A Sala Llena

Apuntes sobre Ready Player One

Por el poder de Spielberg

Steven Spielberg construye una película monumental que resulta una declaración profunda y conmovedora de amor por el cine. Esta (muy) personal adaptación del libro de Ernest Cline permite al gran director exponer a flor de piel todo un manifiesto que relaciona simultáneamente su obra, sus concepciones estéticas, su visión del mundo y sus contradicciones. Incluso, lo habilita a recrear su propia despedida y legado.

Nivel I. Virtual Insanity

Wade (Tye Sheridan) vive en un basurero real. Un barrio superpoblado de marginales y pobres cuya única puerta de ascenso social está dada por una matriz de realidad virtual conocida como Oasis. La euforia sobre este dispositivo simbólico está dada por su carácter compensatorio: en la vida virtual se puede ser rey de algún planeta perdido, volar por las galaxias, cambiar de sexo; esto es, cruzar los límites de la imaginación. Como en los cuentos de hadas, cada uno puede hallar la concreción de sus anhelos más profundos, aquellos que en la vida real le están vedados. Este entusiasmo por las posibilidades que inaugura Oasis recuerda la celebración que acompaña la aparición de Internet -creada originalmente con fines militares-y resulta análoga a la excitación de Marinetti y el Futurismo por la incorporación del automóvil a la vida moderna. Oasis brinda una fantasía aparentemente construida sobre la igualdad (nos detendremos en esta apariencia más tarde) y el libre acceso a todos los usuarios. Sin embargo, hay otro punto significativo: mediante la victoria en los juegos se obtiene una especie de moneda virtual. Dicha moneda, que circula en Oasis y sirve para mejorar hardware o dispositivos varios, cotiza en el mundo real. Al inicio de la película se ve claramente cómo un personaje pierde una gran suma de dinero real – destinada a la compra de una casa- por una mala performance en Oasis. La película muestra hasta qué punto esta interfaz es frecuentada mayoritariamente por la burguesía y las clases populares como una promesa. Los ricos hacen sus sueños realidad EN la realidad.

El caso es que todo comienza a tambalearse cuando Halladay (Mark Rylance), creador de este mundo, anuncia de manera post mortem que escondió un easter egg en algún lugar de Oasis. Quien posea las tres llaves se hará literalmente acreedor de ese mundo megamillonario y todo lo que eso conlleva.

Wade, Perzifal en el mundo virtual, será aquel que logre resolver el primer acertijo y volverse popular. Allí nos presentará en primera persona a Aech (Lena Waithe), Daito (Win Morisaki), Sho (Philip Zhao) y posteriormente a Art3mis (Olivia Cooke). También podremos confirmar la relación imaginaria -y romántica- que establecen los sujetos con sus condiciones reales de existencia: hay dinero real como recompensa pero eso no impide disfrutar la aventura.

Del otro lado tenemos a Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), magnate de IOI, quien representa esa fuerza mercantilizante que busca imponerse a toda costa: Oasis sirve para hacer dinero, nada más. Ganar las tres llaves le permitiría optimizar el sistema y hacerse con mayores ganancias.

Se despliega entonces un clásico enfrentamiento entre el pequeño y el gigante a un ritmo vertiginoso de híper-realidad. Spielberg es un monstruo a lo Miller o Scorsese, y la emoción que despierta la historia permite demostrar su maestría para filmar la aventura.

El reto está dado por una carrera que nadie pudo aún completar, cuyo último obstáculo es el inconmensurable rey Kong. Los personajes, si bien no tienen una profundidad compleja en su caracterización, resultan aprehensibles en cuanto a su ser icónico. Art3mis usa la moto de Kaneda, Parzifal el Delorean*, Aech maneja una monster truck a lo Duke Nukem… No es necesario seguir describiendo, pues las personalidades de los protagonistas quedan al descubierto económicamente mediante esta suerte de rizoma sígnico.

Finalmente, secundado por sus amigos, Perzifal logra dar con la resolución del acertijo que llevaba años sin resolverse al cambiar las reglas del juego: “¿Por qué debemos ir hacia adelante?”, se pregunta a sí mismo, y acelera en reversa haciendo la carrera en sentido contrario. Así consigue la segunda llave.

