A Sala Llena

El Chico de la Bicicleta (Le Gamin Au Vèlo)

El Chico de la Bicicleta (Le Gamin Au Vèlo, Bélgica, Francia, Italia, 2011)

Dirección y Guión: Jean-Pierre et Luc Dardenne. Elenco: Cécile de France, Thomas Doret, Jéremié Renier, Fabrizio Rongione. Duración: 87 minutos.

Reseña previamente publicada con motivo de exhibición en la Competencia Oficial del 64º Festival de Cannes:

http://www.asalallenaonline.com.ar/festivales-cine/64o-festival-de-cannes/2315-diario-del-festival-dia-4.html

Un alma en pena.

Gracias a los hermanos Dardenne, al fin, a cuatro días de iniciado el festival contamos con un film digno de representar a una Selección Oficial, aunque nos encontremos a la espera de otros ejemplos, Le Gamin Au Velo (The Kid with a Bike), representa uno de los mejores films de los Dardenne, implora una búsqueda sobre personajes naturales, conflictivos, cual habrían ya hecho con El Hijo o El Niño, Le Gamin..

claramente se encuentra en la veta de esos films, con temática social y conflictiva a partir de un niño que hospedado en una institución ya que su padre no puede hacerse cargo de el, salvo algún fin de semana, encuentra a una peluquera que lo alberga sólo por esos dos días de la semana. Su padre decide dejar de verlo, desarraigarlo de su vida; el menor por más fallidos intentos que suscite no logra concretar el menor encuentro. Es así como el conflictuado niño que presenta altercados por donde transite, su carácter y formas describen su personalidad causa de un comportamiento debido a ese abandono parental. El film se sumerge con naturalidad y con esperanza, algo que los Dardenne siempre estuvieron lejos de demostrar en sus otros films, que un alma en pena puede reconstruirse, replantearse por más que estemos hablando de un menor.

 

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En el marco de la semana del cine europeo, se proyecta con la presencia de sus directores, el maravilloso film El Chico de la Bicicleta. La sala estaba repleta, se respiraba gran ansiedad por todos los espectadores, de ver este último trabajo de los creadores de Rosetta.

La velada cinéfila estuvo a la altura de las expectativas, los hermanitos Dardenne demuestran una vez más porque son unos de los realizadores actuales más prestigiosos del viejo continente. El fuerte aplauso y ovación final, dio prueba de ello.

La historia parece sencilla, pero no lo es ni de cerca. Cyril, interpretado magistralmente  por el niño Thomas Doret, es un pequeño que es abandonado por su progenitor y dejado en un refugio para niños. De ahí en más la obsesión del protagonista es solo una, encontrar a su padre y así contrarrestar una realidad que él tanto desmiente.

En esa desesperación se encuentra con Samantha, encarnada por la siempre hermosa Cécile de France, una serena y ordenada mujer, con un evidente instinto maternal que se enternece con este crispado y rabioso muchacho. Es ahí donde se cruzan los dos deseos, el de Cyrill de encontrar a su padre, y el de Samantha de ser una madre salvadora. Este vínculo, cambiará la vida ambos notablemente.

Narrativamente inquietante, por momentos vertiginoso, dramático y apabullante, los Dardenne ofrecen nuevamente un relato que se sumerge en las complejas profundidades de las relaciones humanas desprovisto de todo tipo de juicio moralista y ponen sobre el tapete la ambivalencia que rigen al comportamiento a la hora de entablar vínculos. Cyrill es un niño, por momentos adorable y en otros, un pequeño demonio que dan ganas de bajarlo de un hondazo.

El desenfreno del niño, en su búsqueda constante, cuenta con una sola herramienta: su amada bicicleta. Esta sobreexcitación, nos agota de a ratos. Nosotros experimentamos el cansancio que este muchachito inquieto, no siente. El protagonista que aparece en casi todos los planos, muchas es veces seguido por la cámara en mano, pero también en otras oportunidades logra escabullirse de la misma. Esto le da un ritmo apasionante al largometraje, que a medida que avanza en lo minutos, incrementa en intensidad narrativa. La tensión no desaparece hasta el último plano.

Un dato interesante, es la música, es la primera vez que los Dardenne, utilizan este recurso en uno de sus film y lo hacen nada más y nada menos que con la sinfonía “Emperador” de Beethoven, la cual suena acertadamente en las escenas más conmovedoras de la cinta. La música amansa a las fieras dicen, y se escucha de manera muy brillante cuando este chico enfurecido puede entregarse al afecto de una desconocida.

