A Sala Llena

Me vengaré de esta injusticia…

La mañana se presenta apacible y soleada en este jueves, el primero del 2012, que parece estar maravillosamente azul y, como es bastante temprano, fresco. Por mi parte, no me levanté tranquila. Estoy, como quien dice, un poco desasosegada o tal vez, algo sobresaltada. No tuve pesadillas ni nada que se le parezca, pero creo que el sonido del despertador esta mañana, me paró un poco los pelos de la nuca. Me dejó nerviosa.  Debo decir que este estado un poco “intranquilo” viene de pelos para hablar de lo que tengo preparado para ustedes esta mañana, pero preferiría que se diluyera, aún cuando colabora dramáticamente en el asunto. En fin, veamos si conforme pasa el tiempo y me tomo mi mate cocido con más azúcar que de costumbre, se me va yendo un poco y dejo de tener esa sensación de montaña rusa constante en el estómago.

Esta semanita viene siendo bastante pacífica. He podido trabajar un poco, pero la verdad, me la pasé bastante mirando la televisión, leyendo, haciendo un poco de ejercicio, liquidándome los turrones que quedaron y tomando cafecito por ahí.  Estoy introduciéndome sin demasiada estridencia en este Año Nuevo que, dicen, traerá muchas cosas diferentes, cambios importantes y  profundas transformaciones.  Por supuesto,  es la parte de la televisión y la liquidación de turrones, la que más tiene que ver con lo que hoy quiero compartir con ustedes.

Los que tienen memoria de los 80s, se van a acordar de esto seguramente. Sobre todo las mujeres porque, esta miniserie con la que quiero meterme hoy, era una miniserie sobre el poder de las mujeres, la resistencia de las mujeres, sobre el coraje de las mujeres pero,  más que nada, sobre la gran capacidad de venganza que desarrolla una mujer traicionada y despechada.  Esta mini serie creció como una sombra, sobre todos los muchachos buenos mozos, que andaban por ahí planeando quedarse viudos para cobrar la generosa herencia de alguna esposa millonaria, regordeta y acabada. Y, debo decir, detuvo varios planes de abandono por mujeres más jóvenes, de algunos hombres no tan buenos mozos ni glamorosos, pero si veletas y patas de lana, que esperaban recuperar la juventud, cambiando el modelo vigente por uno más nuevo.

No recuerdo si el lunes o el martes, estaba frente al televisor a la siesta, haciendo zapping compulsivo y masticando un turrón blando, tratando de sortear la fruta abrillantada, cuando en la señal TCM me encontré con esta joyita del pasado que, debo decir sin temor, marcó toda una época.  Describir mi estado como extático, sería quedarme corta. La casa estaba silenciosa, yo no tenía nada que hacer (y si lo tenía me saldría de ello en un santiamén), los gatos dormían como descocidos, corría un airecito medianamente fresco, nadie me interrumpiría o prohibiría verlo como en la infancia y en la tele estaban dando… ¡Tatán tatán: La Vengadora! Era, total y absolutamente, la panacea.

La Vengadora (Retorno a Edén) es una mini serie australiana, que salió al aire en 1983 y que batió records de audiencia en todo el mundo.  Se trataba de la híper millonaria heredera cuarentona Stephanie Harper (Rebecca Gilling), bastante fulera, que se casaba con un jugador de tenis retirado, hot como papa caliente y que, a la legua se veía que solo quería su fortuna. Greg Mardsen (James Reyne), el villano de toda esta tragedia, rápidamente se involucraba sexualmente con la mejor amiga de su esposa y comenzaba una aventura increíblemente fogosa. Llevaba a ambas a Edén (enorme estancia de la familia  de Stephanie Harper) y allí arrojaba a su pobre mujer a los cocodrilos, en complicidad con la maliciosa y calentona amiga, que estaba enloquecida por él. Pero la rica heredera no moría, solo era destrozada por un cocodrilo pequeño que le desfiguraba el rostro y era rescatada por un ermitaño, experto en medicina india, que la encontraba en el pantano y la curaba, la cuidaba y le proporcionaba los fondos para que ella se refugiara en una clínica de cirugía plástica carísima, en donde la reconstruirían parte por parte. Pero, por supuesto, ella no solo quería que le reconstruyeran el rostro, también quería que se lo cambiaran, lo rejuvenecieran, lo embellecieran y lo re hicieran de modo que quedara irresistible. Y el doctor Dan Marshall (James Smillie), el muchacho bueno del culebrón, lo hacía sin chistar y la dejaba para la portada del Vogue. Así, con chapa y pintura impecables, Stephanie regresaba irreconocible y se convertía en la súper modelo Tara Welles que rápida y arteramente calentaba a Greg Mardsen y lo volvía loquito, loquito. Finalmente, en un dramático descelance, ella lograba vengarse de los traidores, llevando a su mejor amiga a la cárcel y a su infame marido a la muerte. Por supuesto, en el medio se enamoraba del médico, se encontraba con un gatito gris precioso, hacía mucho dinero como modelo y sufría como una condenada cada vez que recordaba lo vieja y gorda que estaba antes del cocodrilo.

