A Sala Llena

Cuando Dios juega a los Dados: sobre The Left Hand of God

The Left Hand of God (Edward Dmytryk, 1955)

Protagonizada por Humphrey Bogart, Gene Tierney, Lee J. Cobb.

 

“Dios no juega a los dados con el mundo”

Einstein

 

Es el año 1947. Atravesando la tormenta en medio de la noche, un hombre vestido de sacerdote llega a una remota misión católica que languidece en las montañas de la convulsionada China de posguerra. Todos en la misión (en la que funciona a duras penas un hospital) toman al recién llegado por quien dice ser, el anhelado padre O’Shea, reemplazo del último misionero. Unos esperan de él que haga renacer la benéfica influencia que la misión supo tener sobre las siete aldeas del valle; otros, que venga con instrucciones de cerrar lo que consideran ya un proyecto inviable. Pero el recién llegado, a pesar de que logra revitalizar el alicaído emprendimiento a poco de su aparición, sorprende a unos y otros con sus métodos (esconde una pistola bajo la almohada, invita al médico a resolver una discusión a las piñas, coquetea con la bella enfermera, etc.). Pronto no quedan dudas de que se trata de un impostor, y tal vez de uno muy peligroso.

Al promediar el film se nos revela la verdad sobre el supuesto Padre O’Shea (lo cual hizo decir a cierta crítica, al día siguiente del estreno, que despojaba a la historia de todo misterio, y por lo tanto, de todo interés[1]). Pero si bien esta revelación cancela ciertas expectativas, genera a su vez otras mucho más profundas. En efecto, el mismo impostor se confiesa (aunque no ante su parroquia, sino ante el pastor de una misión protestante cercana). Su verdadero nombre es Jim Carmody, es un ex-piloto de la USAF que, tras haber sido derribado en las montañas, fue rescatado por Yang, el omnipotente señor de la guerra dueño de la región, y se convirtió en su brazo derecho. Durante tres años obtuvo de Yang todo lo que un hombre de acción puede desear: hombres para mandar, armas, mujeres y dinero; pero Carmody acabó sintiendo que ese paraíso del mercenario era en el fondo una prisión. Una eventualidad (el asesinato del verdadero Padre O’Shea a manos de su lugarteniente) lo decidió a presentar la renuncia, y, tras la negativa de Yang, a escapar tomando las ropas y la identidad del misionero muerto.

Ahora sabemos que el misterioso cura de rudas maneras no esconde tras su impostura ninguna clase de planes para la misión o para sus habitantes, fin de una parte del misterio. Sin embargo, la última y casi vertiginosa entrevista entre Carmody y Yang (que se presenta como un flashback durante su confesión) está preñada de ambigüedades y declaraciones misteriosas, y hacen de aquella revelación algo casi anecdótico. En el punto álgido de la discusión, que Yang parece guiar a su antojo, el piloto declara que estaría dispuesto a jugarse el alma por la posibilidad de escapar de la prisión en la que está atrapado. ¿Porqué tenemos la impresión de que el omnipotente Yang, tras negar la libertad a su servidor preferido le explica con lujo de detalles cómo hacer para evadirse de su fortaleza y alcanzar la misión a salvo? Al comienzo de la charla había dicho casi en broma que no es el cuerpo sino el alma lo que un hombre debe salvar, y también que cada hombre encuentra su propio camino. ¿Piensa el caudillo que es poco poseer el cuerpo de Carmody si puede llegar a obtener de él una adhesión más profunda?

La cuestión es que la estadía en la misión pondrá a prueba a Carmody hasta el punto de obligarlo a descubrir cuál es su verdadera naturaleza y a decidir qué hará en consecuencia. Porque si parece que lo único que tiene de sacerdote es la sotana, colma sin embargo, y desde el primer momento, todas las expectativas y las diferentes necesidades espirituales de sus feligreses, y además lo hace con absoluta espontaneidad. Mientras tanto, declina los destinos alternativos que el escenario de la misión le va ofreciendo: la mujer de la que se enamora, la posibilidad de valerse del ascendiente que obtiene sobre las aldeas del valle para oponerse a Yang (que viene tras él), la vía de escape al mar, y finalmente el más poderoso e insistente de todos: el racionalismo antitradicional y militante de la modernidad occidental, representado a la perfección por el médico Sigman, quien había quedado al mando en ausencia de la autoridad espiritual.

Sigman, por supuesto, reduce toda inteligencia a lo meramente mental; desconoce (y desprecia, al igual que Yang, quien comparte con él, además, su paso por la universidad occidental), todo conocimiento que esté por encima de la razón, es decir, el conocimiento intelectual puro y trascendente. Pero Carmody, una vez más, descubre que parece estar bastante bien dotado para oponerse a este último y formidable obstáculo, y termina por superarlo, casi sin querer, en la batalla final contra Yang. Este enfrentamiento, en el que se juega el futuro de la misión, el de las siete aldeas, y el de Carmody mismo, será dirimido, a instancias de este último, con un juego de dados.

“Tuve la extraña sensación de que no iba a perder”, declara más tarde como para justificar su milagroso triunfo. Pero el acceso a esta certeza, que no es otra cosa que el atisbo de un conocimiento de un orden infinitamente superior al del Dr. Sigman (es decir el de la modernidad, que acepta como límites del conocimiento, y pretende imponer como tales, los de la razón), no habrá de abandonarlo.

Queda abierto, y sólo más o menos, el final de la historia de Carmody, pero no la posibilidad de que la aventura haya significado para él un cambio tal que justifique el uso de la palabra “renacimiento”. Al final, James Carmody es otro. Y no está de más terminar estas líneas volviendo a la escena inicial: la noche tormentosa de su llegada, Carmody debe cruzar un río para alcanzar la misión. El fugitivo había bajado de las montañas de Yang transportado por un burro, nada menos[2]. Al intentar el cruce, el puente se tambalea y ambos caen a la corriente, pero sólo Carmody logra alcanzar la otra orilla. Todo esto parece acordar a la perfección con el simbolismo del puente, según el cual, en la orilla que se abandona muere el antiguo ser, mientras que a la orilla opuesta, si es que logra sobrellevar el paso con éxito, el que llega es un ser nuevo, un ser que no solamente se ha despojado de su pasado, sino que ha renacido a una instancia superior.


[1] Ver: http://www.nytimes.com/movie/review?res=9505E6DB113AE53BBC4A51DFBF66838E649EDE

[2] Detalle que es difícil separar de las opiniones de Yang sobre el alma humana, la religión, y el triple 6 con que cree haber ganado la partida de dados.

 

Por Javier Lodeiro Ocampo

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