A pesar de que Samantha y Cyrill sean dos planetas totalmente diferentes, un deseo en común los une, que es el de dar y recibir amor, esto les permite intercambiar sus bicicletas y transitar la incómoda y accidentada vida juntos.

Este ofrecimiento de amor, es el que los hermanos belgas sienten por el cine, y posibilitan gracias a películas como estas, enamorarse a uno cada vez más del séptimo arte.

 

Por Emiliano Román

O benditos sean los Dardenne

Un niño agarra fuertemente el tubo del teléfono. No quiere soltarlo, a pesar de que así se lo demandan. Su expresión, de una expectación indescriptible, es frenética. Está esperando oír una voz. Una sola voz, la de su padre.

El niño, Cyril, está internado en un instituto de menores. Está buscando a su padre. A pesar de que las autoridades del instituto lo han buscado y no han dado con él, Cyril está obstinado a encontrarlo. Se niega a creer que vendió su propia bicicleta, se niega a creer que se mudó, se niega a creer que no quiere verlo, se niega a creer que lo abandonó. Lo que vemos es sencilla y complejamente, la búsqueda que Cyril realiza de su figura paterna, el vacío que le provoca la ausencia de ese héroe con el que se identifica y que está dispuesto a seguir a cualquier parte.

Si en El Niño los Dardenne pretendían hablar acerca de la dificultad que posee un hombre adulto de aceptar la responsabilidad paterna, de abandonar ese estado de niñez, de delincuente infantil que cambia a su propio bebé por dinero; en esta película la mirada está puesta sobre el niño, quien debe aceptar brutalmente que su padre está ausente y que es necesario cambiar el rumbo, adoptar otra figura paterna.

El problema es que, justamente, el niño es un niño, y está preso de su propio laberínto. Buscando ese héroe paterno a seguir, se cruza con un delincuente callejero que “lo adopta como mascota” e inmediatamente reniega del amor que una joven peluquera, que lo adopta y acompaña, le pretende dar. Lo que se pone de manifiesto es ese mundo drásticamente adulto al que el niño, repentinamente, debe enfrentarse.

Pero el tema aún más importante es esa forma, tan característica de esta dupla, elegida para contarnos Rosetta, para contarnos El Hijo, para contarnos El Silencio de Lorna. Esa forma Dardenniana con todas sus constantes y variantes a cuestas. Su constante seguimiento del protagonista en tiempo fríamente presente, sin flashbacks ni ninguna articulación temporal notable de montaje, marcando y remarcando el proceso emocional que este atraviesa. Si en El Hijo el protagonista cargaba con la cámara en su espalda como un Jesús contemporáneo (carpintero y todo) que hace un sacrificio enorme en nombre de su hijo, aquí es este niño el que carga con el peso de todo ese mundo que se niega a aceptarlo en su condición de tal. En su condición de niño. Dispuesto a cualquier cosa por conseguir el amor de su padre. De un padre.

Ya van tres intentos de escribir esta primera oración de este párrafo, todos fallidos por no encontrar las palabras convenientes para describir la actuación del protagonista, Cyril, protagonizado por Thomas Doret, por parecerme todas ellas demasiado redundantes o empalagosas. Hasta el día de hoy (la película la vi el miércoles pasado) se me repite en la mente, en forma de loop, la escena que describo al comienzo de este artículo. Ese niño, frenético, ansioso, con su eterna remera roja, jeans y zapatillas, temeroso de hundirse en el abismo si suelta ese tubo del teléfono. Realmente no hay palabras que no suenen redundantes. Según los mismos Dardenne, en esa pequeña conferencia de preguntas de espectadores que ofrecieron al final de la película, para el casting se presentaron algo así como 200 niños, lo que pone indefectiblemente en evidencia el ojo criterioso de selección que poseen estos directores para con sus actores. No se si a raíz de esa conferencia es que se activó este mencionado loop, ya que mencionaron que la prueba crucial de dicho casting era la escena donde sostiene dicho tubo, esperando que atienda su padre. Detalle aparte.

Dudo mucho que hubiesen encontrado alguien mejor. El tal Doret, en definitiva, se lleva merecidamente todos los aplausos.

 

Por Martín Tricárico

La razón del movimiento

Dos películas pueden ser distintas pero, al mismo tiempo, contener elementos que las hagan parecidas entre sí. Las estructuras argumentales pueden ser diferentes pero el estilo de narración, la puesta en escena y los temas conectan obras que, en su planificación y filmación, son opuestas. En la cartelera de estos días se puede ver La traición, un muy interesante film de ese incansable director llamado Steven Soderbergh. La historia se centra en una agente secreta que trabaja para múltiples gobiernos llevando a cabo peligrosas misiones. En una de ellas el plan fracasa porque su propio grupo de trabajo la traiciona. Al no poder matarla, ella buscará venganza. Pero, mientras busca la revancha, es perseguida por los mismos que ella quiere eliminar. Es una película lograda porque contagia ese dinamismo extremo que -como su realizador- nunca parece tomarse una pausa. Es un metraje que se mueve constantemente gracias a la participación de una figura central en el relato.

