A Sala Llena

Fashion Police…

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¿Han sufrido de insomnio? Qué tal angustia o ansiedad… ¿Estrés, exceso de cansancio que impide la normal entrada del sueño en nuestros ojitos achinados y enrojecidos? Todos hemos estado ahí. Hemos pasado noches interminables, dando vueltas en la cama, escudriñando el techo, estirando y doblando las rodillas, sacando una pata afuera, volviéndola a meter adentro, tapándonos hasta la cabeza, haciendo la parabólica humana tratando de encontrar una posición que nos permita dormir, que nos deje descansar, sobre todo si al día siguiente hay que levantarse temprano y uno no tiene todo el tiempo del mundo para dormir.

Las abuelas han elaborado remedios caseros por años y años, hasta convertirlos prácticamente en mitos y leyendas: la leche tibia con miel a la medianoche, la cocoa caliente, el truco de cerrar los ojos aunque no se tengan ganas y apretarlos por largo rato o, al contrario, fijarlos sin pestañear en algún punto hasta que no puedan más de cansados, un vaso de agua sin respirar hasta el fondo,  contar ovejas… Y todos usamos alguno y, si no funciona, tratamos de inventar el propio que nos saque del atolladero. En una época, yo tenía uno que era casi infalible.

Pero primero chusmetiemos de los que nos convoca por estos días con calenturiento entusiasmo y renovado cholulismo: la entrega anual de los premios de la Academia.

Sé que muchos se aburrieron como hongos, sé que a muchos directamente los durmió (como todos los años) y sé que otros quedaron decepcionados con la repartija de estatuillas; qué puedo decir. Creo que esta ceremonia es, lejos, la mejor que he visto. Me gustó el presentador, me gustaron los musicales, me gustó el tono, me gustó la acides, me ENCANTARON los homenajes, me gustaron muchísimo las películas nominadas (las que vi), las notas de color, la Primera Dama de los Estados Unidos de América entregando un premio, Jack con las patillas despeinadas, las batateadas, todo…

Todos los años miro la entrega. Todos. No me la pierdo ni siquiera cuando me hace mal. Vieron que hay años en este palo del cine, en los que uno se siente un poco amargado, un poco frustrado, un poco imbécil… Y la entrega no viene si no a recordarle eso y a hacerle sentir que es un perdedor. Pero hay otros, como este año, en los que parece que las cosas sonríen y que el oficio se abre y se vuelve a hacer amigo. En estos años, más que nunca la disfruto, porque siento que estoy mirando a “colegas” jajaja. Tipos que han pasado las mil y una, y que también han tenido horribles pesadillas.

Iban a venir amigos a casa para ver la transmisión, pero como por estos días ando con mucho laburo incluso los fines de semana, tuve que suspender a último momento, ya que no tenía tiempo para cocinar y atenderlos como ellos se merecen. Lo que sí, en cuanto arrancó la alfombra roja, pedí sushi (para sentirme importante), dejé todo lo que estaba haciendo, mandé a todo el mundo a su casa, me acovaché en el sillón y me apoltroné como Dios manda. El show comenzó, y no me decepcionó para nada.

Ahora, seguramente los muchachos de A SALA LLENA, harán un desglose concienzudo y certero de lo que fue todo el asunto, en lo que a la cuestión cinematográfica se refiere. Y como ellos hacen todo eso tan bien, a mí me queda permitida la notita de color. Así que, en esta columna vamos a hablar de la moda y sus controversias, en la legendaria alfombra roja… Vamos, a quién quieren engañar, ya todos están pensando en Anne Hathaway y sus polémicos (y estoy segura que celestiales) pezones puntiagudos.

Particularmente, adoro la moda. Me parece que, en el arte de empilchar, es donde el hombre promedio encuentra a diario su oportunidad de ser creativo. Ahora bien, ¿qué sucede cuando este hecho convierte un evento portentoso como es llevarse a casa una estatuilla, en una mísera anécdota coyuntural, a la sombra de lo que el público percibe como un colosal error de criterio?

La entrega de los premios Oscar siempre ha sido un faro de glamour y un evento anual de la moda de manera subtextual pero, ¿acaso se ha vuelto este subtexto colorido y catalizador del cotilleo, un asunto más importante que el premio en sí?  La pobre Anne tuvo que salir a disculparse por el vestido que llevaba puesto. La versión oficial vino revestida por el asunto de los pezones (que explotó en twitter), pero la realidad es que, prácticamente, la mina tuvo que pedir perdón por haberla pifiado con el modelito. En pleno siglo XXl, ¿en qué cabeza cabe? A esta altura de la soirée, todavía las mujeres seguimos sometidas a yugos ridículos. Me cacho en dié, ¡qué carajo importa si el vestido rosado que llevaba no era tan despampanante como otros que ha vestido en la alfombra roja! ¡La mina se llevó un Oscar por Dios Santo, y muy merecido ciertamente! Además de ser hermosa irrefutablemente hasta con una bolsa en la cabeza. Aparentemente, el asunto de usar o no el vestido indicado, se ha vuelto una cuestión espeluznantemente definitiva, a la hora de sentirse o no el ganador de la noche. Y esto es indescriptiblemente pedorro. Que una actriz de la talla de Anne se vuelva a su casa con sabor a derrota, porque algún pelotudo proverbial calificó su vestuario de desastroso, habla a las claras de la lo trastocado, vulgarizado e idiotizado que está por estos días el sentido del premio. Y ojo, no estoy en contra de las chanzas y las manifestaciones de humor relacionadas con el asunto, pero si (y con enjundia) de la banalización total de un evento que debería ser ponderado en toda su dimensión. Después de todo, se trata de colegas premiando a colegas y este espíritu de sublime y elevado romanticismo, se ha desdibujado demasiado y de forma ingrata.

La moda es maravillosa sí, pero el mundo de los imbéciles y las cínicas la está convirtiendo en otro martillo de opresión venenosa y vil humillación. ¡BASTA DE ESTA TIRANÍA RASTRERA Y ENVIDIOSA DE LOS VILES Y LOS IMPOTENTES! Otorguémosle a cada ritual el valor merecido y no dejemos que la liviandad y la estupidez, se alcen con la verdad de las cosas, dejándola trastocada y desmerecida.

En fin, me apasioné un poquito como quien dice…

Cuando tengo insomnio, muchas veces me resulta increíblemente relajante y dulce, imaginar mi vestidito para el OSCAR. Cierro los ojos, veo la forma, veo el contraste con la alfombra, saludo al público que me aclama, me ciegan los flashes… Eso, por supuesto, cuando no hay algún otro ejercicio más intenso y sudoroso que me deje for fai… Porque lo importante es lo importante.

¿Y ustedes, qué piensan?

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