A Sala Llena

Océanos

 

Océanos (Océans, Francia, Suiza, España 2009) 

Dirección: Jacques Perrin, Jacques Cluzaud. Guión: Jacques Cluzaud, Jacques Perrin, Laurent, Gaudé, François Sarano, Stéphane Durand, Laurent Debas, Christophe Cheysson. Producción: Jacques Perrin, Nicolas Mauvernay. Elenco: Lancelot y Jacques Perrin. Distribución: Distribution Company. Duración: 100 minutos.

Tocando el cielo, desde lo profundo del mar

Muchos se acordarán de Jacques Perrin como la versión adulta de Totó en Cinema Paraiso o el adulto Pierre de Los Coristas, pero más allá del intérprete versátil que ha demostrado ser a lo largo de sus 50 años de carrera, Perrin se ha consolidado como uno de los productores más eficientes del cine francés (desde Z hasta Estado de Sitio, ambas de Costa-Gavras), y ha logrado sorprender como un visionario documentalista ambiental / ecológico.

Varios críticos han caído en la trampa de clasificar Océanos, como un producto impersonal de Discovery Channel y Disney, en la rama de La Tierra. Incluso, yo mismo he creído esto, por lo cual desistí de ir a verla a en la función para la prensa (por favor, está el mundial). Grave error.

Océanos, a diferencia de los documentales hechos por canales geográficos (llámese Discovery o National Geographic) no nos presenta familia de animales siendo documentados durante un año (en realidad son varios, pero ficcionalizan el relato) con imágenes “tiernas” para que los chicos puedan sentir empatía por dichos animalitos. El precepto de estar doblada al español puede ser engañoso.

Si bien el propósito de Perrin y su co director, Cluzaud, es claramente concientizador y didáctico, el tratamiento narrativo y visual es realmente demasiado impactante, y realista para ser exhibido por menores que sean impresionables. Y está bien que así sea. No se debería ficcionalizar la naturaleza. Demasiado mano mete el hombre sin la cámara para tener que armar un argumento humano y familiar alrededor de la fauna marina.

Perrin, aprendió de una de sus producciones, la mítica Microcosmos de la dupla  Nuridsany – Pérennou a observar la naturaleza, lo más cerca posible a través de una excepcional fotografía, paciencia y excelente uso de lentes y microcámaras, pero no interceder en la vida animal. A penas, quizás, en el montaje, usar algunos efectos de animación y computarizados, para atar algunos cabos narrativos.

De esta manera efectuó la maravillosa Tocando el Cielo, donde sus ojos se posaban en las migraciones de las aves de todo el mundo, con un despliegue visual, de innagotable belleza.

En Océanos redobla la apuesta. No hay una historia, apenas un relato en off del propio Perrin (que más tarde se justifica con la presencia de su nieto, y de él mismo en un museo contemplando animales embalsamados), que tiene una función más bien poética / reflexiva, que una explicación obvia y soza sobre el comportamiento animal. Es verdad, que si no hubiese puesto una sola voz humana, la película serían deleitantes imágenes puras, pero tampoco molesta demasiado, ni siquiera el hecho de ser doblado. No se nombra en algún momento que especie estamos viendo en pantalla, ni hay entrevistas aburridas a oceanógrafos o biólogos, zoólogos, o algún científico parecido. Los protagonistas son netamente las criaturas de los océanos en todo su esplendor y belleza.

Podría durar más o menos, pero nunca cansa. ¿La razón? Porque no se trata de una película, sino de un viaje por todo el mundo, acompañado por una épica banda sonora a cargo de Bruno Coulais, realmente emocionante y penetrante. Los coros, los trombones: cada instrumento eleva la magnitud de las imágenes. Se trata de un espectáculo digno de ser admirado en pantalla gigante.

No se trata solamente de seguir los pasos de Jacques Cousteau (ambos directores inclusive comparten nombre de pila con el innovador del género). La primera parte es contemplación pura. Es meterse en un microsubmarino y recorrer, conocer, admirar los misterios acuáticos. Admito que creía que mis conocimientos en fauna marina eran amplios, pero esta película me dejó con la boca abierta. Hay hermosos especímenes que nunca vi en mi vida… y ahora desearía conocer en persona. No hay violencia, pero sí se puede ver con detalle como el pez grande se come al pez chico. Ni en los noticieros argentinos vemos estos símbolos políticos exhibidos con tanta libertad.

La segunda parte, es la reflexión. Ahí empiezan a aparecer japoneses cazando tiburones (supuestamente estas escenas son falsas y recreadas en la post producción. Si es así aplaudo a los ingenieros porque me comí el truco), buzos nadando como si nada a la par de los cetáceos.

La película no solamente apuesta por encontrar el equilibrio ecológico y respetar a las especies, sino a mostrar que se puede convivir sin peligro alguno con estos gigantes de los océanos, e inclusive con el “monstruo” de la película de Spielberg. Son todos prejuicios insanos. Pero si mantenemos este razonamiento peyorativo e hipócrita con el vecino de al lado, como vamos a poder convivir con estos seres prehistóricos, a los que les tememos tanto como al vecino (y sino creen que la naturaleza puede ser cruel, incluso con los fanáticos de los animales, recuerden lo que pasó con Steve Irwin).

La película fue criticada por la misma insensatez de siempre: narrativamente tiene un guión fluctuoso, es demasiado didáctica, etc.

Pero, lo repito Perrin no quiere hacer un documental sino compartir una visión emocionante, con el espectador. Ir más allá de Mundo Marino. Por que no solamente es un espectáculo cinematográfico, sino que es un ballet, un concierto acerca de la vida y la muerte, de manera más salvaje, verosímil y real que pueda haber sido filmada jamás.

Desde Alaska hasta la Antártida, Perrin y Cluzaud, finalmente logran no solo cumplir con los preceptos instaurados por Cousteau, ir más allá de la baranda del “Calypso”, sino que además, siguen los pasos del primer observador cinematográfico que hubo de la naturaleza y su relación más básica con el hombre, Robert J. Flaherty (Nanuk el Esquimal)

Pienso que la importancia de un film como Océanos en la cartelera porteña, reside en la sensación me que dejó al salir de la sala. A pesar de cierto mareo (no sé si fueron las olas que “salen” de la pantalla o un inminente resfrío), lo que realmente me enfermó fue el furor adolescente provocado por vampiros y hombres lobo de cartón. Sí, antes que codearme con las fanáticas de la saga Crepúsculo, prefiero nadar entre tiburones. Son más silenciosos y menos peligrosos.

 

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