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Cosas que prometí no decir | Nuevas notas sobre cine fantástico y de terror: Las cuatro infancias en Halloween

Cosas que prometí no decir | Nuevas notas sobre cine fantástico y de terror: Las cuatro infancias en Halloween

1.

Son cuatro las infancias que se despliegan y ponen en escena Halloween, de John Carpenter. Tenemos la frustrada, trabada, fija, “loca”, de Michael Myers, detenido en una escena originaria e imaginaria cuyo centro-vacío no existe en su fijación. De allí el objeto sustituto -en sentido lorenziano- que busca repetir una y otra vez.

Luego tenemos la de los niños de esa noche de Halloween que juegan, o mejor dicho que diluyen lúdicamente lo que fuera una fiesta tradicional. Es decir una manifestación de lo sagrado y numinoso. Que por cierto sigue latente, en estado de animación suspendida y acecha en los márgenes y extramuros de esa reducción lúdica.

Tenemos la infancia que está dejando a atrás Laurie Stroud, la heroína (Jamie Lee Curtis) y que esa misma noche dejará definitivamente al parecer atrás. De allí ese plano maravilloso cuando ella sentada a un lado de la calle, ve en el otro a los chicos ya disfrazados y enmascarados que se aprestan a la caída de la tarde a emprender la marcha por el vecindario a cumplir con sus rituales reducidos a chanzas infantiles. Allí comienza Laurie su despedida de la infancia que completará esa misma noche cuando expulse, ciegue a la infancia loca, fija, perpetua de Michael Myers.

También aquí tenemos que Laurie al custodiar, curar, a dos niños cumple con la segunda oportunidad que Judith Myers no cumpliera con su hermano Michael en ese in illo tempore, superara el trance de esa prueba o rito de pasaje que culminará precisamente con la expulsión de la otredad enmascarada; más precisamente de blanco: es decir la posibilidad absoluta, tabula rasa y página en blanco de las posibilidades vitales y existenciales de la protagonista.

Finalmente tenemos la cuarta infancia. La norteamericana. Ese infantilismo ya raigal de esa nación o de cierta parte de su manifestación cultural y espiritual; una mezcla de puritanismo, pragmatismo y liberalismo es decir lo mismo en tres fases. No por casualidad, claro, este film ya instalado plenamente en la autoconciencia, escruta genealógicamente este terceto de condiciones mentales de ese país. Puesto que el cine siempre ha sido la interna diferencial polémica dentro de esa nación. Es que el nacimiento de una nación de Griffith no atañe al Estados Unidos que nos muestra la cartografía, las entidades bancarias y la fachada de la casa blanca, sino una nación dentro de otra. A un leviatán dentro del otro.

 

2.

Breve excurso: “To play” es jugar, en sentido lúdico o en el de jugar una broma; interpretar o representar un rol; poner un disco en ejecución, ver un film o mejor dicho poner un funcionamiento una televisor, etc.

De consuno tenemos un intercambio de roles o de señales infantiles. El psiquiatra Sam Loomis (Donald Pleasence) que pasa a jugar (“to play”) de exorcista, policía, y que no se priva de asustar como el cuco (“boogeyman”) a los chicos que juegan una prenda de entrar en la casa en ruinas de los Myers. Luego las dos compañeras de escuela de Laurie (Annie y Lynda) que además actúan como lo que llamamos “reducidores del héroe”. Serán las que intentarán dominar, desviar, limar, apropiarse, diluir también lúdicamente las potencialidades y el plus heroico de Laurie. Lo harán de dos maneras más que especiales, tempranamente epocales, la droga y el sexo ciego a los que la inducen. Ambas desde luego y como en todo film fantástico de terror -es decir films rituales de iniciación- serán máscaras, posibilidades latentes, tentaciones, sirenas, etc., a ser vencidas, derrotadas, dejadas atrás o puestas a un costado por la tarea y función heroicas que, desde luego, refiere a la administración de la fuerza de la segunda función, según ha explicitado Georges Dumézil.

De allí, para detenernos en un detalle de este film inagotable, que el amante ocasional de una ellas, (Lynda), reaparezca interpretado (“to play”) por Michael Myers como un fantasma de historieta con su sábana blanca cubriéndolo y con sus anteojos enormes puestos sobre los ojos “vacíos” de Michael.

Antes, en el segundo prólogo – el del tiempo actual-, la enfermera que conduce al psiquiatra jugará de políticamente correcta al hacer la distinción verbal entre “It” y “He”. Puesto que para éste MM (doble) es una cosa (ello) y para la otra es un Yo (He).

Los dos chicos que cuida Laurie (Tommy y Lindsay) -en rigor uno de ellos (de ellas porque es una niña) le es entregado por su vecina-compañera (doble) para poder entregarse a su vez a sus juegos sexuales- juegan a ver films de terror clásicos. El que los que vean allí, tanto en sentido diegético como económico, los vuelve clásicos.

Este juego parece y se nos aparece como trascendente frente a los jugados en el afuera por los niños en su ronda de Halloween y por las performances sexuales interiores de las dos-dobles compañeras de Laurie. Claro que en el afuera tenemos también al dueto Michael-Loomis y en el interior a Laurie y el par Tommy-Lindsey.

Como se dijo, lo sagrado, lo numinoso que es inclaudicable e imborrable sobrevive en estado latente en toda fiesta; irrumpe, lo mezcla todo, lo interior y los exterior tanto topológico como psíquico. Si el sentido ritual se ha perdido u opacado, ciertas reglas siquiera lúdicas o traducidas del festum al ludus siguen funcionando. El cine, el concepto del cine, precisamente es quien manifiesta, o pone en evidencia mediante su propio ritual-puesta en escena la permanencia de tal efectividad numinosa.

 

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