A Sala Llena

Amour, según Emiliano Román

Douleur.

Amour es dolor; quizá sea eso lo que irrite tanto acerca del último largometraje de Haneke, ya que el austríaco se encarga de presentarnos una situación extrema y absolutamente dolorosa, de la cual ninguno de nosotros está exento, y lo hace desde una modalidad realista, sin ningún tipo de edulcorante; al contrario, nos encierra, nos deja sin salida y no nos queda otra que sucumbir ante el derrumbe de la decadencia de la vida.

Hay muchísimos aspectos para analizar en este filme; de hecho, me tomó varias horas poder elaborarlos, luego de la sensación abrumadora a la salida del cine. Primeramente, hay que destacar el tremendo realismo que cuenta la historia, y eso es lo que la hace tan singular, a diferencia de las otras nominadas al Oscar. Amour nos enfrenta con identificaciones, miedos, temores, recuerdos que nos generan angustia. ¿Será por eso que muchos tildan a Haneke de perverso? Acá no estamos en la época de la esclavitud, ni vamos a hacer una revolución cantando, tampoco nos obsesionamos con cazar a Bin Laden, no somos salvajes que vivimos en estado primitivo por propia elección, ni estamos encerrados en una embajada con riesgo de muerte, mucho menos caemos en un naufragio en un bote con un tigre, y ni hablar de compensar un trastorno bipolar gracias a un concurso de baile. Acá hay realidad pura, en estado crudo. Esta verosimilitud no la hace ni mejor ni peor que otras películas que apelan a otros recursos más simbólicos. La calidad de un film se evalúa por las distintas manifestaciones cinematográficas, más allá de cuán realista sea o no. Pero sí, este aspecto es lo que causa tantos sentimientos contrarios, desde rechazo y malestar hasta fascinación y morbo.

Haneke no es tonto, sabe de qué trata la problemática que aborda y, en esta oportunidad, pinta cual radiografía lo que pasa muchas veces cuando un miembro de una pareja de viejos  (y sí, digo viejos porque hay que sacarle la connotación peyorativa a esa palabra, que deriva de la etapa de la vida llamada vejez) sufre el deterioro tan violento producto de la edad. Es muy frecuente que uno se ponga en el hombro al otro y se repliegue aún más en una relación simbiótica. La atención y el cuidado de la “mochila” pasa a ser el centro de la existencia, y la sexualidad se vive con el cuerpo del otro y a través de la asistencia: ya no hay erotismo, besos y muy pocas caricias. Sobre todo si se trata de personas con importantes rasgos melancólicos como el personaje de Georges, que vive de su pasado y de sus anécdotas juveniles.

Amour es amor, en su máxima expresión. Alejado de toda concepción romántica del amor, el film nos muestra lo que ocurre cuando el partenaire pasa a ser una carga, ya no es lo que era y se transforma en algo totalmente ajeno a aquello que nos enamoró. Sin embargo, se toman decisiones dolorosas pero desde el amor; claro que el riesgo de ello es el derrumbe emocional del “sano” y el probable enloquecimiento. Todo esto es relatado con planos largos, encuadres estáticos, ausencia total de música extra diegética  hasta en los títulos, cortes abruptos, escenario teatral; casi todo el film transcurre dentro de un departamento con aspecto de museo, donde ni siquiera hay un televisor que haga un poco de ruido. Más allá de lo real del guión, esta modalidad hace difícil sostener la cinta, nos genera claustrofobia, nos asfixia; solo tenemos una pequeña ventana que nos comunica con el afuera y es por ahí por donde entran las palomas.

Amour es crítica. Cuestiona ciertos modos de vida de la clase media alta europea, que vive de las apariencias materialistas y se refugia en la cultura. Por un lado, tenemos el personaje de la siempre hermosa Isabell Huppert, como esa hija fría, encerrada en sus propios intereses pero que quiebra cuando la madre la enfrenta con el deterioro más degradante. Pero los padres tampoco parecen muy afectuosos. Se los muestra como abuelos casi ausentes, que se interesan poco y nada por la vida de sus nietos.

Amour es interpretación, protagonizada por una pareja de actores octogenarios: Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant están sublimes. Se apoderan de la cámara con absoluta soltura, encarnan a estos dos viejos con tanto realismo y naturalidad que es un placer verlos, a estas alturas, brillar en la pantalla grande. No se entiende cómo Riva se ha llevado tantos laureles y Trintignant es prácticamente ignorado a la hora de las premiaciones. Huppert no aparece mucho pero siempre cumple y, a pesar de hacer un personaje algo repudiable, es inevitable que con cada primer plano la cámara se enamore de ella.

Amour es ambivalente. A pesar de ser bastante lineal, hay dos momentos muy marcados en el largometraje. En la primera mitad se muestra cómo se relaciona esta pareja, a pesar de los años que llevan juntos, los encuentros y desencuentros, cómo cada uno afronta la enfermedad de ella; hay una profunda y exquisita descripción de la personalidad y mundo interno de cada uno de los protagonistas. En la segunda mitad, el derrumbe es inevitable, no solo de la historia sino también de los recursos narrativos. Somos partícipes de la patología deteriorante irreversible, hay exceso de enfermedad, el recurso del encierro ya huele a golpe bajo, y la narración se estanca en un mero intento de mostrar cada vez más la degradación, que logra aburrir por cansancio y llega un momento en que uno quiere salir eyectado de ese departamento para ir al aire libre y ver gente “normal” caminando por la calle. La escena, casi final, de la paloma, es innecesaria; no hacía falta regodearse más en el dolor.

Eso no quita que algunos queden fascinados con esta obra tan dura como real, que aborda y se mete con algunas cuestiones complicadas de la salud física y mental, muchas veces escondidas debajo de la alfombra. Por eso, aunque peque de algunos excesos crueles y por momentos aburra bastante, no deja de ser un film valiente, a pesar de que a muchos les moleste ver ciertas verdades brutales en la pantalla.

calificacion_4

Por Emiliano Román

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