A Sala Llena

Amor Sin Escalas, según Rodolfo Weisskirch

¿Nunca les molestó, acaso, sentirse identificados, con una película que deberían odiar?

¿Por qué el cine estadounidense nos hace pasar insomnio y pelearnos con nosotros mismos con películas que van en contra de nuestra moral y ética personal? Y que no nos debería gustar pero sin embargo nos gustan, les terminamos tomando cariño, les damos la razón… Nos sentimos reflejados en personajes comunes, que al principio parecen ser tan ajenos a nosotros, tan distantes y fríos… Y los crean a propósito de esta manera, porque ellos deben aprender una lección, y porque “nosotros”, espectadores debemos aprender la lección.

La filosofía caprista (del gran Frank Capra) sigue viva en los corazones estadounidenses. Esa maldita manía que tienen de reflejar una realidad social, de crear una crítica a la sociedad globalizadora, pero a la vez de resaltar valores familiares. Esa técnica de escritura, que los hace ganar premios en todo el mundo; una fórmula, una tradición moralizante que se regenera con el paso de las décadas, y que a pesar de nuestras insurrecciones, nos toca alguna fibra personal, algo íntimo que nos dice interiormente “maldita sea, tienen razón, pero ¿por qué? No deberían tenerla…”

¿Y saben que es lo peor de todo? Que las hacen bien… Que van más allá del manual del buen director, para entrar en el manual del “buen autor”, que es lo que gusta más a los “críticos” y de última, al público también.

Este tipo de películas se llama “soul food: comida para el alma”. Contienen el típico cuentito con moraleja y final ambiguo, donde el protagonista aprende la lección, aunque para eso tiene que hacer un sacrificio especial. Y a pesar de todo, el espectador se va con el estómago lleno; porque la comida para el alma, no es abundante, no llena, pero contiene ese ingrediente secreto que toca “algo personal”. Como el ingrediente secreto de Ratatouille.

Este tipo de cine clásico tiene “eso”. Llámenle “mensaje”, “discurso” o “cassette”.

Difícil es toparse con una película estadounidense que tenga el “mensaje” opuesto, o sea: la vida es una mierda, el amor no existe, la fe no tiene sentido, la familia no es un soporte, la compañía no es necesaria para vivir. Bueno, esa película, por suerte existe y se llama Un Hombre Serio, y la dirigen los visionarios hermanos Coen.

Pero ya hablaremos de ella cuando se estrene. Centrémonos en Amor sin Escalas.

Jason Reitman se podría empezar a comparar con un Frank Capra contemporáneo. Nada enloquece a un estadounidense más que encontrar a un Capra contemporáneo, que use métodos modernos de armar visualmente una película, y tenga la rebeldía (mal comprendida) de un joven Mike Nicholls.

Las comparaciones no son exageradas. Jason Reitman es un gran director. Ya en Gracias por Fumar nos había presentado a un personaje singular: un hombre que debe hablar a favor del cigarrillo en una era antitabaquista. Simpático, seductor, comprador. No lleva la vida perfecta pero nos cae bien. El personaje aprende una lección: la vida no es un discurso, y hay otras vidas en juego además de la de uno. El capitalismo y el materialismo no nos deberían importar, si tenemos junto a nosotros, a las personas que queremos.

Sí, en 70 años, el mensaje de Capra (Caballero sin Espada, El Secreto de Vivir, Que Bello es Vivir) se ha mantenido inalterable.

En Juno, su segunda película, una adolescente no se ata a las convenciones sociales, y descubre que la felicidad no se encuentra en tener un hijo, sino estar con el hombre que ama.

Cuanta cursilería. ¿Pero acaso no es políticamente incorrecta y encantadora a la vez?

Y por último, Amor sin Escalas. Al igual que el protagonista de Gracias… que se beneficiaba si la gente fumaba, Ryan mejora en su trabajo a medida que despide más personas, lo que le permite ganar más millas aéreas, para convertirse en un récord de cliente fiel, no a la empresa a la que trabaja, sino a American Airlines. Ryan ama su profesión, más por el hecho de viajar, estar en el aire, recibir todos los lujos y servicios de hoteles, catering, autos alquilados que por el hecho de despedir. Se necesita tacto personalizado, labia para ello y él la tiene. Pero es no tener un hogar, no estar en contacto con su familia, esquivar responsabilidades sociales, y solo a veces, tener un relación sexual ocasional, lo que le proporciona placer. Además de ser una inminencia que da charlas a favor de la soledad, en beneficio de los negocios. También conoce a Alex, otra viajante de negocios constante, con la cual mantendrá encuentros ocasionales, que derivaran en una relación más seria y comprometida, acaso influida por el inminente casamiento de su hermana Julie con Jim (y siguen robándole a Truffaut).

Todas las subtramas confluyen en un relato ágil y fluido. Divertido, romántico, reflexivo. Reitman supo encontrar en apenas tres films, un tono propio que no se aparta de las raíces del cine estadounidense. El guión tiene sutilezas, maravillas. Ninguna palabra ni escena parece estar de más, a pesar de caer en secuencias de resolución previsible y cuya cursilería termina chocando hasta al más romántico.

La construcción de los personajes es meticulosa, y la dirección de actores es fundamental para crear la verosimilitud en cada aspecto narrativo. Ryan es interpretado con gran solvencia por George Clooney, sin demasiadas pretensiones, y así mismo es notable el trabajo natural de Vera Farmiga, de cuyo personaje sabemos poco justificadamente, y especialmente de la novel Anna Kendrick (vista especialmente en la saga de Crepúsculo en un rol secundario). La jovial actriz es un descubrimiento a la altura (o mejor quizás) que Ellen Page en Juno. El resto del elenco es soberbio, aun cuando se trate de mínimas interpretaciones.

Reitman supo encontrar el “timing” para los momentos humorísticos, para los dramáticos, románticos sin dejar de lado una cuidada puesta en escena (vestuario, fotografía y especialmente un montaje brillante), excelentes elecciones musicales, y tampoco (como hacía tan bien Capra) dejar de criticar a las empresas frías y globalizantes, a las que solo le importan los números y no las personas. La vida es más que números sería el mensaje. Y Jason Bateman cumple otra excelente interpretación del lado corporativo. Además de crear una sátira acerca de la seguridad y los protocolos contemporáneos en los aeropuertos (atentos los que tengan que viajar).

Se pueden encontrar similitudes, como ya dije, en el protagonista de Gracias… pero también hay puntos de contacto con La Terminal (el aeropuerto como símbolo de la vida) y Michael Clayton, ya que Clooney, de alguna forma, trata de humanizar y caer más simpático el personaje que interpretó en la película de Tony Gilroy (afinar el oído, Vera Farmiga dice una frase similar a la que decía Clooney en la película).

Igualmente, opino, que ciertas reiteraciones, y similitudes de Amor sin Escalas con algunas películas “indies” de los últimos tiempos, provocan una sensación de deja vú contraproducente, y en ese sentido, Juno está a mayor altura, que la última de Reitman.

Pero el dilema moral o debate de Amor sin Escalas, está en la estructura y la moralina en sí misma. ¿Cuánto tiempo más nos comeremos el cuento del sueño americano?

Estará en el paladar de cada espectador seguir comiendo “soul food” o preferir un plato más abundante, pesado pero novedoso, como es Un Hombre Serio.

Personalmente, me quedo con el pesimismo de los Coen .

 

 

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