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CRÍTICAS - STREAMING

Muerte infinita (Infinity Pool)

Hay personas que se odian a sí mismas. Una pulsión autodestructiva que despunta como adicción u obsesión. Personas que se olvidan de quiénes son, o de quiénes querían ser, y se mueren en vida. 

En Infinity Pool, los personajes cuentan con los recursos económicos para que su autodestrucción sea literal. 

La fantasía de la película funciona así. En un país inventado —una mezcla de todo lo que Hollywood imagina que espera más allá de las fronteras estadounidenses, un pastiche de satélite soviético y país bananero— hay un par de leyes bastante peculiares. Una de ellas dice: si alguien mata, el familiar de la víctima tiene derecho a vengarse. Sin embargo, para victimarios extranjeros, hay una ley paralela: si ellos pagan una multa (probablemente exorbitante), el gobierno puede clonarlos (sí, clonarlos) para que la pena de muerte recaiga sobre el doble. 

Con esta segunda ley, el gobierno (de lo que aparenta ser un estado policial) pretende estimular el turismo. Y nuestros protagonistas millonarios la aprovechan para ejercer sus privilegios de clase en un país “tercermundista”. La ley abre un (deliberado) vacío legal en el que ellos pueden cometer cualquier crimen, cualquier atrocidad, sin sufrir las consecuencias. Porque siempre es el clon quien recibe el puñal en el estómago. 

El proceso de clonación es un viaje psicodélico. Los personajes sueñan en colores flúor y porno borroso, y despiertan luego de haber sido clonados. Lo que, obviamente, deriva en la duda: ¿quiénes son los clones y quiénes los originales? El clon preserva todos los recuerdos del original, entonces no puede distinguir la diferencia. Y el proceso es un secreto de estado, así que tampoco se puede averiguar la respuesta. 

De todos modos, a nuestros protagonistas no les importa. Viven todo como una continuidad de muertes ajenas. Y disfrutan de ver cómo sus clones (¿o sus originales?) son ejecutados. Especialmente disfrutan de eso. 

Todavía no mencioné quiénes son los protagonistas. Quizás porque, cerca del final de la película —cuando ellos se sumergen en el olvido o en la negación de sus identidades—, esto deja de importar. 

El novelista frustrado James Foster (Alexander Skarsgård, poniendo el cuerpo otra vez, como en El hombre del norte) busca algo de inspiración creativa en este apócrifo paraíso tropical. Hace años que sufre un bloqueo y depende económicamente de su esposa de familia acomodada, Em. Hasta que un día, en el hastío del hotel, conocen a una pareja, Alban y Gabi (Mia Goth, la reina del terror moderno). Son fanáticos de la única novela que logró publicar James. Y son ellos quienes, de a poco, introducen al escritor y a su benefactora en el submundo de millonarios clonados. 

Brandon Cronenberg, director y guionista de Infinity Pool, juega con fuego. Por su elección de trama y temática, casi nos obliga a compararlo con Papá David. Pero increíblemente —o no tanto, porque Brandon sabe lo que hace con la cámara, sabe cómo plantear un clima y sostenerlo durante dos horas— logra escapar de la sombra de su padre. 

Infinity Pool no pierde tiempo ni aporta información de más. En su búsqueda de un sentimiento, una atmósfera o vibe, deja atrás a sus personales, los achata, no los explora más allá de sus etiquetas: extranjeros ricos, privilegiados, emblemas del saqueo. James se resume en dos polos: o es un escritor reprimido y sin ideas, o un sádico que destapa todo lo tóxico que guarda adentro. 

Pero esta chatura también la podríamos interpretar como precisión o eficiencia. Infinity Pool sabe exactamente lo que es y lo que quiere decir. 

A Cronenberg no le interesa la verosimilitud del proceso de clonación, no especula sobre las implicancias reales de la tecnología. Aborda la ciencia ficción como lo haría un Philip K. Dick, como una excusa para visualizar un estado de ánimo y una percepción del mundo.  

James y su grupo de adictos (a la clonación) inauguran una versión extrema del anonimato. Son identidades líquidas, conciencias en tránsito. Se vacían de contenido y de recuerdos. Matan, cogen y (se) torturan (a sí mismos). La libertad máxima, para ellos, es librarse de quiénes son, borrarse del mapa. Bailan en la incertidumbre, sobre una tierra de nadie donde no importa ser clon o ser original, donde nada los afecta, donde pueden morir mil muertes y vivir para matarse de nuevo. 

Cronenberg nos sumerge en una confusión de escenas bizarras que, predeciblemente, desdibujan las fronteras entre lo real, lo soñado y lo imaginado. Multiplica las elipsis y los baches narrativos. Dejamos de saber cuándo vemos al clon de James y cuándo al original, si es que todavía existe. Los personajes dejan de ser personajes y se convierten en envoltorios vacíos o —para cambiar de metáfora— en autómatas que avanzan a fuerza de necesidades básicas. 

La pulsión autodestructiva —el odio a uno mismo convertido en odio hacia todos— destruye la humanidad de los protagonistas. Y por su condición de turistas privilegiados, esta autodestrucción no solo los afecta a ellos sino también a países y economías enteras. 

Ellos son víctimas de su autodestrucción, pero no son ni los primeros ni los últimos perjudicados. El costo es compartido.

(Canadá, Croacia, Hungría, 2023)

Guion, dirección: Brandon Cronenberg. Elenco: Alexander Skarsgård, Mia Goth, Cleopatra Coleman. Producción: Andrew Cidivino, Rob Cotterill, Jonathan Halperyn, Karen Harnisch, Anita Juka, Daniel Kresmery, Christina Piovesan. Duración: 117 minutos.

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