A Sala Llena

El Laberinto

El Laberinto (Rabbit Hole, EE.UU. 2010)

Director: John Cameron Mitchell. Guión: David Lindsay-Abaire. Producción: Bill Lischak, Daniel Revers, Linda McDonough. Elenco: Nicole Kidman, Aaron Eckhart, Dianne Wiest, Tammy Blanchard, Miles Teller, Giancarlo Esposito, Jon Tenney, Patricia Kalember, Julie Lauren, Sandra Oh. Distribuidora: Alfa. Duración: 91 minutos.

Becca es una treiteañera casada con Howie Corbett, y ambos, cuentan con una dura historia que remonta a ocho meses en el pasado. La casa sola y el silencio de la pareja denotan una pérdida: Danny, su pequeño hijo de cuatro años, quien fue muerto tras seguir a su perro a la calle y ser embestido por la imprudencia de un joven chofer. Puntapié establecido, la historia se desarrolla en torno a la superación del problema con todo lo que ello conlleva, desde soportar las amistades, con sus familias formadas, hasta el repentino embarazo de la hermana de Becca, una niña en el cuerpo de una mujer adulta, inmadura e impreparada para la vida familiar con hijos a cuestas. La envidia, el dolor del pasado, el trauma a superar y la consecuente riña interna en la casa de los Corbett hace avanzar el relato donde paso a paso, marido y mujer, cada uno con sus tiempos, ritmos, creencias y costumbres independientes, intentan sobrellevar esa vida que parece condenada: por un lado, buscando apoyo en la familia devenida en perfecta respecto de la causa enorme sobre los hombros de la Becca, por el otro, otra mujer y drogas ligeras ocupan el pensamiento de Howie.

Confundirse este filme está asegurado ya que cuenta con tres nombres que se dieron a conocer: Rabbit Hole, como título original y dos títulos hispanos que, no solo distan entre sí, sino que nada tienen de relación con el primigenio y homónimo de la novela en la que se basan: El Laberinto y Más allá del Corazón.

El Laberinto (a partir de ahora), se vuelve conocida tras el paso, sin pena ni gloria, por los Academy Awards o entrega de los premios Oscar por nuestros pagos, bajo la nominación de Kidman como mejor actriz y nada más, es decir, el conjunto fílmico quedo relegado por la figura de la actriz opacando una historia que, si bien resulta bellamente contada, abusa del melodrama y sentimentalismo.

Técnicamente hablando, El Laberinto es una joya fotográficamente, desde las luces hasta la consecución de planos y posiciones de cámara, con un gusto por el detalle y la textura más que destacable. Pero la recaída viene de la mano de la interpretación, o mejor dicho de la reconstrucción, tanto de Kidman, a quien no se le mueve un músculo a la hora de brindar dramatismo, como de la cuestión sonora que duda desde su ejecución como la actriz resultando aclimática por definición y alimentando un falso sentimiento que no termina de concretarse como veraz. Por otro lado, la figura que encarna Aaron Eckhart es impecable por donde se lo mire, recordando la excelente interpretación, como personaje, de Nick Naylor en Gracias por Fumar (Thank for Smoking, EE.UU. 2006).

Insistiré entonces en el sentimiento. El uso del recurso fácil, ya sea desde el conflicto familiar o el de buscar en todo momento una excusa para llegar a la lucha o tensión de fuerzas que se justifican en dramas que ahondan en lo mismo, volviendo la tensión y el conflicto primigenio en un círculo vicioso en donde la tangente desaparece, sumiendo la narración en una repetición perpetua. Pero, y no debemos restar puntos a este aspecto, el delineamiento psicológico del resto del elenco, como hacedores y cómplices de la espiral traumática, es de una riqueza extraordinaria, lo que deja estática la labor actoral de Kidman que se aferra a los sólidos pilares de las construcciones de madre, hermana y esposo. Howie, por otro lado, resulta de una personalidad sensible que por mucho supera lo que se prevé en un comienzo, al punto de respetar una ascendencia muy marcada al juego del dolor.

