A Sala Llena

Experiencia Premium

¡Buen día a todos! Si, si, si… Me tomé el feriado y entregué la columna tarde, el jefe me dió permiso así que a no despotricar.  Recién me levanto y son las ocho y media de la mañana de este jueves 26 de mayo.  El sol se está asomando prometedor por mis ventanas y parece que anuncia buen tiempo y, por qué no (seamos optimistas) un buen día. Así que aquí estoy, con una taza gigante de mate cocido, en pijama, con el pelo sucio y las botas pata de oso, sin lavarme ni los dientes,  escribiendo la columna.  Por atrás pasan los gatos cagándose a puteadas, vaya a saber qué pasó; aún así, y por ahora, la cosa no puede ser más apacible. Podría prender la radio y escuchar a Victor Hugo, pero la verdad, el silencio está muy acogedor a pesar de que la casa entera es una batalla campal.

Espero que todos hayan pasado bien el feriado. Me los imagino tomando mate en chancletas con la escarapela pegada al cuero, mirando el partido y repitiendo el locro. ¿Es más o menos adecuada la postal jajaja? Seguramente no, si hay algo que caracteriza a los lectores de esta columna es el desbordante glamour y la inequívoca predisposición espumante de sus espíritus paquetérrimos (cuac). En fin…

Por mi parte, el feriado arrancó tarde, desayunando con el gordo, twitteando a troche y moche, jugando con los gatos y llamando a la flía que está lejos. Más tarde y medio como de costumbre, almuerzo en las Cañitas, partido de fuchibol por la tele, galletas de chocolate caseras hechas con mis propias y trémulas manos y rumbeada al cine.

Mi bombonazo había decidido que fuéramos a ver Piratas del Caribe… y que la veríamos en uno de esos cines PREMIUM, a los que yo me resistía a ir, argumentando las típicas taras de los ñoños cinematográficos: “…al cine no se va para comer…” o “…vamos a estar con una manga de tarados comiendo nachos olorientos e inundando todo con esa peste fatal…” y la infaltable “… van a hacer ruido con los cubiertos y no van a dejar escuchar…”.  Seguí con mi perorata, pontificando acerca de cómo en el cine solo se deberían consumir chocolates o caramelos y a lo sumo, pochoclos, pero mi querido esposo no me dió ni pelota. Estaba en todo su derecho, ya que había transado con no ver la cinta en 3D, debido a mi fobia patológica a ponerme anteojos usados.  Con todo y camperas, salimos para el Dot, a eso de las siete y media de la tarde, para agarrar la función de las nueve.

Estacionamos recontra lejos, por que el shopping estaba lleno, lleno, lleno. Nos desviaron para un estacionamiento al aire libre,  que hace que tengas que caminar por un espacio digamos que parecido a los lugares por los que transitaba Charles Bronson cuando era El Vengador Anónimo o, por lo menos, en ese momento yo lo percibí así. Sin dejar pasar la oportunidad, arremetí de nuevo a romper las bolas con que todo aquello era una mala idea. Mi esposo, firme en sus convicciones y porfiado como siempre, me dijo que era un lugar vigilado, muy iluminado (cosa que era cierta) y cerrado al público en general, por lo que no había nada que temer. Que había seguridad, que estaban hasta las cuatro de la mañana y que, seguramente a la salida seríamos una comparsa importante, por lo que no estaríamos solos. El guardia que nos atendió y nos dio direcciones, era de lo más amable y bien predispuesto, pero yo seguía desconfiada, un poco porque soy paranoica y otro para no dar el brazo a torcer. Finalmente y, debo decir, sin tener que caminar tanto como había imaginado, nos encontramos frente a la boletería del Hoyts.

 

Creo que debe haber pocas cosas que se parezcan más a una revelación o a una epifanía, que la experiencia que tuve frente al resto-bar de los cines HOYTS PREMIUM.  No había nadie en la boletería, no había que hacer cola, todo tenía un maravilloso olor a café de máquina y los pibes que te atendían eran tan amables que te derretían el corazón. Ya a esas alturas, mi velocidad para aburguesarme y tranzar con el sistema se había, por lo menos, triplicado.

