A Sala Llena

En viaje con Pauline Kael (2)

—Tómese este cafecito, Pauline, y espabílese un poco, que ya amanece y la quiero bien lúcida para esta reflexión.

—…

—No, sin azúcar. Acostúmbrese. El café se toma amargo, tal como somos nosotros, usted y yo. Y bien, dígame, ¿usted cree que, así como el café sabe mejor sin azúcar, es posible una crítica sin adjetivos?

—…

— No le hablo de la literatura en general porque sé que eso es quimérico, pero sí de una reseña, de la crónica de un film desprovista de epítetos. Sólo afirmaciones. Sustantivos, verbos, a lo sumo adverbios, pero, por favor, nunca el “muy”, porque lo quito de inmediato. Es casi peor que el adjetivo “mucho”. ¿No le producen escalofríos esos críticos que dicen que tal obra “tiene mucho humor”? Y ni hablemos de los autores que autocalifican así sus productos.

—…

—¿Qué tal está el café?

—…

—Picarona… Ya sé, era una trampita. Pero en estos casos se justifica el uso del adjetivo porque le estoy preguntando por él. Era una prueba: usted tenía que responder “bueno” o “malo”, o “frío”, pero no “extraordinario”, “maravilloso”, “imperdible”. Creo que eso terminó de liquidar la credibilidad de los críticos. Además, hay una desproporción entre los cientos de miles de películas y la decena o poco más de calificativos que se reiteran con pereza. Me recuerda la frase de Chesterton que citaba Borges: “la infinita variedad del mundo no puede reducirse a un sistema arbitrario de gruñidos”.

—…

—Es que ahí se justifican los adjetivos. Sin “infinita” y “arbitraria” pierde sentido la frase. Además, no me va a comparar los adjetivos de Chesterton y Borges con los de…. Bueno, usted sabe. En la edad dorada de los cines y la prensa gráfica esos adjetivos vivieron su apoteosis en los avisos publicitarios de los sábados. ¿Se acuerda? “¡Magnífica! ¡Admirable! ¡Excelente!”. Era lo más parecido a esos muros de Facebook de hoy en los que alguien postea la queja del día y a continuación viene la cadena de “¡Indignante! ¡Vergonzoso! ¡Sin palabras! ¡Escandaloso!” El apogeo del “Sunescán Dalunabuso” de la mamá de Mafalda cuando volvía de la feria.

—…

—No se ría así, Pauline, que usted también usaba bastantes calificativos en sus capsulitas críticas, eh… Mire que tengo memoria. Sí, ya sé, me incluyo, somos humanos y adjetivadores por naturaleza. ¿Sabe lo que me pasó una vez? Me extrajeron, para el aviso de una película, un “Formidable” (que así suelto parecía la publicidad de una tienda de ropa con la que tenían canje los conductores de un famoso programa de cine en televisión) y lo pegaron junto al “¡Un canto a la vida!” de una tal Catalina. De modo que, leído conjuntamente, quedaba “Formidable canto a la vida” por Catalina y yo. Esa noche tuve pesadillas, debatía con Catalina sobre la historia del arte en lenguaje de señas, con pulgares para arriba y pulgares para abajo, esa moda que impusieron sus compatriotas Siskel y Ebert.  Ella me decía “¡Leonardo!” o “Mozart”, y yo alzaba los pulgares, después me decía “¡Marina Abramovic!” o “¡André Rieu!”, y yo los bajaba. A medida que avanzaba el juego iba cada vez más rápido hasta que yo me confundía. Una vez me dijo “¡Hitchcock!” y yo bajé los pulgares. Entonces tenía que empezar a nombrar yo, pero el problema estaba en que si yo le decía, por ejemplo, “¡Enrique Carreras!”, ella alzaba los pulgares, pero no porque se confundiera. ¿Me entiende usted? El horror, el horror. Me desperté bañado en sudor.

—…

—Desde entonces me esforcé en evitar adjetivos en mis crónicas, sobre todo los favoritos de los agentes de prensa. Por supuesto, eso los fastidiaba, y empezaron a reclamarme que les diera “una frase” por fuera del texto de la crítica; me decían que no tenían de dónde agarrarse para confeccionar el aviso, pero eso era justamente lo que yo buscaba. Uno me acusó de “seco de vientre; otros no lo podían creer, me aseguraban que el resto de los colegas, o casi todos, desesperaban por ver sus nombres en el aviso y que eran ellos mismos quienes llamaban a primera hora del jueves para ofrecer los “Magnífica, imperdible y maravillosa” que fueran necesarios. ¡Si le dijera los nombres, Pauline! Recuerde que en esa época los cines pegaban en sus puertas los recortes ampliados de esas críticas, y allí veían ellos sus nombres al lado de los de Robert Redford o Meryl Streep. ¿Se imagina la de selfies que se habrían sacado si hubieran existido entonces los celulares? Sí, cómo no se va a acordar, Pauline, 𝘵𝘶 𝘤𝘩𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘢𝘯𝘪𝘵à 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘴𝘤𝘦𝘴𝘵𝘪 𝘥𝘦𝘭 𝘮𝘰𝘯𝘥𝘰…

—…

—Tómese otro cafecito, la veo pensativa. ¿Cómo dice? ¿Que a veces hay que dejar bien claro que nos gustó una película? Pero, Pauline, si un escrito sobre…

—…

—¿Qué? ¿Me habla en serio? ¿Justamente usted me dice que una película es como una mujer, que no sólo necesita que la amen sino que se lo digan? Discúlpeme, pero no le admito el símil: había que ser muy canalla para regalar 5 corazoncitos cada jueves a tantas películas. Seamos serios, Pauline, como usted lo era en vida.

—…

—De acuerdo. ¿Quiere otro cafecito, mamarrachito mío?

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