A Sala Llena

Festival de Danza en el Centro Cultural Rojas: El suicidio de Madame B.

 

Festival de Danza en el Centro Cultural Rojas: El suicidio de Madame B.

Idea: Silvina Grinberg. Concepción, creación e interpretación: Silvina Grinberg, Nora Moreno, Vicky Carzoglio. Iluminacion: Juan Carzoglio. Musica: Nahuel Rojo. Músico invitado: Diego Demarchi. Asistencia de dirección: Franco La Pietra. Prensa: Simkin & Franco.

Somos Emma

“Madame Bovary soy yo”

Gustave Flaubert

En el año 1857 Gustave Flaubert es sometido a juicio por su novela Madame Bovary (hasta ese momento publicada por capítulos en una revista parisina: La Revue de Paris). Se lo acusaba en ese entonces de “ofensas a la moral pública y la religión”.

En un artículo publicado en “Literatura de izquierda” [Beatriz Viterbo, 2004], al cual me remito, titulado Perder el juicio, Damián Tabarovsky realiza un análisis de este proceso que, por supuesto, no voy a transcribir aquí pero me interesa rescatar dos ideas que de él se desprenden que me van a servir de excusa para introducirme en esta obra de Silvina Grinberg. Por lo que los invito a permitirme esta pequeña, y espero, grata, digresión.

Para Tabarovsky, el conflicto sobre Madame Bovary comienza, en realidad, un año antes del juicio, en 1856, cuando Flaubert comienza un tira y afloje con su editor Maxime Du Camp quien proponía a la novela diferentes censuras. Por un lado, estaban las críticas esperadas, las que el autor del artículo llama “de contenido”: detalles carnales, impúdicos, contenidos pecaminosos. En segundo lugar, se encontraban las censuras de “forma”. Éstas son las que nos interesan. Lo que se estaba poniendo en cuestión allí, ya no era un asunto de moral o de buenas  costumbres sino que se apuntaba al centro de la escritura: al estilo mismo de Flaubert. Du Camp aludía a una complejidad de la escritura, a que había cosas “de más”, inútiles, a que era excesiva. Justamente sobre este modo se va a sostener la acusación del juicio: sobre el exceso de la escritura.

Más allá de cómo se resuelve finalmente el juicio (veredicto que dejo en manos de la curiosidad de los lectores), para Tabarovsky, este exceso representa el comienzo de una literatura que rompe con el mundo, el inicio de la autonomía de la literatura, del lenguaje por el lenguaje mismo. Y ubica así a Flaubert en los inicios del modernismo, en la vanguardia literaria. Y es en este exceso de escritura, en este desborde, que nace el trabajo sobre la frase. Según Tabarovsky: “Si la tragedia de Flaubert lleva un nombre, ése es: la frase.  La literatura de Flaubert está hecha de frases, cada una es una totalidad, una novela en miniatura.” Y según el mismo Flaubert: “las frases se hallan tan atiborradas de ideas que parecen reventar…”

Y la propuesta performática de Silvina Grinberg en este trabajo sobre Madame Bovary está hecha de frases y de excelentes excesos.

La sala Batato Barea del Centro Cultural Ricardo Rojas nos recibe con una luz roja que encandila y unos brazos que parecen desesperados y unas piernas yacentes que asoman por debajo del telón.

Primera frase: tres Madame B., vestidas con trajes amplios, propios de las damas de la burguesía del siglo XIX, dos ocupadas con quehaceres hogareños diferentes, otra, leyendo; apacibles. De pronto, un hilo de sangre rojo oscuro brota de sus bocas. Desfallecen.

Segunda frase: tres Madame B., el baile, Schubert, una danza de salón, exagerada por momentos.

Y la obra continúa de este modo, de frase en frase. Cada una de ellas pertenece al trabajo sobre un momento distinto de la vida de este tremendo personaje femenino de la novela de Flaubert. Cada una de ellas cierra sobre sí misma y está colmada de un potencial significativo propio. Cada pequeña estructura narrativa tiene su clímax, que se van potenciando a medida que transcurre la obra hasta llegar al desenlace desesperado -esa escritura que ya está fuera de uno, que es indomable-.

Sobre el escenario hay una silla mecedora, una lámpara de pie, una alfombra, una casita de muñecas y una mesita pequeña que las bailarinas hacen entrar en algunas escenas. Cada uno de estos elementos nos remite a la vida doméstica de Emma, a sus obligaciones, sus momentos de descanso, de lectura, su hija. Y es en medio de ese pequeño mundo cotidiano (quizás asfixiante) que se va a ir desarrollando la angustia de Emma hasta su extraordinario final.

La obra en general es performática. El lenguaje puro de danza se utiliza en pocas ocasiones. La palabra toma protagonismo en textos que remiten al libro de Flaubert y en una expresión que se repite varias veces durante la obra en los diferentes personajes: “Emma soy yo”. De todas maneras, cuerpo está implicado en todo momento. En cada frase una de las bailarinas toma protagonismo y las otras dos funcionan de soporte para la escena. A veces interviniendo corporalmente con la intérprete principal, a veces modificando el  espacio o la escenografía (la alfombra funciona de mortaja, de prisión, de fondo de retrato de boda) y otras veces regulando la iluminación, moviendo la lámpara de pie o acercando pequeños faroles al cuerpo de una bailarina mientras ella lee las cartas de su amante. Así, se logran momentos de mucha dinámica en la escena, casi cinematográficos: cuando dos bailarinas dan vueltas a la alfombra sobre la que está sentada una Emma o cuando corren a gran velocidad alrededor de otra cubriendo todo el escenario.

Lo interesante de esta obra de Silvina Grinberg es que uno entra allí pensando que va a ser partícipe de un drama, esos dramones que a veces uno no tiene muchas ganas de presenciar, de hecho el comienzo de la obra es bastante calmo. Pero a medida que se desarrollan las frases, por un lado va subiendo la tensión escénica, pero por el otro, las bailarinas y la directora se permitieron jugar con el grotesco de un modo tan bien logrado que ese drama se convierte en algo más que en solo la pena de esa mujer desesperada. Se reactualiza la historia y se permiten entrever significaciones más contemporáneas como la tensión entre lo femenino y lo masculino. En cada cima de la escalada dramática, aparecía de pronto un detalle cuasi bizarro (notables excesos de escritura): un bebé iluminado por dentro -como fluorescente- que daba una impresión tétrica, una Madame B. con una bombacha con la inscripción “Paris” en la parte de atrás, un hombre vestido de mujer, la música de Marilyn Manson con Sweet Dreams mezclada con música de violín en vivo por Diego Demarchi, con Verdi y María Calas. Y, para resaltar especialmente, la tremenda escena del suicidio de Emma. Escena que se convierte en una especie de rave moderna, en donde la intérprete se sumerge en una ingobernable serie movimientos  arrebatados, acompañados con una luz titilante que recorre su cuerpo y los diferentes objetos de la escenografía que pertenecieron a la vida de Emma, con Seven Nation Army de White Stripes de fondo que termina de darle la gran potencia que posee el momento.

Emma es la que cose. Emma es la que lee. Emma es la que baila. Emma es la quiere a su hija y no. Emma es la que escribe cartas a escondidas. Emma es mujer. Emma es hombre. Emma es la que se mata. Ella es Emma, ella es Emma, ella es Emma y él también es Emma.

 

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