A Sala Llena

Aburrime que me gusta…

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Somos la generación que se ha educado en el entretenimiento. Somos los pibes que crecieron frente al televisor y completaron su educación sentados delante de un monitor de computadora.  ¿Qué diferencia hay entre nosotros y la gente que se agolpaba en los teatros con piso de tierra para ver obras en la era isabelina, o con algunas de las tribus nativas de América, que se sentaban alrededor del fuego a escuchar historias? Ya hemos hablado en esta columna, de nuestros ancestros y su necesidad de ser entretenidos, de sus costumbres y aficiones por la narración y la dramatización. Pero ahora, con la abundancia de recursos al alcance de la mano y la cantidad de opciones desplegadas para nosotros los siete días de la semana, las veinticuatro horas del día, la pregunta cambia de manera inquietante y el interrogante se vuelve inevitable: ¿Hay algún momento del día en que no estemos siendo entretenidos? ¿Tenemos todavía la capacidad de discernir a golpe de vista, qué nos entretiene y qué nos construye de manera real y profunda como seres humanos? ¿Será esa nuestra desventaja frente a nuestros ancestros?

¿Cuántos instantes reales pasamos con nosotros mismos, en nuestra compañía solamente, sin distracciones, sin sedaciones, sin “placebos”? Y ojo, que no estoy hablando de cuando nos vamos a la cama, o cuando practicamos yôga, o estamos en la iglesia. No hablo de cuando decimos oraciones por los que amamos, o brindamos en el Año Nuevo con resoluciones de cambio, ni cuando los padres miran a los hijos mientras hacen esas boludeces que parecen iluminarlos tanto. Hablo de un tiempo de silencio, de soledad, de total y absoluta “nada”.  Algunos instantes en donde podamos estar sin hacer algo, aburriéndonos inclusive. Porque parece que el aburrimiento es algo que ya no podemos soportar, es algo que se ha convertido en sinónimo de miedo para nosotros, de ansiedad, de angustia. Algo que nos está vedado.

Prohibido aburrirse,  prohibido dejar que la mente esté en total y absoluto estado de vagabundeo angustioso, prohibido no echar mano a las miles de opciones con las que contamos para matar el tiempo.

Aún cuando pasamos fines de semana enteros haciendo huevo, o nos rateamos al trabajo, o llegamos a casa y solo nos echamos en el sofá a rascarnos el higo, seguimos siempre siendo criaturas de entretenimiento. La gente enciende su televisor (los que dicen que no, mienten) o abre un libro, o escucha la radio, o se dedica a algún hobby en particular que ayude a relajar la mente.  El arte del bonsái, la cocina, el boxeo, twitter, el collage… Algunos duermen, otros hacen tareas de la casa o remodelan objetos. Nadie puede pasar un solo minuto de su vida aburrido porque, de alguna manera, la sensación de pérdida de tiempo se nos ha vuelto intolerable y la culpa arremete contra nosotros de manera brutal. “Tengo que aprovechar mi tiempo, porque no debo desperdiciar mi vida”, “Tengo que aprovechar mi tiempo por aquellos que ya no lo tienen”, “Tengo que aprovechar mi tiempo porque la vida es corta”, “Tengo que, tengo que, tengo que…” Estamos tan alertas que, rara vez podemos dejar de tener la mente ocupada, porque una mente ocupada es una mente en control, es una mente que no hace demandas, por lo menos no de las maneras clásicas.

Pero qué pasa cuando la variedad de entretenimiento es tan vasta que ya no hay ni un solo espacio para la reflexión, qué sucede con nuestra capacidad de selección, con nuestro filtro de calidades, con nuestra necesidad de crecer y desarrollarnos  al mismo tiempo que relajamos nuestra mente, avivamos nuestra imaginación y descansamos nuestros temores. ¿Cómo saber si ya estamos más allá de estar aburridos?

Cuando era chica solo me aburría en la escuela. Fuera del ámbito escolar, casi nunca estaba aburrida, pero un día, vaya a saber por qué, le dije a mi padre que no sabía qué hacer y estaba chupando un clavo en mi casa. Él me contestó que solo las personas mal educadas se aburren. Me dijo que siempre hay un libro al cual recurrir y que lo hiciera, que no fuera grosera. Por más que ahora creo que todo aquello de que solo las personas mal educadas se aburren es una paparruchada que se le ocurrió en el momento, que me ayudó a desarrollar mi apetito por la lectura y le estoy inmensamente agradecida, sigo pensando que en aquel entonces, él debió dejar que me aburriera. Creo que debió dejar que me convirtiera en hongo del embole y aprendiera a lidiar con eso.  Hoy, mi tolerancia al aburrimiento es tan baja, que casi no soporto la ansiedad que me provoca y enmascaro demasiados momentos de hastío leyendo, o mirando televisión, o twitteando o navegando en la red, o (solo cuando las papas queman) jugando a la play.  No puedo evitar preguntarme si, en algún lugar del camino, no perdí casi por completo mi capacidad de selección. Veo tantas series y tantas películas de toda clase y color por semana que creo que me he hecho invulnerable al bodrio. ¿Es eso bueno? ¿Me ayuda como persona creativa? ¿Redunda en algo positivo para mi trabajo, o es solo una forma de condescendencia que me desvía de hacer una labor  más profunda y de mayor calidad? Tener acceso a tanto, tan rápidamente, nos ha quitado tal vez esa maravillosa sensación de anticipación que nos hacía valorar una pieza desde muchos más ángulos todavía. Esperar para ver algo, pera experimentar algo, nos hacía percibirlo de manera diferente. Hoy no queremos esperar por nada y, cuando no queda más que hacerlo, la ansiedad nos devora y nos enferma.

Tal vez sea el cine, otra vez, un buen vehículo de respuesta y un gran refugio posible, aunque sea de manera transitoria. Si por estos días se topan con una película que los aburre, no se levanten, quédense a mirarla hasta el final y soporten la sensación de angustia que eso provoca. Tal vez, encuentren en ese lugar, algo nuevo sobre ustedes, algo que asuma una forma sorpresiva, algo que haga que se reacomoden en las butacas y miren las cosas con otro cristal.  La experiencia cinematográfica, con sus tiempos y sus esperas, con sus banalidades y sus dogmas, puede reconstruirnos la cabeza en pocos segundos, tiene esa facultad. Aventaja a muchas otras formas de expresión audiovisual, exactamente por eso y, en estos tiempos en donde el control remoto es casi el tótem sagrado de la casa y la conexión a internet se ha vuelto poco menos valiosa que el tanque de oxígeno de la abuela, tomémonos un tiempo para aburrirnos, para ver una película que requiera de nosotros mucha paciencia y mucho esfuerzo. Una de esas que tenga planos interminables, puertas que no vayan a ningún lado, paisajes remotos, seguidillas infinitas de tesoros arquitectónicos… Una de esas que nos haga sentir poco inteligentes y mundanos, una con la que quedemos culo para arriba, pensando en lo bueno que sería poder hacer un cohete que nos mande al espacio, porque quién sabe, terminemos construyéndolo y transformándonos. Creo que una experiencia de ese valor, puede servirnos de mucho y puede inclusive, tender un nuevo puente hacia nosotros mismos. Porque los que están tendidos ahora muchachos, no nos están llevando tan lejos como pensábamos en la infancia.

Dicho esto, voy a ver qué engancho en la tele…

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