papel del joven vengador y Mariana Anghileri cumple, aunque no brilla, en su rol de esa chica tan deseada como inocente.

Spiner utiliza como excusa este arriesgado género no solo para ofrecernos hermosas imágenes sino también para poner sobre el tapete el rasgo universal y atemporal que posee la violencia humana, y cómo se le da rienda suelta cuando no hay una cultura que intervenga y regule las relaciones y acciones entre los hombres.

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