A Sala Llena

Otro sábado por la noche

 

Otro sábado por la noche

Dramaturgia y dirección: Héctor Trotta. Música Original: Pablo Casals. Vestuario: Paula Bianchini. Iluminación: Ricardo Sica. Diseño Gráfico: Gabriela Turano. Fotografía:  Wanda Rey. Elenco: María Saavedra, Natalia D´Alena, Julián Smud, Nicolás Fiore.

 

¿Otro sábado por la noche?

 “Nos queríamos en una dialéctica de imán y limadura,

de ataque y defensa, de pelota y pared”

Julio Cortázar

Rayuela

 

Busco el Espacio Polonia, camuflado en el centro de un Palermo que gusto no frecuentar. Una regla memotécnica me conduce, segura, hasta el lugar. El garage que encuentro en lugar del teatro buscado me desorienta, pruebo otras reglas, ninguna funciona, el reloj avanza y sigo perdida, pienso preguntarle a un transeúnte pero hablamos idiomas imposibles. Fracasa la comunicación. Una voz amiga me ilumina confirmando que una inversión numérica, de esas que llaman dislexia, me ha alejado tres cuadras de mi destino. Contra el reloj y el desánimo, llego al sitio indicado. Pulso el timbre rojo que, cual contraseña acertada, habilita las compuertas que me abren paso a la sala. Sala de esas que vuelven a enamorarnos de ese Buenos Aires que exuda teatro. El procedimiento -equívoco incluido- resuena en mi inconsciente con reminiscencias de deja vu.

Busco la respuesta mientras dan sala y nos sumergen en un mundo oscuro, fragmentado y con cierto sabor onírico. Temo estar ante un espectáculo experimental. Mi fanatismo por este tipo de procedimientos queda circunscripto al ámbito del ensayo, de la creación, de la búsqueda y encuentra sus límites al momento del espectáculo. Recuerdo al gran Eugenio Barba postulando su Antropología Teatral como método y nunca como resultado escénico. “No mostremos la destreza, mostremos su resultado en el cuerpo del relato”, gritaba a voz en cuello. Mis temores se diluyen, veloces, mientras me pierdo entre las voces del elenco. Voces y cuerpos que resultan de una precisión y un encanto al que poco acostumbrados nos tiene la escena porteña.

En un espacio pequeño y condensado, donde el más mínimo error haría sonar la alarma alejándonos irreversiblemente del suceso, se dan cita escenas gigantes, enormes, mucho más abarcativas que el espacio que las contiene. “Y después dicen que el espacio limita”, pienso.

El relato me confunde y no por falta de claridad. Los vínculos se construyen y sostienen durante toda la pieza, los cuerpos hablan, susurran, gritan, bailan, saltan y se deslizan con una pericia asombrosa. Intento volver al relato, relato que me saca sonrisas y gestos cómplices, relato que identifica por momentos y engaña en otros. Alterna entre una gran agudeza y un alarde de profundidad que no siempre acompaña el propio texto. En eso estaba cuando volví a toparme con mi deja vu y por  fin resolver el misterio. “Cortázar”, pienso. “Esto me pasaba con las novelas de Cortázar”. La identificación rápida con seres que en realidad no somos. Con una bohemia triste y escéptica, compitiendo agudezas, sensibilidades, interpretaciones del mundo, que no acompaña la propia vida. Brillantes interpretaciones del ser en boca de sujetos frustrados, socialmente improductivos, penantes y penosos. “Soy escritor” dice uno en la escena. “Fracasado”, completa el otro. No por eso menos brillante, pienso mientras me engaño y vuelvo, sin premeditación, a mi equívoco inicial, a la contraseña, las compuertas que abren paso mintiéndote parte, y por fin aparece …¡el club de la serpiente! Y una vez que se instala, la idea no cesa. La idea de identificación por proyección, el deseo de pertenecer. Recuerdo mi amor por Cortázar y la secreta envidia a esos personajes que podían disfrutar de la noche, el humo y los bares porteños sin límites de ninguna índole. Recuerdo esos personajes viajando por Paris en busca de un destino más grato. Recuerdo esos personajes, acá o allá, formulándose las mismas preguntas y hallando semejantes respuestas. Recuerdo un día, nefasto día aquel, en el que me pregunté “¿de qué trabaja esta gente?”. Releí con temor todas las páginas transitadas y encontré la respuesta. No trabajan… ¡Los tipos no trabajan! Un vacío profundo y desolador me embargó desde entonces. No vivimos el mismo mundo. Un bohemio en Buenos Aires, preguntándose por el ser y viviendo de rentas…Vuelvo a la escena y no puedo dejar de leerla en idéntica clave. Dos parejas se aburren un sábado en la noche en la cabaña de uno de ellos. ¿Llegaron ahí por pura excentricidad? Llenan sus silencios con desesperación intestina. Se atacan como intento de propia defensa. Con astucia, se atacan. Con ironía exquisita. Con un cinismo encantador. ¡Qué pericia la de esos cuerpos!