John Cameron Mitchell, director de la pieza fílmica, se encarga en esta ocasión de retratar la depresión y el proceso infinito de superación de una pérdida, siendo este detalle aumentado y agigantado por la especificidad del deceso: un niño de 4 años, hijo de la pareja. Lo narrativo e intencional, por más que se logre una parcialidad de la idea, recuerda a la expresividad emocional que dejaba cada palabra emitida, cada acción que acontecía en el universo increíble y atemporal Jonathan Caouette en Tarnation (Tarnation EE.UU. 2004), en donde Cameron Mitchell realizó la labor de productor ejecutivo. Mayormente destacado y reconocido en el ámbito profesional como campo, el joven director realizó otros dos trabajos más allá de la actual entrega, con un éxito que escapa a la miniatura que puede llegar a resultar El Laberinto en comparación, y que no dejan lugar a dudas del talento visual y narrativo: Hedwig and the Angry Inch (EE.UU., 2001), siendo la versión fílmica que lo catapultó al culto de la obra musical escrita también por él trece años antes; y Shortbus (EE.UU. 2006), presentada en Cannes el mismo año.

En El Laberinto, alejando su historia y solo remitiéndonos a su nombre en la original, vemos que esos “agujeros de conejo”, que según otros teóricos, bajo el nombre de “agujeros de gusano”, nos permiten intuir la existencia de paralelismos a la vida del hoy, del ayer y del mañana, indicando también que no hay problema sin solución y, en el caso de la imposibilidad de encontrarla, debemos aprender a convivir con aquello y saber que hay algo en algún lugar que se encuentra en armonía. Es entonces cuando nos desprendemos para descreer de este mensaje y remitirnos a Alicia, en donde nada resulta mejor o favorable si no afrontamos la cuestión y entendemos que el agujero del conejo, donde se precipita la pequeña, es un gran profundo pozo depresivo.

 

Por Uriel De Simoni

El duelo que más duele.

El duelo por la muerte de un hijo, es uno de los procesos más dolorosos que puede experimentar un humano, a lo largo de su vida. De hecho, es el temor más grande de aquellos que son padres. No hay nada que pueda cicatrizar tremenda herida, la tramitación de esa pérdida muchas veces queda inconclusa y sólo resta refugiarse en algún tipo de paliativo que consuele y teja frágilmente ese agujero en la psiquis humana.

Este miedo universal, ya ha sido abordado en varias películas, las cuales nos intentaron mostrar como se las arregla un padre-madre, durante la tramitación de ese dolor, donde todo aparece como desesperanzador. Podemos citar, entre algunos, al maravilloso film italiano de Nanni Moretti La Habitación del Hijo, el drama  norteamericano En el Dormitorio, la impactante cinta canadiense de Atom Egoyan El Dulce Porvenir, o la francesa, estrenada hace un par de años, Hace Mucho que te Quiero, con una memorable actuación de Kristtin Scott Thomas.

Un largometraje que aborda esta temática dirigida por John Cameron Mitchell (Hedwing and the Angry Inch y  Shortbus), hacía pensar que podíamos estar en frente de un film absolutamente cuidado estéticamente, como lo fueron sus sobrevalorados trabajos anteriores, pero lleno de exhibicionismo, moralejas y sentimentalismo, del que también abundaron en los mismos. La primera premisa se cumplió, la segunda, afortunadamente no.

El Laberinto relata la historia de cómo se las debe arreglar una joven pareja, cuando le ocurre lo peor, la muerte accidental, y hasta tonta de su único hijito de cuatro años de edad. Se podría caer en el golpe bajo fácilmente, pero sobresale una narración que evita los lugares comunes y rescata la subjetividad e individualidad humana frente a un transe como este.

Becca (Nicole Kidman), intenta renegar del dolor queriendo deshacerse de todo aquello que la sumerja en el recuerdo del niño. Howie (Aaron Eckhart), al contrario, necesita conservar aunque sea en objetos e imágenes, la presencia de su hijo. En esta diferencia, se rearma el lazo de esta pareja, que parecen estar condenados al puro desencuentro.

De este dolor compartido trata este film, basado del guión original (Rabbit Hole) de David Lindsay-Abaire, ganador del premio Pulitzer en 2007. Una narración que retrata con altura, acidez, tensión, melancolía y mucha reflexión, lo que puede llegar a impactar un hecho como este en una pareja y su entorno.

