A Sala Llena

¡Qué mina pelotuda!

Atención: este texto contiene spoilers de la película.

Acabo de llegar de la privada de prensa de Kóblic. Me tomé un café y un taxi, pero aun así sigo bastante magullada debo decir. Tengo una especie de agitación en las manos que me estoy obligando a reducir, para no caer en el frenesí de tipear pelotudeces a diestra y siniestra. No todos los días queda una como imbécil frente a la prensa argentina y extranjera.

Es que, verán, pasaron algunas cosas en la función que, para esta columnista más que para nadie, fueron remarcables. Pero para contar por qué debo arrancar por el principio de todo y, ese principio, es la película.

La trama pivotea en el capitán Kóblic (Darín), piloto a punto de retirarse en plenos años de plomo que, atenazado por su conciencia debido a su participación en un vuelo de la muerte, decide desaparecer y refugiarse en un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. Un poco de descuido y algo de mala suerte, lo enemistan casi en el acto con el comisario del pueblo, un corrupto cuatrero, botón de sangre fría, interpretado con gran riesgo, con buen y noble juego, por Oscar Martínez. Esta enemistad y la negligencia de Kóblic que involucra una llamada telefónica, desatarán una serie de hechos violentos que encontrarán su altitud total en los últimos minutos de la película.

El  guión abreva notablemente en el western: un hombre, perseguido por su pasado, huye y se esconde y también esconde su poder. Un comisario corrupto y “metemiedo” que le saca la ficha casi en el acto, un amigo de fierro, una damisela en apuros y un inocente. Y entonces todo sucede; la duda, la trampa, el sexo, los tiros, los muertos… La fotografía es maravillosa, la puesta de cámara, muy clásica, realmente me deleitó, y la elección de locaciones no tiene falla alguna. Es una película extremadamente austera, muy climática, plena de excelentes actuaciones. A Darín hay que levantarle un busto en Plaza de Mayo, o mejor, una estatua anatómicamente correcta. Su magnetismo es absoluto, su cualidad de estrella de cine es total, y lleva a cabo esta faena, este Kóblic, con una rusticidad castrense, una economía emocional, y un drive violento y sexual ESPELUZNANTE. Es una interpretación ajustada, pura, hija de lo mejor del oficio.

Sí, sí, hasta acá todo bien. El tema, para mí, fueron algunas elecciones de guión que me rompieron un poco la camiseta.

El guión es preciso, bastante redondo, casi sin cabos sueltos y contiene un hondo amor por el cine de género. Pero, hay algo, un detalle que para mí, muy modestamente, es un acto de temor convertido en escena.

Kóblic se niega a abrir la puerta del avión que lleva víctimas de la represión para arrojarlas al río. Víctimas desnudas, torturadas, vejadas, drogadas. Un capitán de la armada, un piloto experimentado, un soldado, encuentra allí su límite, su “hasta aquí”, cosa que deja clara con una llamada sobre explicativa a un superior en Buenos Aires, al principio de la película. Ese mismo hombre, después (ojo que vienen spoilers), asesina a sangre fría a un tipo en la calle más importante del pueblo y delante de todos, y se venga de tres tipos más de una manera redomadamente alegórica, asesinándolos sin un dejo de remordimiento.

Y esa fue la pulga que me picó durante toda la función. Kóblic se niega a abrir la puerta, lo encañonan con un arma, medio que se descompone, lo amenazan con que lo van a tirar a él también. A él, un capitán de la armada. A él, el pistolero que huye del pasado. A él, que después muestra la mayor voluntad de matar de toda la película.

Como  guionista no pude más que pensar en el miedo de los escritores de que su represor, su ángel de la muerte, terminara visto como un héroe dentro de la diégesis. Y ese temor llena la construcción de un personaje en su ejecución sólido, de fisuras narrativas.

