A Sala Llena

Los viejos y el cine…

Entre ayer y antes de ayer estuve hablando mucho con mi vieja por teléfono. Nos llamamos, entre pitos y flautas, dos o tres veces cada día para ver cómo estaban las cosas.  Es que, verán, mi abuela (la única que me queda) tiene la enfermedad de Alzheimer y, cada tanto, las cosas se complican y medio que estalla todo por los aires. Si bien tenemos la suerte de poder mantenerla en su casa y con mucha ayuda, el deterioro va haciéndose más y más tangible a medida que va pasando el tiempo.

Mi abuela tiene ochenta y seis años y hace ya unos cuantos que está así. Gracias a Dios, la enfermedad avanza lentamente y, hasta hace poco, reconocía casi a todo el mundo. Ahora, a los que estamos lejos del pueblo ya no nos conoce, y mi vieja me contó que a veces (cada vez más seguido) ya ni siquiera a ella. Sigue valiéndose por sí misma casi para todo, pero ha envejecido notoriamente y empieza a encapricharse, a angustiarse e, inclusive, a ponerse intratable.  Hay que estarle muy encima todo el tiempo, velar por sus necesidades, protegerla de los embates de la enfermedad, acompañarla, contenerla y, sobre todo, estar al pendiente la mayor parte del tiempo por cualquier cosa que pueda presentarse.  La situación es extremadamente ingrata para los que la aman y sufren por ver el deterioro inexorable del que va siendo víctima, a la vez que sus vidas se ven puestas patas para arriba dejándolos completamente desorientados. Los hijos son ahora los protectores de los padres.  Así mi madre, la hija de mi abuela, se constituye tanto en testigo como en acompañante y veladora, en este camino que la vieja transita hacia el final de sus días.

Occidente se lleva mal con la idea de la enfermedad, de la vejez y de la muerte. Para nosotros envejecer es humillante, enfermar es una variable perversa y morir una falla de carácter. La importación en marabunta de “sistemas de creencia” de procedencia e interpretación variopintas, el materialismo consuetudinario, el vaciamiento de humanidad, compasión y sentido de las instituciones religiosas, sumados a la espiritualidad de  Ipad, Mini Cooper y “Bailando por un Sueño” de la clase media, no solo nos ha llevado hacia un estado maquillado, adornado y desasosegado de conciencia, si no que nos ha puesto la espantosa idea en la cabeza de que, el enfermo, es responsable absoluto de lo que le sucede. Algunos le dicen Karma, otros Stress, “asuntos mal resueltos” o “energía negativa” y otros (muchos) empiezan a sospechar de la pureza del alma de la víctima de manera condescendiente y agusanada. Una especie de “algo habrá hecho” de la salud, la vida y la muerte.

El cine se ha encargado de retratar estas cuestiones desde la mirada de los jóvenes y desde la mirada de los viejos. Centenas (si, centenas, al séptimo arte no le gustan demasiado los ancianos) de películas la van de esa etapa tan rica y aleccionadora de la vida. Algunas desde el humor, otras desde el drama pero, la gran mayoría, abordadas con un grado remarcable de humanidad y compasión.

Hoy me gustaría, junto a ustedes, rescatar algunos títulos y recomendarles uno en particular.

Comienzo por Esperando la Carroza, de Alejandro Doria que recientemente se reestrenó en las salas y sigo con Cocoon, una cinta que se ha vuelto muy cara a mi corazón y que cada vez que vuelvo a ver, disfruto de encontrarle más detalles memorables. Jinetes del Espacio, Conduciendo a Miss Daisy, Tomates Verdes Fritos,  Las Confesiones del Señor Schmidt, Ahora o Nunca, El Hijo de la Novia, Fresas Salvajes, Mis Tardes con Margueritte… Todos títulos impecables que nadie debería perderse porque, además de entretener, nos ponen en cuenta del privilegio que representa envejecer, a la vez de lo profundamente naturales que son la decrepitud y la muerte. Una buena forma de sacarle la pátina de cruz o de tragedia, a los menesteres que hay que atravesar acompañando a un anciano que emprende la retirada. Y es justamente por eso, que hoy me gustaría recomendarles fuertemente un título que en particular me resulta brillante: La Familia Savage, de Tamara Jenkins.

Este drama casi sardónico protagonizado por Philip Seymour Hoffman y Laura Linney, la iba de dos hermanos que debían cuidar a su padre viejo y enfermo, después de que éste enviudara de su última mujer y quedara en la calle. Toda la familia estaba distanciada desde hacía años y era realmente complejo reactivar los vínculos. La acción la llevaban adelante el hermano Jon (Hoffman) un intelectual de cierto prestigio, pretencioso, lleno de contradicciones y estupideces y su hermana Wendy (Linney) una mujer inteligente pero, prácticamente fracasada, envuelta en una relación amorosa inconducente. Por alguna extraña razón, Wendy hacía que su brillante hermano se sintiera amenazado y eso, sumado a todas las inseguridades de ella, tornaba extremadamente dificultoso que se relacionaran sanamente. Las cosas se complicaban de verdad cuando ambos debían internar en un asilo al padre y esto los obligaba a enfrentar su propia madurez. Ninguno de los dos había crecido y, ahora, la vida los apremiaba. El guión, también de Jenkins, era impecable, junto a la puesta escueta y fría, poco hospitalaria, de luz y de cámara. Era una película pequeña que resolvía sus búsquedas de manera prodigiosa, apoyada fuertemente en las interpretaciones. Los dos hermanos estaban impresionantemente bien compuestos por Hoffman y Linney, que parecían tener un vínculo sanguíneo fuera de la pantalla. Algunas escenas eran de un matiz tan íntimo y real, que conseguían conmover a la vez que divertir de manera elegante e inteligente.  Y la trama iba creciendo y resolviéndose a la vez que estos dos hermanos iban entendiendo de qué se trataba la muerte y asumiendo dolorosamente su naturalidad a esas alturas de la vida. Finalmente, el vínculo entre ellos reverdecía y se fortificaba y el reencuentro redundaba en cosas buenas y ricas para ambos.  Vale destacar la excelente actuación de Philip Bosco en el rol del padre, que no tenía desperdicio. Les recomiendo fuertemente este film a quienes no lo vieron y a los que sí lo hicieron,  les digo que no duden en revisitarlo prontamente y se den una nueva oportunidad.

En cuanto a nosotros, solo nos queda esperar para ver cómo termina todo esto…

Esta columna está dedicada a mi abuela y a mi vieja, que la siguen remando juntas.

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