A Sala Llena

Aluminio

Dirección: Rodolfo Weisskirch. Dramaturgia: Gabriel Fernandez Chapo. Asistencia de dirección: Soledad Grandoso. Dirección de arte: Cecilia Zuvialde. Iluminación: Mariano Arrigoni. Sonido: Jonathan Sasson. Actúan: Cristian Aguirre, Luciano Etchart, Leonardo Izraelevitch, Javier Picciano.

Se dobla pero no se quiebra

¿Cuánto más amor se le puede poner a algo? Toda música lleva en sus acordes ideología pura. Es así. En el transcurso de la historia los géneros musicales han surgido como necesidad de expresión, de rebeldía, de alzar proclamas que rítmicamente tienen más poder que la simple palabra.

El metal no es excepción. Es ideología y es actitud. Es sudor, descontrol, un caos hermético en contra del sistema, que se planta frente a la industria y le escupe en la cara. Ahora, para soportar quedar fuera de una maquinaria, hay que tener aguante. Y soportar los embates de un público reducido y de horas de ensayo sin resultados monetarios. Todo eso y más, se respira en el Espacio No Avestruz todos los sábados a la medianoche. Cuatro amigos y una banda que lleva diez años en la escena off se distorsionan como los sonidos del metal cuando el público de su último show se puede contar con los dedos de la mano.

Rodolfo Weisskirch realiza, en su primera obra como director, una tarea brillante orquestando a cuatro grandes actores, que manejan concretamente los estados de ánimo y los climas, de una banda que tambalea en sus propios cimientos. La progresión narrativa es concreta y los personajes -todos muy bien delineados- construyen y deconstruyen su postura como músicos, como amigos y como personas.

Uno de los fuertes de Aluminio es también una de sus falencias. La capacidad de improvisación de los actores, en escenas en las que la verborragia y los juegos corporales son imprescindibles, logran una fluidez narrativa atractiva pero a su vez, prolonga las atmósferas un poco más de lo necesario; redunda en su fuerte, y lo debilita.

Mención aparte merece la iluminación y la correcta​ puesta en escena, que logra un anarquía unificada, y una sensación de desbande desde la utilería y el desbarajuste del escenario.  Lo concreto se disemina, y se diluye, entre latas de cervezas y polvo mágico.

El gran logro de esta obra, escrita por Gabriel Fernandez Chapo, es la síntesis de varias aristas de sentido, anatomizando el momento de duda, individual y grupal, de un puñado de muchachos que quieren vivir de la música, y no transar; porque transar es ir en contra de su propia esencia. Pasión, arte, desconcierto y desesperación se entremezclan en esta comedia dramática sugerente, que desnuda ese pequeño infierno que cualquier artista transita. Y todo en clave metalera, incorporando también una sátira de mundos masculinos y fuertes, que se desarman a la luz de la sensibilidad y los miedos.

Rodolfo Weisskirch pone sobre la mesa su habilidad de director, y la apuesta es fuerte. Maneja inteligentemente los planos significativos de una obra simplemente compleja, proponiendo una mirada intimista sobre personajes que solo quieren hacer metal. Hermosa propuesta para un sábado a la noche. ¡Y a tocar!

Teatro: No Avestruz Espacio de Cultura – Humboldt 1857

Funciones: Última función – Sábado 31 – 23.55 hs

Entradas: $120

calificacion_5

Por Agustina Salvador

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