A Sala Llena

Crítica: Coco, por Eduardo Elechiguerra

(Estados Unidos, 2017)

Dirección: Lee Unkrich, Adrián Molina. Guión: Adrián Molina, Matthew Aldrich. Voces: Gael García Bernal, Anthony Gonzalez, Benjamin Bratt, Alfonso Arau, Edward James Olmos. Producción: Darla K. Anderson. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 105 minutos.

Ayer se estrenó en las salas argentinas Coco, la última película animada de Pixar, dirigida por Lee Unkrich y Adrián Molina. En ella, Miguel (Anthony González), llevado por su pasión hacia la música y censurado por su familia que la rechaza por malos recuerdos del pasado, entra sin querer al mundo de los muertos, donde va en busca de su tatarabuelo cantante. Como guiño para trazar la simbología de la película está el nombre de la mascota que lo sigue a todos lados: Dante. Un guiño para no tomarse demasiado en serio, que está ahí como también lo está Frida Kahlo.

Con mucho humor y colores, el filme fluye entre los vivos y los muertos para indagar en la travesía de Miguel. Lo acompaña Héctor (Gael García Bernal), alguien que está por ser olvidado del todo. La casualidad de que Héctor resulte siendo tan crucial se borronea un poco al advertir cuánto humor brinda a la historia, sin dejar de lado una dosis de soledad suficiente como para pensar que las películas de Pixar invitan a su público infantil a imaginar las experiencias difíciles de la vida. No sólo la muerte, sino también la soledad y el olvido (da cuenta de dicho aspecto, por ejemplo, la visita al amigo de Héctor). Y lo hacen como si nos dieran un saludo a nosotros, los que ya hemos crecido con sus filmes, un saludo a la vez gozoso y recordatorio de nuestras inquietudes más hondas.

Como ocurre con las mejores películas de Pixar, el guión de Coco ubica la emoción del personaje en reconocer que su búsqueda creativa es un rescate de la tradición profunda de su familia; tradición rechazada por varias generaciones debido a una amarga experiencia. Al igual que sucede con toda vena artística, esa revelación implica un conflicto para Miguel. Porque hacer arte supone siempre arriesgar lo que se deja atrás. Para comprobar este reconocimiento de la emoción, basta la escena final donde Miguel le canta a quien más tiene que agradecerle su pasión. En tales momentos de afectividad, sabemos que la música nos devuelve a lo más hondo de nosotros, ahí donde las palabras y el silencio se conjugan con sonidos ancestrales.

En ese sentido, “Recuérdame” es clave para esta escena y, en realidad, para toda la película. En su letra y en su narración se halla el reconocimiento de que incluso en la tradición familiar existe material de donde trabajar la música. Si bien el guion da varias vueltas con respecto a la trama que desemboca en el descubrimiento del ancestro musical perdido (ese de la foto rota que guarda Miguel), las fortalezas del trabajo mancomunado de los guionistas dan sus frutos en diversas ocasiones, por ejemplo, la parodia a Frida Kahlo, que baja del pedestal al ícono del arte mexicano para volverlo más palpable. Como si el coqueteo con la muerte que hace toda la película fuese por sí sola una celebración a las pasiones que hacen la vida perdurable.

 

 

© Eduardo Elechiguerra, 2018

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