Cuando se prendieron las luces, tuve la feliz idea de preguntarle esto a los dos  guionistas. Yo hubiera preferido que me contestara Ocón, el tipo callado, el que no es el director, el que a priori elige libremente, porque lo hace antes de ir al set. Pero me contestó Borensztein, que mal entendió mi pregunta. Yo solo pregunté ¿por qué no lo dejaste pilotear el avión y aterrizarlo? Y la pregunta iba a nivel decisión de  guión. A nivel que un oficial de alto rango de la armada, una armada que estaba embebida en el fervor del odio absoluto que generó doctrina y filosofía comportamental, un piloto que después se despacha a lo largo de la película a cuatro tipos, no pudiera accionar una puerta. ¿Por qué no lo dejaron abrir la puerta, incluso aterrizar el avión? El tipo ya iba con una crisis bien narrada de conciencia mirando hacia atrás por un espejo. Su cabeza ya se había roto. ¿Por qué hacerlo resistir una orden que ni siquiera involucraba apretar el gatillo? Un gatillo que, por otra parte, apretaría una y otra vez después sin miramientos. La decisión, desde donde yo estaba, tenía más que ver con reivindicarlo moralmente, que con cualquier otra cosa. Y eso se me antojó miedoso, y un toque hipócrita.

En fin, el director no sé qué entendió que le estaba preguntando, la cuestión es que decretó que la pregunta era estúpida defendiéndose un tanto bravuconamente, y pasó a otra cosa. Por atrás mío, cuando intenté repreguntar, un crítico pasado de peso, con el pelo engrasado y raya al costado, sudoroso, de camisa blanca y anteojos culo de botella espetó “¡qué mina pelotuda!” Y ahí nomás pasaron a algo, seguramente, mucho más interesante.

Pero, por suerte, el  guionista y Darín retomaron un par de veces mi pregunta para extenderse sobre algunas cuestiones y el asunto no redundó en un bochorno tan total y absoluto para mí. Sí en un semi bochorno, pero no en uno absoluto, lo cual hizo que las piernas por lo menos, me dejaran de temblar.

Soy  guionista, soy actriz y soy directora, así que no juzgo jamás el trabajo de otros desde ningún pedestal de excremento. Por eso soy columnista y no crítica. Yo analizo ese laburo porque, generalmente, me apasiona, me vuelve devota, me ilumina y me provoca. Y en este caso, mientras miraba la película, mientras la disfrutaba, no pude evitar que me molestara esa decisión que parece hija del temor. Del temor a ser juzgados duramente por convertir a un represor en el protagonista de una película. Y entonces lo ablandan, lo “deshijoputizan” en una sola escena, en la escena terrible del vuelo de la muerte. Y así, traicionan peligrosamente, político correctamente a la construcción de un personaje que, gracias a Darín, igual se convierte en el mal nacido que debe ser.

Demasiadas veces en el transcurso del film, escuchamos a otros personajes pedirle a Kóblic que no se juzgue tan duramente, le dicen que viene de un buen padre, le dicen que solo fue un error, un vuelo. Y yo sigo sintiendo en esas líneas, la voluntad del narrador de dejar claro que el chabón no es un mal tipo. Y eso se contrapone profusamente, con la construcción de un hombre capaz de volarle la peluca a otro en el medio de la calle, de un tiro en la cabeza.

La pregunta que me hago es esta: ¿por qué no dejarlo aterrizar el avión?, ¿por qué no contar su crisis de conciencia desde un punto de vista verdaderamente militar, orgánico e inherente al personaje?, ¿por qué no contar a un hijo de puta verosímil y verdadero, llevándolo hasta las últimas consecuencias? Con todo lo que sucede en la película, me hacía soberano ruido que el pibe no hubiera podido accionar una puerta. Una vez en tierra podría haber vomitado, llorado, huido… pero no activar la puerta y comerse un  apriete, me parece que no.

En todo caso corré todo el riesgo y después dejale toda la cuestión de empatía con el espectador a Ricardo, cuya elección no fue ni remotamente inocente. Jugate a fondo y encendé la conciencia del espectador y reventala en un millón de partículas. Hacelo cuestionarse incluso su visión del mundo, su maldad, su odio, su hipocresía, su liviandad. Y déjalo que se las arregle en su casa, masticando y masticando en la noche. Interpelalo para siempre.

En fin…

Más allá de eso y de haber sido reprendida públicamente, la película me gustó. Como decía, hay amor por el cine de género y eso no es poco. Hay grandes actuaciones y buenos climas. Y un análisis posible, rico, invitante, vigente y preñado de reflexión.

Por lo demás, me hubiera gustado que me reprendiera Richard, pero a la vieja usanza: a solas y con unas buenas nalgadas. Porque si bien soy una pelotuda, tengo un culo para alquilar balcones.

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

También te puede interesar...