Por otro lado, El chico de la bicicleta es el nuevo trabajo de los hermanos Dardenne. La historia se centra en un chico de 11 años que es abandonado por su padre porque no puede mantenerlo. Por esa razón, lo deja en una especie de orfanato. Al enterarse de que su padre tiene su bicicleta, el chico va a buscarla a su departamento pero no solo no la encuentra, sino que además ve que ya no hay nadie viviendo ahí. Cyril es ayudado por Samantha, una joven peluquera que siente la necesidad de ayudarlo y descubrir el destino de su padre, al mismo tiempo que lo acoge como si fuese una nueva familia para él.

Estos realizadores tienen un estilo bien diferenciado. Los Dardenne siguen a sus personajes de cerca, con su cámara casi pegada a sus espaldas. Esto le otorga a sus trabajos dos características: en primer lugar, la relación directa del espectador con la trama y, en segundo término, una asfixia constante por los temas tratados. Sobre esto último, en films como El niño, los cuestionamientos éticos se encuentran ligados a esta construcción estética. La mirada juzgadora –pero nunca condenatoria– de los directores tiene completa unión con las acciones de los protagonistas.

Sin embargo, en su anterior película, los Dardenne abandonaron parcialmente su estilo (mientras que otros lo adoptaron para su cine) para concentrarse en un despegamiento de la cámara. En El silencio de Lorna, ciertos momentos eran retratados desde una distancia inusual. Si bien no es una gran película, sus fallas no son consecuencia de este cambio de estilo, sino de cuestiones argumentales y temáticas. En su estética se observa que hay una mayor afinidad por lo clásico, por una cámara quieta, más paciente pero también más lejana. Esto guarda cierta lógica con la trama: en ese film, la protagonista busca nacionalizarse y abrir un bar en Francia, es decir, pretende establecerse, quedarse en un lugar. En este sentido, los directores son consecuentes con ese modo de vida: las acciones son retratadas de un modo indiferente, como si se tratase de una historia más, de otro inmigrante que busca refugio en ese país.

El protagonista de El chico de la bicicleta parece estar en el polo opuesto que Lorna. Mientras ella prefiere ser parte de la clandestinidad (debido a la persecución de inmigrantes en Francia), Cyril se encuentra siempre en movimiento. Lo que quiere es saber dónde se halla su padre. Es admirable lo que hacen los Dardenne con este personaje: lo llenan de nervios, ansiedad y desesperación para que nunca deje de moverse. Esto lo lleva a dos consecuencias. La primera es a nivel argumental: Cyril se introduce en ambientes oscuros a causa de la falta de contención de una familia. La segunda tiene relación con la estética de la película: la cámara sigue con dificultad al protagonista, tratando de enmarcarlo en la imagen. Esto se observa en las escenas en las que el chico toma su bicicleta, grandes momentos en los cuales el protagonista busca a su padre, sin éxito alguno.

Tanto en La traición como en El chico de la bicicleta hay un interesante manejo del suspenso. En la primera, todo surge a partir de elementos que tienen que ver con el género o que, al menos, lo rozan (como pueden ser las escenas de acción); en la segunda, la intriga surge por el destino del protagonista. En este sentido, es interesante la composición del personaje: importa lo que pasará, en qué problemas se involucrará y si finalmente podrá conseguir alguna respuesta de su padre. Es mérito de los Dardenne establecer el suspenso solo con la construcción dramática.

Tanto el film de Soderbergh como El chico de la bicicleta se resumen en una sola temática. Son dos obras acerca del cariño, de la búsqueda y de la falta de una contención familiar. No es casual que los momentos más importantes en la resolución de la trama de La traición se desarrollen en la casa del padre de la protagonista. Ese es el refugio final, donde los villanos buscan a su perseguida, es decir, el lugar donde habita su único amor. Son igualmente interesantes los espacios que muestran los realizadores. El modesto salón de belleza de Samantha es el único lugar que proporciona la seguridad para Cyril, al mismo tiempo que un amor que él desconocía. Y aunque estos directores parecen girar siempre sobre los mismos conceptos, se las ingenian para que cada historia logre diferenciarse de la anterior. En definitiva, los Dardenne siguen moviéndose.

Por Luciano Mariconda

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