La historia lo tenía todo: tragedia, venganza, sexo, dinero, poder, glamur, belleza, amor verdadero y, finalmente, justicia. Era una especie de engendro entre Dallas, Dinastía y el Conde de Montecristo, que daba como resultado un cóctel imparable de intrigas y drama que se volvía irresistible.

Cuando recién salió, no se me permitió verla porque tenía escenas de sexo que, ahora que las veo, de verdad no eran para tanto. La estética era bien representativa de los 80s, por ende todo el mundo estaba maquillado hasta detrás de las orejas con tonos iridiscentes, el mobiliario y la estética de los ambientes era de un terrible mal gusto y el vestuario, fantástico, estaba lleno de equipos de una sola pieza, con grandes moños y accesorios maravillosos, recubierto de esa pátina post disco alucinante, que arrojó como resultado un estilo increíblemente recargado y royal, del que algunos reniegan, pero que yo atesoro febrilmente. Pantalones de tiro alto que  de verdad mejoraban la figura, maquillaje recargado aún durante el día, vestidos de tarde, equipos de camisa con hombreras gigantescas y pantalones por encima del tobillo,  chombas ajustadas al cuerpo y metidas dentro de los pantalones, cuellos superpuestos enormes y rococó… La esencia del nuevo recargado, que sentaba maravilloso, sobre todo a las mujeres que no eran perfectas y les daba la chance de emperifollarse a lo loco sin sombrero, mejorando notablemente su aspecto. Todos estos preciosos elementos combinados, mas la volatilidad de la historia, hicieron que el mundo se rindiera a los pies de esta serie y de su país de origen. La Vengadora y el Cocodrilo Dundee, hicieron mucho más por Australia que cualquier misión diplomática, que los canguros y que el propio Mel Gibson.

No puedo dejar de preguntarme por qué nos gustarán tanto las historias de venganza, de retaliación, de ojo por ojo diente por diente.  El personaje masacrado, sumido en el olvido y la ignominia, que vuelve a arrasar con todo. Desde Cumbres Borrascosas para acá, que no paramos de consumir este tipo de estructura dramática en, prácticamente, todos los formatos en los que viene. Si no, pregúntenle a Charles Bronson,  que pasó gran parte de su vida de actor representando al mismo tipo que se vengaba una y otra vez, anónimamente. Telenovelas argentinas, mexicanas, peruanas, colombianas de Tanganica y de China, series norteameryanquis, grandes y pequeñas películas, cuentos y novelas… Miles y miles de páginas llenas de estas historias que parecen rescatar del espectador o lector, algo así como una necesidad primaria de justicia por mano propia.

Se sueña con este tipo de acciones que parecen ser más que justas  dejando al agraviado como el que ríe último y es el rey de la montaña.  Secretamente queremos llevar a cabo planes semejantes contra jefes, amantes, amigos traicioneros, automovilistas que nos robaron el estacionamiento, vendedoras de shopping , empleados estatales, políticos corruptos y niños mal educados que vienen a rompernos la camiseta a nuestra propia casa. Si, si, el ser humano cree en la retaliación y se siente más que tentado a la hora de sacar dientes y arrancar ojos. Todos tenemos algo de Edmond Dantés escondido debajo de nuestra piel, pero, como decía el Chavo: “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. Y tal vez sea por eso que escondemos nuestras ansias y esperamos que el destino nos vengue.

Estas tramas, llenas de misterio, miedo, angustia, placer y triunfo final, sean tal vez la catarsis que necesitamos para seguir siendo civilizados. Tanto en forma de culebrón pedorro o de novela clásica, nos tiran un ancla que sublima nuestras más bajas pasiones y necesidades, convirtiendo en héroes y heroínas a quienes las llevan a cabo casi sin cargo de conciencia. Son necesarias para expiar los pecados que solo cometemos con la mente y para poder dormir sin una daga bajo la almohada.

A mí de La Vengadora me dejaron ver la parte 2, en el 86. Nos metíamos mi vieja, mi hermana y yo en la cama grande y la veíamos por alguna de esas repetidoras perdidas que teníamos en el pueblo. Era una hora de pura intriga y belleza colorida. Por las tardes, jugábamos con amigas y recreábamos situaciones de lo más meticulosamente. Por supuesto, siempre peleábamos por ser Stephanie Harper y, desde acá les digo a las que alguna vez me ganaron esa pelea que….  ¡Me vengaré jajajajajajajaja! ¡Ah jajajajajajaja!

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

También te puede interesar...