UN ABISMO AL FINAL DE UN ABISMO
La neerlandesa Tierra de crimen resulta escandalosamente desproporcionada en el balance final de lo que la película promete ser e intenta abarcar versus lo que efectivamente es y construye como puesta en escena.
Con el pecho inflado de todos los lugares comunes en los que el nihilismo “educado” del cine europeo se ha usurpado un supuesto lugar de prestigio en la historia del cine, el film padece todo tipo de tedios inducidos por la puesta en escena y la pobremente elaborada “confusión voluntaria” que desprende no la trama pero sí la narración que de esta hace el film.
¿Y de qué va esta película, ópera prima del neerlandés Bresser? La sinopsis comercial lee “Cuando Johan, cortador de juncos, descubre el cuerpo sin vida de una niña en sus tierras, lo invade un ambiguo sentimiento de culpa. Mientras cuida de su nieta, emprende una búsqueda para encontrar el mal. Pero la oscuridad puede acechar en lugares inesperados”.
Uno dirá un policial. A ver qué tal. Lo cierto es que la película tiene dos problemas:
Cuenta demasiadas cosas indiferentes, o cosas “atmosféricas”, con colchones de reposo, secuencias “libres” en su forma y retórica, y muchas de tono obtuso, abstraído, alegórico. La duración de los planos pierde el efecto del tiempo y su tensión al abusar constantemente del mostrar excesivamente, logrando también volver monótona la fotografía en tanto fílmico y en tanto a la composición de planos. Hay planos bellísimos, pero que pierden efecto por la excesiva duración constante de todo lo que los rodea; así mismo, lo cotidiano, más sobriamente retratado, pierde personalidad, pierde caracterización. El universo del film está constantemente distanciado por esta duración fantasma, y por el exceso de secuencias que no cuentan, a efectos de la trama, nada de importancia. Tampoco catalizan. Tampoco tienen mucho sentido en relación a lo que se había visto y lo que se ve después. Hay exceso de tal tipo de escenas, al margen del contenido (el protagonista junto con otro señor se comunica por pedos, malgastando de paso un chiste que no da risa, por ejemplo), narrado de semejante manera repetitiva, automática, sin pulso ni pasión; un ejercicio de vanidad y paja intelectual.
La duración y elección de planos en general, y la elección de aquello que se ve y se cuenta fracasa por una indiferenciada manera de filmar sin criterio de qué, hasta dónde, para qué. Sobre todo al pensar en el segundo problema. Si hay exceso de insignificancias, es que hay ausencia de cosas importantes, de orden, de estructura. Si aquello que se ve está pobremente definido, es imposible definir correctamente y evocar y construir aquello que no está necesariamente representado en un signo en particular; aquello que logra Lynch en muchas de sus obras, sobre lo que trabaja constantemente, de forma mucho más compleja y que va más allá de la pobre comparación por alguna imagen y por el solo hecho de verse confundido por un material cuyas relaciones de sentido fueron reelaboradas diagonalmente. Esto no tiene punto de comparación con Lynch más allá de ciertos colores de atmósfera visual y sonora. Y desde ya que no tiene el balance de dos mundos que Lynch maneja para exitosamente construir obras con sentido, con dirección en su puesta a pesar de su deformidad y su actitud corrosiva.
Los típicos tedios mencionados son entonces la excesiva duración de planos y de escenas, la incoherencia temática y narrativa del film (que apenas logra contar dos o tres situaciones relacionadas a la trama del cuerpo encontrado sobre el cual supuestamente se trata la película en su portfolio comercial y pierde, en cambio, tiempo mostrando al protagonista masturbarse, tirarse pedos, manejar infinitamente, etc.), la monotonía (en sí, una mono-tonía general de los distintos elementos del film, atmósfera, forma, retórica, narrativa) y la pretensión. La excesiva pretensión de montar sobre una premisa simple un círculo de confusión que intenta pasar como programa pero que evidentemente es utilizada, aún otra vez, por los productos, tan producto como los films comerciales, que ofrece en general el cine europeo de corte “artístico”, arthouse, de autor, etc. para ganar prestigio y dinero haciendo creer que se dice algo demasiado inteligente como para descifrar.
Al final del día, lo que vemos en el film es que en una Europa central hastiada de una vida monótona y manchada por miseria y crímenes, nada sucede. No hay culpables, ni siquiera narradores confiables. No hay capacidad de acción. Pero en vez de contar los elementos que narran esto en un cortometraje, la película tira todos los tiros a la tribuna durante un exceso de por lo menos hora y cuarto, con sabor a la misma nada que suele tener el cine-producto del cine arthouse europeo (léase, a la europea con cupos de minoría variantes según conveniencia) que recorre la mayoría de universidades, museos o muestras y circuitos de festivales.
Este es el nihilismo educado. Hordas de películas aburridas, que van (esta por suerte zafa) del morbo y del mal gusto a la contemplación enceguecida al más absurdo automatismo, y que caen en clichés retóricos, tonales e intelectuales (la referencia intentada confundida con reelaboración) que viven entre el cine de excelencia crítica y/o académica de festivales y webs de cine autoral. Un cine olvidando y despreciando al espectador, al que se toma de idiota y cuyo tiempo se desperdicia. Un cine que perpetúa ese estado de letargia y niebla que diagnóstica a los mundos que suele representar (de letargia y humo, mejor dicho, en el caso de este film).
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Guion, dirección: Sven Bresser. Elenco: Gerrit Knobbe, Loïs Reinders, Mirthe Labree. Producción: Marleen Slot, Dries Phlypo, Martien Vlietman. Duración: 105 minutos.










1 comentario en “Crítica de “Tierra de crimen” (Rietland), film dirigido por Sven Bresser”
Las boludeces que hay que leer