A Sala Llena

Contagio, según Julián Tonelli

El caos mismo

Steven Soderbergh sabe lo que es trabajar con elencos rutilantes, ya lo hizo en Traffic y en la saga de La Gran Estafa. La coyuntura elegida para Contagio, su nuevo friso coral, no podía ser más espeluznante. Las pandemias que sacudieron el mundo en la última década, así como el pánico a gran escala que aquellas ocasionaron, aparecen exaltadas aquí bajo la apariencia de un virus devastador que se esparce frenéticamente alrededor del globo.

Postales de histeria colectiva, de negligencia médica y científica, de corrupción política y de un vil uso de los nuevos media componen el crudo paisaje distópico captado por el director de Sexo, Mentiras y Video, quien se entrega por completo a la descripción de ese caos, a veces desde la desprolijidad que supone la cámara en mano, otras por medio de obsesivos planos detalle, captando así todo objeto transmisor en la cadena que traslada la enfermedad desconocida.

Beth (Gwyneth Paltrow) regresa de un viaje de negocios en Hong Kong. Una vez en su casa, se desmaya y comienza a echar espuma por la boca. Su esposo Mitch (Matt Damon) la lleva al hospital, donde los médicos no logran salvarla. Mientras tanto, el doctor Cheever (Lawrence Fishburne) envía a la doctora Mears (Kate Winslet) a averiguar el origen de del virus, pero esta se contagia en un hotel y muere. A medida que avanzan los primeros estudios, el doctor Sussman (Elliot Gould) descubre que la enfermedad proviene de los murciélagos y los cerdos. Antes del descubrimiento de la cura, un malicioso blogger (Jude Law) intenta publicitar una falsa. Finalmente, la vacuna aparece, y la doctora Orantes (Marion Cotillard), quien se hallaba en Hong Kong, es secuestrada por un epidemiólogo que intenta usarla como moneda de cambio para inmunizar su aldea. Luego del rescate, Orantes se entera de que, en realidad, a los aldeanos les dieron placebo. La vacuna escasea y ya se prevé que millones de personas alrededor del mundo morirán infectadas.

La estructura narrativa de Contagio no avanza linealmente hacia adelante, sino que, como la enfermedad que tematiza, se extiende hacia todas las direcciones, trazando una multiplicidad de redes. Lo único que se nos presenta, a fin de cuentas, es el conflicto permanente, merced a esa plaga violenta que barre con todo. Justo cuando parece avizorarse una salida a tanta vorágine, Soderbergh la profundiza. Una hora y cuarenta minutos de metraje para un relato cada vez más apocalíptico, cuyos personajes lejos están de erigirse como héroes.

Esperamos, entonces, que de una vez por todas el asunto comience a solucionarse, pero no: La película concluye con una espléndida secuencia mediante la cual se testimonia el origen de la pandemia: el vuelo de los murciélagos, la estampida de los cerdos, un trozo de banana escupido como propagador infeccioso. El reino animal y el humano entran en contacto cuando el porcino muerto es vendido por el carnicero y preparado por el chef de un casino en Macao. Con rastros de sangre en sus manos sin lavar, éste saluda a Beth. La elegante concatenación de causa y efecto termina por sellar una historia tan apasionante como trágica.

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