Cameron Mitchel se vale de su talento, para transmitir  con impecables imágenes, gran ductilidad de planos y un preciso acompañamiento musical, los vaivenes y ambivalencias de los protagonistas. El trabajo interpretativo es notable, con gran altura Aaron Eckhart encarna a este padre puramente desanimado, pero con ganas de tramitar la situación como pueda. Nicole Kidman, hace un trabajo de gran nivel, que sería de lo más brillante, si no fuese que su metamorfosis facial le paraliza algunos gestos de su ex hermoso rostro. Maravilloso lo hecho por Dianne Wiest, como la madre de Becca, quien intenta aconsejar a su hija, para rescatarla del dolor, pero cuanto más hace, más la embarra.

El Laberinto, es un interesante estreno de esta semana, que a pesar de lo mortífero que aparenta ser su argumento, de lo melancólica que puede llegar a ser su historia y de la dolorosa trama que relata, no deja de ser una oportunidad para reflexionar sobre la vida misma y como esta sigue aunque lo peor nos haya ocurrido.

Por Emiliano Román

El eterno duelo

Nicole Kidman debuta como productora y protagonista de una misma película con El Laberinto. Y no es casual. Esta obra, éxito mundial en los principales escenarios del mundo, cautivó a varias estrellas por su temática y la simpleza con la que trata una experiencia que nadie quiere vivir. Kidman vio la pieza, peleó por los derechos y comenzó a trabajar para hacerla posible. Eligió ella misma a su marido en la ficción, Aaron Eckhart, y se dejó seducir por la mirada revolucionaria de John Cameron Mitchell. De ahí surgió esta película, una pequeña delicia del cine independiente norteamericano.

El hecho de que Kidman sea la productora se nota principalmente en la profundidad que el guión le dedica a su personaje, Becca. En la obra, el argumento es más coral y se detiene a explorar las personalidades de los cuatro individuos que permanecían en el teatro.

La historia es común como la vida. La muerte. En esta caso, de un niño de 4 años. La tragedia nunca es mostrada, pero sí narrada de una manera original. Justamente, mostrando el sufrimiento paulatino y ciclotímico de sus padres, los verdaderos protagonistas de la cinta. Y sus diferentes maneras de sobrellevar el sufrimiento, y los choques que producen esas incompatibilidades.

La película comienza ocho meses después del accidente automovilístico que se lleva la vida de Danny. La vida matrimonial parece normal. Seca, monótona, pero nada extraordinaria. Esa es la depresión silenciosa en la que nos sumerge El Laberinto. Una tristeza que nos va apoderando a medida que vamos logrando ver las grietas incurables que producen una pérdida semejante.

Si bien el hecho de que el mismo autor de la obra adapte el material para el cine implica un riesgo importante y una misma visión sobre el texto, este caso se convierte en una excepción. La labor de David Lindsay-Abaire es notable. Multiplicó los escenarios y los personajes, sin dejar de perder el foco. Amoldó el destino de cada uno para que sea clara su función. Incluso el personaje de Izzy, la hermana de Becca, sirve para romper el clima dramático, pero suma al conflicto principal. Un libreto sólido, bien pensado y a prueba de fallas. No se nota que proviene de una obra de teatro. Es un texto cinematográfico.

Nicole Kidman es una actriz valiente, que no teme de pasar de tanques hollywoodenses (como Australia o Regreso a Cold Mountain) a películas independientes y alternativas (como La Boda de Margot o Dogville), a pesar de que la calidad de sus elecciones suele ser demasiado dispar. Hasta el momento su talento y versatilidad había sido demostrado en algunos proyectos, como Todo por un Sueño, Moulin Rouge! o Reencarnación, pero jamás había tenido una paleta de matices tan amplios como en este caso. Si bien Becca no es un papel que presente un gran desafío para ella, sí lo es para su capacidad de interpretación. No hay personajes reales ni retos abismales. Sólo se trata de navegar dentro del duelo de su ser. Es la mejor actuación de la carrera de Kidman.

Acompaña con momentos de mucho lucimiento Aaron Eckhart, acertadísima elección. Al igual que Diane Weist, como la madre de la protagonista, que también perdió un hijo e intenta guiarla hacia la salida de este momento.

Pero ante tanta sorpresa, hay algo inesperado. El mago John Cameron Mitchell, que nunca paró de sorprendernos con la osadía de Hedwig y la Pulga Rabiosa o Shortbus, esta vez cae sobre el convencionalismo cinematográfico. No se nota su firma de autor. Nada grave para un cineasta de años. Sólo una pequeña desilusión que, quizás, es culpa nuestra, al habernos malacostumbrados.

 

Por Damián Hoffman

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