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CRÍTICAS - CINE

Ese crimen es mío (Mon crime)

El villano de la nueva, magnífica película de François Ozon, Ese crimen es mío, es tanto una variación de Harvey Weinstein como del Barón Scarpia de “Tosca”. Si bien la primera referencia será fácilmente reconocida gracias a la enorme difusión que tuvo en la prensa el caso del productor de Hollywood caído en desgracia, el segundo, más reservado al público de ópera, termina de volverse explícito en la confesión que hace la protagonista, la actriz Madeleine Verdier (Nadia Tereszkiewicz), de los pormenores de “su crimen”: durante el juicio, en el que se autoinculpa de haber matado al temido Montferrand (Jean-Christophe Bouvet), el productor de cine que la acosaba. En su testimonio, Madeleine cuenta (y eso lo vemos en flashback, en blanco y negro, como un film mudo) que, a ambos lados del cadáver deja dos candelabros antes de irse del lugar, tal como Tosca en el fin del segundo acto. El detalle sorprende, por inverosímil, al juez y a ella misma, quien de inmediato se rectifica: “ah no, perdón, me equivoqué de historia”…

Tal recurso no es un guiño de Ozon a los puccinianos; o al menos, no sólo eso, sino una de las tantas formas que el espléndido libro de esta película tiene de jugar, con el lenguaje de la comedia, entre lo verdadero y lo falso, entre la “realidad” y su representación, entre la tradición y lo moderno. Porque sólo al final se sabrá quiénes dijeron la verdad, a quiénes convino la mentira, y quiénes, también por conveniencia, combinaron verdad y mentira. Cuando Madeleine confiesa ser la autora de ese crimen, ¿miente o no? ¿Si miente, por qué lo hace? Y también: la cita de “Tosca” en un contexto judicial, ¿es prueba de que su relato es falso o una táctica deliberada para pretender inocencia a través de lo improbable de una puesta de ópera cuando en verdad es culpable? Efectos, magias de un guión realmente bien pensado.

La historia de Ese crimen es mío transcurre en 1935, cuando a París le quedaba poco para seguir siendo una fiesta. En ese ambiente de pronta caída, el eje del film oscila juguetonamente entre las ideologías de ayer y de hoy, satirizadas ambas con tanta libertad como desparpajo. Si, por un lado, condena en términos anacrónicos (en boca de algunos personajes protofeministas) la sumisión que padecía la mujer en aquellos años y vindica su derecho a defenderse ante el abuso sexual de un poderoso, se permite de igual modo sarcasmos corrosivos, como el que expresa otro personaje, contrario al sufragio femenino: “miren quién ganó en Alemania desde que votan las mujeres”.

Vayamos al punto de partida: al iniciarse la acción, Madeleine convive en una pensión miserable con su amiga, la abogada Rebecca Marder (Pauline Mauléon). Al comienzo del film, está regresando, sofocada, de una entrevista con Montferrand, quien poco después aparece muerto de un balazo. Las evidencias coinciden en la culpabilidad de la actriz y, en un juicio que le puede costar la cabeza, literalmente, será Rebecca quien la defienda.

Poco antes de eso, en una París reconstruida comme il faut, ambas van al cine a ver Mauvaise grain, la primera película de Billy Wilder, que fue rodada en Francia en 1934 (en verdad, la codirigió con el húngaro Alexander Esway). Y aunque la marquesina de época luzca muy bien, el detalle no es puramente decorativo. En aquel film, que en español se llamó Curvas peligrosas, la protagonista, Jeannette, integraba una banda de ladrones de autos, y debía lidiar con un novio pusilánime, hijo de un industrial que lo había malcriado hasta que le cortó los víveres. Es decir, lo mismo que le ocurre a Madelaine (en cuanto al novio) con el pituqito de Édouard, hijo de un industrial de los neumáticos.

Además, y si bien intentaremos abrumar lo menos posible al sufrido lector de críticas de cine con la abundante filmografía de Ozon (para eso existe Google), apuntemos (también se lo protegerá de la irritante primera persona del singular) que hay un dato imposible de pasar por alto. Aquella Jeannette de Mauvaise grain era Danielle Darrieux, la actriz de las películas de Max Ophüls que murió centenaria en 2017, y que llegó a trabajar con Ozon en 8 mujeres, la comedia de 2002 donde también actuaba la inesperada estrella de Ese crimen es mío, cuya aparición tardía, pasada la mitad de la película, es una delicia: Isabelle Huppert, irreconocible en un papel similar al de Gloria Swanson en Sunset Boulevard, pero nada melancólica y bastante más alocada.

Todo termina por articularse. En el film, Ozon cita un par de veces a Violette Nozière, la famosa parricida parisiense que envenenó a su padre, y que fue condenada a la guillotina cuando el jurado, compuesto exclusivamente por hombres (tal como el de Ese crimen es mío), no le creyó que ella había padecido incesto desde pequeña. La pena luego se conmutó cuando muchas voces se alzaron en su defensa. Ese caso, real, ocurrió poco antes del ficticio de Madeleine, y en 1978 fue llevado al cine justamente con Isabelle Huppert como protagonista (aquí se llamó Niña de día, mujer de noche).

El casting añade aun algunos lujos suplementarios, con la participación de los veteranos André Dussolier, como el atribulado empresario de los neumáticos, y el siempre estupendo Fabrice Luchini como el juez de instrucción Rabusset, digno de Molière.

(Francia, 2023)

Dirección: François Ozon. Guion: François Ozon, Philippe Piazzo. Elenco: Nadia Tereszkiewicz, Rebecca Marder, Isabelle Huppert, Fabrice Luchini, Dany Boon. Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer. Duración: 102 minutos.

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