Recién en casa encuentro una respuesta que satisface mi incomodidad. Carlos Gamerro deambula por la producción de Cortázar y observa la curiosa “…división del trabajo que Cortázar establece para sus cuentos y sus novelas. Los cuentos ofrecen estructuras cerradas, como de burbuja, bola de cristal o pecera: pequeños ecosistemas literarios autosuficientes. Las novelas en cambio, son estructuras eclécticas, porosas, abiertas a la invasión de toda clase de elementos exógenos, aún los del contexto inmediato. El protagonista de las novelas es siempre el mismo, bajo disfraces cambiantes: un grupo de amigos intelectuales, que se dedican a discutir sobre filosofía, arte y vida cotidiana, y a burlarse ya sea del filisteísmo pequeño burgués o de la mersada. (…) El lector de las novelas de Cortázar es un lector cómplice, si no participa de sus valores, se queda afuera, no puede leerlas, o, para ser digno de leerlas, cambiará sus gustos y sus hábitos: escuchará Charlie Parker, dejará de hacer citas para encontrarse, apretará el tubo del dentífrico del medio, con saña. Por eso, entre otras cosas, las novelas de Cortázar son recordadas con tanto cariño: porque nos han cambiado la vida.”

¡Ahí está! Durante una hora y media que transcurre sin demoras ni excesos, estuve inmiscuida en ese grupo de pequeño burgueses que me dieron cálida bienvenida a su mundo, y algo debo haber negociado ya que no me sentí fuera de código, pienso mientras controlo el tubo de mi dentífrico.

O quizás no. Quizás mi dentífrico esté prolija, económicamente consumido y hayan sido esos cuerpos en perfecta armonía los que me atrajeron de manera ineludible a la escena. Una escena perfecta, sin tinte alguno de realismo. Cuerpos entrenados, voces deliciosas, una sincronía coreográfica de tal pericia que hace olvidar cualquier artificio posible. El trabajo de un elenco que ha conseguido crear un todo indisoluble e inescindible, en donde ninguna individualidad se destaca por sobre otra, construyendo una máquina perfecta en un mismo tono y un mismo ritmo que sin embargo es riesgo constante. Riesgo que se convierte en potencia. Potencia que se sostiene en una técnica trabajada hasta el detalle e interiorizada de tal manera en el cuerpo de los actores que no puede menos que dejar atónitos a los espectadores y hacernos sentir miserables al devolverles tan solo un aplauso. Aplauso, eso sí, tan elocuente que demuestra que para muchos de nosotros no ha sido, simplemente, otro sábado por la noche.

 

Teatro: Espacio Polonia – Fitz Roy 1477, Timbre Rojo.

Funciones: Sábados 23.30hs.

Entradas: $30

 

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