A Sala Llena

Dulce de Leche

(Argentina, 2012)

Dirección: Mariano Galperin. Guión: Mariano Galperin y Marín Greco. Elenco: Ailín Salas, Camilo Cuello Vitale, Marcos Rauch, Naiara Awada, Florencia Raggi, Luis Ziembrowski, Paula Ituriza, Martín Pavlovsky, Vivi Tellas. Producción: Mariano Galperin, Omar Jadur y Sebastián Perillo. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 86 minutos.

Cruzada contra el amor.

Hay veces que una sola escena basta para comprender ante qué tipo de propuesta nos encontramos como espectadores. Dulce de leche nos ahorra varios pasos y desde los primeros fotogramas (en donde encontramos bellas imágenes de un río y unos jovencitos acartonados charlando tonterías) nos muestra un filme que puede llegar a ser apreciado desde su estética, pero jamás desde sus personajes y, por ende, de su historia.

Luis (Camilo Cuello Vitale) es un adolescente a punto de comenzar tercer año que luego de la separación de sus padres pasó un tiempo en Buenos Aires y otro poco en Ramallo (lugar en que se desarrolla el filme) en donde vive con su madre y el novio de ella. Lo vemos pasar el tiempo sin hacer nada, jugando a los videojuegos con su amigo Pedro, charlando de chicas, durmiendo mucho, arreglando un auto viejo. Luego de este prólogo algo extendido, comienza la historia cuando aparece Anita (Ailín Salas), una chica de dulce sonrisa. Luis y Anita se enamoran perdidamente y comienzan una historia de amor que tendrá muchos obstáculos.

El principal problema de un filme como Dulce de leche no es que se trate de una historia trilladísima (desde Romeo y Julieta en adelante… o quizás hacia atrás encontremos algo más) en donde los enamorados luchen contra la adversidad del mundo, ni que estemos ante un producto que incluso desde lo estético sea bastante obvio (la alegría se acompaña del sol, la tristeza de las nubes grises, la desesperación se ilustra con lluvias). Tampoco las actuaciones, que dejan mucho que desear (Luis no se muestra natural, es rígido pero saltarín, tiene una cara curiosa y sería un buen casting para hacer de El Guasón porque sonríe hasta cuando está triste; Ana es apática, abúlica, no parece reaccionar ante nada y eso hace que la pareja esté en sintonías diferentes), ni los pobres diálogos (carentes de contenido, que ayudan a complicar la trama conformando personajes vacíos e inentendibles). La falencia más grave que tiene este filme es que las dificultades que se les presentan a los protagonistas para llevar adelante su romance no tienen la menor justificación. Al principio todo está bien, pero podemos ver que los padres de ambos no están contentos con el romance. Algunas veces argumentan que son muy chicos como para ser novios. Otras veces, simplemente se niegan y buscan imponerse a gritos. Con el correr de los minutos, algunas actitudes problemáticas podrán justificar de una u otra manera la decisión de los adultos de que no se vean más, pero el germen del argumento estaba presente desde antes en una especie de “cruzada popular en contra del amor”. No son solo los padres de Ana (Paula Ituriza y Luis Ziembrowski) y la madre de Luis y su novio (Florencia Raggi y Martín Pavlovsky) los que se oponen: también los amigos de cada uno, la hermana de ella, la directora del colegio y prácticamente cada uno que los ve juntos pone el grito en el cielo para que su amor no se consume o no se prolongue. En esta débil justificación de todos los personajes (alguno está preocupado porque su hijo crece, otra estará celosa de no tener tanto protagonismo en su vida, otro estará enojado porque… etc.) para oponerse a su relación, está la gran falla que provoca que el espectador sienta que algo está faltando. Los diálogos, escuetos, mal pensados, no ayudan a que este motor dramático tenga la fuerza que le hace falta como para sostener la historia. Y los únicos que se eximen con el pobre papel que les toca son Ziembrowski (como un padre abatido y falto de respuestas) y Raggi (como una madre incrédula y poco comprensiva).

El desarrollo del relato, más allá de los diálogos, peca también cuando quiere salirse un poco de lo convencional y trillado y darle una vuelta de tuerca a los asuntos. La venganza contra la directora pareciera sacada de otra película, no parece condecirse con el tipo de historia que vemos vivir a los personajes. Asimismo, cuando el filme se acerca al clímax, algunas redenciones se vuelven aún más incómodas, porque si los personajes secundarios no nos convencían cuando iban para un lado, tampoco se entiende por qué ahora van para otro.

Quizás sea por esa constante evidencia de falta de imaginación en los diálogos, pero la historia se cuenta mucho mejor (y los actores aparecen mucho más sueltos) cuando la película se dedica a mostrar y no a contar, o mejor dicho, a contar en imágenes y no sobre la base de diálogos. Allí sí, cuando los novios se besan, cuando se miran, cuando caminan juntos, se abrazan, se desvisten, se aman, logran transmitirnos ese amor adolescente, poderoso, incontrolable del que trata la película. Dulce de leche fue escrita y dirigida por Mariano Galperin (aquel director que tuvo sus 15 minutos de fama con un filme destrozado por la crítica llamado Chicos Ricos, en el año 2000) y ganó el Premio Movie City en el Festival de Cine de Mar del Plata del año pasado. Fue coescrita por Martín Greco (que también escribió Ningún Amor es Perfecto, de pronto estreno) y cuenta con música original de Fabián Picciano, de la banda Poncho, que aporta algunos tonos estridentes que poco hacen recordar al hit que hizo famoso a la banda a comienzos de este año.

Dulce de leche intenta retratar un amor adolescente que debe sobrepasar dificultades, pero el relato queda trunco por no poder plantear obstáculos que se sostengan. En su búsqueda, mediante líneas de diálogo intrascendentes y actuaciones poco convincentes, logra solo por momentos hacer honor a ese amor juvenil, rebelde, potente, invencible, que como dice Tanguito, “es más fuerte”. Lamentablemente, ni siquiera la última línea de diálogo nos hace olvidar que el libro hace agua por todas partes.

calificacion_2

Por Juan Ferré

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