A Sala Llena

Birdman, según Martín Chiavarino

Mimesis enajenada.

La sociedad del espectáculo pretende generar un negocio a partir del entretenimiento mientras que el arte aspira a transformar la vida, cambiar la percepción y crear una combinación de elementos que trastoque el entramado social. Contrapuesto al arte, el espectáculo es la repetición de lo mismo una y otra vez reciclado, es la reproducción de nuestra vacuidad sin ningún significado, con el solo fin de vivir en una inacción apática seudo hedonista esperando que nuestro tiempo se acabe y nada cambie.

Birdman (2014), la última película del guionista y director mexicano Alejandro González Iñárritu, marca un abandono absoluto de las características sociales solemnes de su reconocido estilo realista para dar lugar a una obra enajenada, intempestiva, fuera de control, imbuida de un atípico ritmo de fanfarria a través de una percusión corrosiva e incómoda que cuestiona el mundo del espectáculo y sus pretensiones artísticas a través de la puesta en escena de una obra de teatro basada en un cuento de Raymond Carver, What We Talk About When We Talk About Love.

Durante los ensayos y los pre estrenos de la adaptación de la obra de Carver, el actor, director y productor de la obra, Riggan Thomson (Michael Keaton), es acosado por dudas existenciales respecto de su calidad como actor, la importancia del arte como medio de comunicación social, la necesidad de trascendencia en un ámbito con tanta exposición y el significado de la mimesis como forma de expresión. Casi al borde de un ataque esquizofrénico y del realismo mágico, Riggan es atormentado por la sombra de uno de sus alter egos, Birdman, un personaje al que interpretó a principios de la década del noventa, que fue un éxito de taquilla en su época y la cima de su carrera. Como una alusión a la saga de Batman dirigida por Tim Burton y personificada por Keaton, el personaje de Birdman ataca las pretensiones estéticas de Riggan y lo estimula a retomar al superhéroe y las superproducciones cinematográficas, mientras el susodicho lucha en una batalla desigual por sostener sus convicciones y dejar una huella a pesar de las crisis de presupuesto y la conflictividad de los actores de la obra.

La ofensiva de Birdman contra la actual saturación de adaptaciones más o menos aceptables de comics de superhéroes es brillante y lúcida, enfatizando la relación entre el carácter de espectáculo de estas obras, las necesidades de expansión, el fetichismo de la industria cultural y la demanda y oferta de deseo insatisfecho por parte de la lamentable publicidad contemporánea, a través de los análisis intelectuales del filósofo y semiólogo estructuralista francés Roland Barthes y los perspicaces diálogos respecto de la presumida importancia de las efímeras y morbosas redes sociales.

El extraordinario guión de Iñárritu, Alexander Dinelaris y los argentinos Armando Bo y Nicolás Giacobone (autores de El Último Elvis, 2012) no solo crea una oposición dialéctica entre la ficción y la realidad y la necesidad de su unificación en la vida, como planteaban las vanguardias en sus obras y sus provocadores manifiestos a principios del Siglo XX, sino que agrega la puesta en jaque del rol de la crítica y la necesidad de aprobación del inestable teatro independiente, y la introducción de elementos fantásticos que funcionan como dispositivo cínico para ironizar y escarnecer las recientes películas de superhéroes y la industria cultural por su miopía estética.

Birdman adapta de esta manera las reglas del arte a su propuesta y propone un drama existencial elevado por la calidad de las interpretaciones de Michael Keaton, Edward Norton, Naomi Watts, Emma Stone, Andrea Riseborough, Amy Ryan y Lindsay Duncan, para devolvernos la esperanza de que la fantasía y la realidad se unan para despertarnos de esta somnolencia cinematográfica y reconstruir la posibilidad de seguir soñando despiertos con nuevas historias e imágenes.

calificacion_5

Por Martín Chiavarino

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