Hubo un problema con nuestra reserva que casi hace que me despierte de aquel sueño de clase media alta, pero la gente más que servicial encargada, creyó en nuestra palabra y nos prometió que tendríamos nuestros lugares. Yo ya había pasado de escéptica, a conversa y había entrado en estado de felicidad infantil frenética, en menos de cinco minutos.

Entramos en el resto-bar y nos sentamos tranquilos a esperar que se hiciera la hora de la función. Yo me tomé unos dos litros de jugo de naranjas y mi hombre (como macho que es) una cerveza. Charla va, charla viene, se hizo la hora de entrar y un camarero nos preguntó si íbamos a querer cenar en la sala. Mi esposo me miró irónicamente, con un cierto rictus de triunfo que ignoré de manera olímpica, cuando sin vacilar ordené mis fajitas de pollo con palta y agua mineral. Él, mas previsor tal vez, mas canchero, ordenó una picada liviana y otra cerveza mas, para quedar relajado y for fai.

 

Otra experiencia religiosa fue ver la sala a media luz y sentarnos en esas butacas súper confortables, súper acolchadas, súper reclinables estilo primera clase aérea y con el adminículo desplegable para apoyar las patas. ¡Oh my God! Nada que se asemeje más al orgasmo. Reboté diez veces en el asiento de cuero maravilloso con el culo, plegué y desplegué diez veces más el temita para apoyar los pies; la reclinaba, la subía, la reclinaba, la subía, Australia, Estados…, Australia, Estados… Hasta que mi esposo me señaló amablemente, que me dejara de jorobar con la butaca y me acomodara de una vez por todas.

Por fin, se apagaron las luces y empezó la película…

 

Piratas del Caribe, Navegando Aguas Misteriosas, está muuuyyyy buena. Tal vez no sea la mejor de la saga, pero indudablemente cuenta con el encanto imperecedero que ha bendecido a todas las cintas protagonizadas por el carismático e irresistible capitán Jack Sparrow. A estas alturas ya más o menos todos saben de qué se trata. Todos los piratas van detrás de la FUENTE DE LA JUVENTUD y, para mi beneplácito más que personal (ustedes saben de mi debilidad), navegan aguas infestadas de: ¡SIRENAS!

La película tiene como novedades a Angélica, personaje que encarna la sensual, tetona y bigotuda incipiente Penélope Cruz (que todavía no se decide a hablar inglés como Dios manda) y al pirata Barba Negra, llevado a la pantalla de manera “correcta” y con algunos toques de efecto interesantes, por Ian McShane. Más allá de ellos hay dos o tres personajes nuevos, que seguramente se desarrollarán más en entregas venideras de la saga. Un curita joven y carilindo y, por supuesto el hallazgo de la película, la sirena SYRENIA; interpretada por Astrid-Bergès-Frisbey, quien dota a este mítico personaje de una belleza incomparable y una dulzura proverbial. 

Debo decir, lo mejor del film, es la escena en la que las sirenas atacan un bote de marineros, puesto de carnada para atraparlas. Les juro que literalmente me cagué en las patas cuando aparecieron y, el ataque, es el bloque mejor filmado de toda la película. Por mi parte, hasta ahí, encontré las secuencias de acción un poco lentas, un poco duras de montaje y demasiado apoyadas y confiadas en la música alucinante del genial Hanz Zimmer. Por alguna razón, me pareció que faltaba un poco del vértigo, un poco de la velocidad característica, que tiene siempre el relato.

Como es usual, ovación para el Capitán Barbossa. Geoffrey Rush sigue haciendo de las suyas y robándose las escenas en las que participa de manera contundente, pero refinada, romántica y sin estridencias innecesarias.