Nivel II. Autopista intertextual

Muchos críticos se han detenido en la proliferación de referencias a la llamada cultura pop que ostenta el film. Y es cierto que un adulto disfrutará al interpretar esos guiños como si fuera un juego. La película los siembra por doquier y en pocos segundos adivinamos una referencialidad circular. Sin embargo, lo interesante del procedimiento hermenéutico no radica en el acto de la rememoración nostálgica per se sino justamente en lo opuesto: un gesto crítico respecto del cine. Spielberg se reconoce y se inscribe en la tradición pop de la cultura, ejerciendo una voz que legitima esa acumulación caótica de series, películas, revistas y videojuegos. De alguna manera, tiene el poder de summonear con un gesto toda una trayectoria estética. Pensemos, por ejemplo, en la escena de los Gundam: se presentan gags, brillos excesivos, ataques innecesariamente largos, un corte al medio estilo samurai, una superfuerza que durará un tiempo escaso y hasta un mecha Godzilla. En un relámpago, Spielberg repasa de forma eficiente todos los tropos del animé y la cultura japonesa. Es un gesto ostentoso porque allí donde él triunfa, otros directores americanos han fracasado (¿ya vieron Pacific Rim 2?).

Desde un paisaje mediático sumergido en la oleada de series y películas reversionadas hasta el hartazgo, es atendible marcar una diferencia. Allí donde otros confeccionan regios pastiches, Spielberg construye una (auto) parodia. La cartografía de referencias infinitas no tiene sentido si no se le da un tratamiento artístico. Hay que comprometerse con la tarea artística de filmar y no violentarla. La imagen es la mercancía de nuestro presente y el pseudoesteticismo contemporáneo sobre ella conforma, ante todo, una maniobra ideológica y no un recurso puramente creativo.

Desde este marco, resulta posible pensar que la revolución que se desata hacia el final en el planeta Doom permite reconducir ciertas cuestiones en virtud a lo expuesto. El planeta Doom está pensado como arena, por lo que todo lleva a pensar que es el lugar propicio para la aniquilación de los jugadores entre sí. No obstante, lejos de ello, los competidores -que pertenecen a las capas populares de la población- se solidarizan unos con otros y combaten al verdadero enemigo: Nolan Sorrento. Esta es una visión romántica y hasta cierto punto naif, pero se condice con la mirada social que el propio Spielberg tiene de la vida. No se trata de una ideal libertario (el sistema es malo y es justo abolirlo) sino que más bien dicho ideal explora una concepción emersoneana de la vida: hay que saber trascender, en lo individual subyace equilibradamente lo colectivo. La individualidad voraz del capitalismo salvaje que emerge como fuerza mercantilizadora debe ser detenida por el bien de todos.

Nivel III. A modo de legado. Rosebud.

Nolan Sorrento es el empresario despiadado que intenta mercantilizar Oasis. Es el hombre de negocios que no posee el registro del artista. Después de todo, se trata de un mundo de desencuentros. En ese sentido, resulta significativa la escena donde su acólito le explica que para activar el orbe -un artefacto nivel 99 que desplegaría un escudo impenetrable – no tiene que presionar ningún botón sino que debe recitar un conjuro. La reacción de Sorrento es ilustrativa, mirando con desdén al acólito y pidiéndole que invoque el hechizo. Para el magnate la situación es de plano absurda ya que no comprende la mística del juego. Esta falta absoluta de alma es lo que se discute en el film más o menos explícitamente, aludiendo a las películas que se apropian de la nostalgia mediante fórmulas carentes de corazón.

En oposición a esto, tenemos a Perzifal, quien en la pelea final le espeta a Nolan: “Este es mi mundo”, lanzándole un potente hadoken que lo deja fuera de juego. El sentido de todo este periplo estriba en la posibilidad de hallar un heredero. Se da una inversión: es el creador del juego quien busca el easter egg entre los jugadores, aquel que entienda el juego y esté dotado de cierto sentido altruista. Ni más ni menos, alguien que no cometa los mismos errores. El curador del museo, su amigo Ogden (Simon Pegg), también contribuye en esta búsqueda, representada como una aventura.

Dicho de otro modo, ¿qué hacemos con el legado de Spielberg? ¿Seguimos usufructuando esos significantes pasados sin otro sentido más que el mercantil? ¿Dónde está el criterio estético? ¿Cuál es la continuación de estos grandes directores de aventuras?

Cada uno de los acertijos lleva más atrás en la vida de Halliday-Spielberg, hasta el punto de encontrarse consigo mismo de niño y cerrar la puerta, esta vez sin mirar atrás. Es la dramaturgia emocionante del Rosebud, lo evocable pero no repetible. La dolorosa pero liberadora aceptación de que solo a través del juego del otro es posible volver al patio de juegos.

* Resulta interesante señalar que el Delorean es una licencia que Spielberg se permite concienzudamente (como otras en la película). En el libro de Cline, Perzifal utiliza el “Supraimpulsor Oscilador” tomado, al igual que su traje para la cita, del film Buckaroo Banzai.

© Paola Menéndez, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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