Johnny Depp siempre está bien, la luz bien, la música espectacular, la comedia en buen ritmo y bla bla bla… Todo más o menos acorde al plan. Todo, menos algo completamente inesperado y sorpresivo…

 

Algunas oraciones atrás, les dije que “literalmente” me había cagado en las patas en la escena de las sirenas y así fue. Mas o menos a esa altura de la película y después de haberme tomado el jugo gigante de naranjas, el medio litro de agua que me sirvieron y engullido con avidez las fajitas, la panza empezó a hacerme unos ruidos más que interesantes y, obviamente dadas las circunstancias, no muy bienvenidos. 

En vano traté de relajarme.

Comencé a sudar frio, a acomodarme y reacomodarme en la butaca aguantándome los retortijones dolorosísimos que se me iban enroscando en las tripas. Sí señor, mi colon irritable, más que irritado estaba furioso con la cantidad de naranja, palta y pimienta que me había echado al coleto. Le agarraba fuerte la mano a mi marido, practicaba soplo rápido (Yôga), me masajeaba el abdomen (peor) y fruncía como si no hubiera un mañana… Nada resultó.

Habré estado unos quince minutos aguantando, cuando una luz de esperanza se encendió en mi cerebro y recordé que estaba en un cine en el que los baños debían estar bien cerca de la sala. Le dije a mi baby que era de categoría urgente e imperiosa, que yo saliera del recinto hacia los establecimientos sanitarios, porque el cuerpo así me lo requería de manera más que insistente… Bueno, tal vez no fui tan decorosa y lo resumí con algún sustantivo y adjetivo un poco menos refinado, pero si más adecuado y certero. Así fue como, disparada, me metí en los baños celestiales del cine, sin ningún tipo de empacho en proferir todos los ruidos explosivos inherentes a mi condición digestiva, dentro del cubículo inmaculado. Después de “evacuar”, me habré quedado unos buenos cinco minutos más meditando en el silencio monástico del baño y, livianita y tranquila (por lo menos por el momento) volví a la sala. De verdad me encontraba pacífica. Los baños eran perfectos y estaban cerca, por lo que el fantasma de la diarrea se había desvanecido, dándole lugar a una sensación bienhechora de amparo. Después de todo, si el asunto arremetía de nuevo, no había nada que temer. Solo había que volver al baño cercano e impecable, reflexionar un rato sobre la vida y los impuestos y regresar con un kilo o dos menos a la sala.  En ese momento me di cuenta que había encontrado mi lugar en el mundo. Un lugar de ensueño en donde se preocupan por mi bien estar, me sirven la comida, me ponen la película con un sonido monumental que hace que no escuche nada más que eso, me sientan en unos sillones increíbles y mullidos, tan separados de los demás que no me llegan  aromas indeseables y me permiten incluso, alucinar con que estamos solos en el cine y la función es toda para nosotros.  Si hay algo que define mi personalidad es la palabra “comodidad”. Sí, soy una persona cómoda y, por ende, un tanto difícil de aguantar. Fue por eso que, mi esposo quien me conoce probablemente mejor que yo misma, nunca dudó que en cuanto pusiera un pie en aquella sala, no querría salir nunca más y así fue. Me acomodé en la butaca, me tapé la panza con mi saco y finalmente me tuvieron que arrastrar prácticamente afuera de la sala. Me quedé a ver la escena posterior a los créditos, me puse a comentar con Ro la brillante aparición de Judi Dench que hace un cameo delicioso y a preguntarle que cómo había estado su comida y que los baños y que la mar en coche… No me quería volver a mi casa, si por mi hubiera sido nos quedábamos a dormir. El feriado del 25 había sido rematado por una experiencia a la que me había resistido por años pero que, finalmente, me había conquistado y seducido de por vida. Una total y absoluta sumisión a aquel confort voluptuoso y narcótico, que me tendrá por siempre prisionera. ¡Si, me vendí y qué!.. Decime algo a ver…

 

Prendieron las luces y nosotros seguíamos allí.  ¿Qué puedo decir?..

¡NUNCA MAS UNA COLA PARA ENTRAR AL CINE, EXPERIENCIA PREMIUM, AQUÍ VOY EN PALOMITA DESDE ESTE TRAMPOLÍN DE COTONETES!

 

PD: Gracias a los muchachos de Hoyts por habernos atendido tan bien.

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