A Sala Llena

Salvajes, según Elena Marina D’Aquila

¿Dónde están los salvajes?

Hace mucho tiempo que no veía un guión tan malo como el de Savages.  Con frases que supuestamente deberían causarnos gracia como  “Aquí Dios estacionó el séptimo día y se lo llevó la grúa el octavo”,  “Yo tengo orgasmos, él tiene guerrasmos”, o “Buda es un hindú gordo”. También debería hacernos reír  la música del Chavo del 8 que le suena hasta el hartazgo a Chon en la computadora y en el celular. Pero describamos un poco a los dos protagonistas masculinos: uno es un muñecote G.I Joe/surfer que se las da de guerrero pero es más bien un John Carter con esteroides. El otro, además de ser dealer, en su tiempo libre es filántropo en África y es “blandito” cuando de matar gente se trata. Pero eso no implica que no pueda prenderle fuego a un hombre que ellos mismos inculparon para salvarse y que fue torturado previamente delante de sus ojos.

Los líderes del Cartel mexicano son torturadores muy desagradables, pero nadie puede decir que no tienen onda: escriben mails amenazantes con emoticones. Estas son las “herramientas” básicas con las que Stone pretende hacer reír al espectador. Si el guión no les parece lo suficientemente patético, los nombres que les pone Stone a los personajes seguramente sí: El Azul –un distribuidor heavy- y Lado, interpretado por Benicio del Toro, en el papel de villano mexicano y con bigote. El “chiste”: ambos terminan creando un nuevo Cartel de narcotráfico que se llama Azulados. Para colmo, por si no entendimos que la trama se va poniendo cada vez más “salvaje” y que los tres protagonistas viven como “salvajes” –en realidad no son más que dos monigotes- la voz narradora de O (por Ofelia) lo repite para que nos quede bien clarito y no se cansa de sobreexplicarlo. Incluso lo hace al final también, por si las moscas.

Como Stone no tiene nada para contar -porque la película es tan predecible desde el comienzo que incluso se delata a sí misma en la “vuelta de tuerca” que nos quiere hacer tragar con el falso final- se vale de una cantidad de efectos horrendos como el relojito que cuenta las 5 horas que les dan a los muñecotes para salvar a su chica junto con un montaje acelerado, el blanco y negro granulado y la violencia gratuita (cabezas decapitadas en charcos de sangre) para esconder debajo de la alfombra el vacío narrativo y la fluidez que brilla por su ausencia en una película que parece de nunca acabar.

La narración de Blake Lively no funciona y menos aun el inverosímil speech que se manda ante una cámara mientras está secuestrada. El nivel de inverosimilitud se extiende también a los protagonistas, que son dos “nenes lindos” a los que nunca les creemos esa faceta de tipos duros, capaces de cargarse a todo un Cartel de dealers que decapitan y torturan gente. Nada está contado con originalidad en la película: ni las torturas ni las muertes. Los surfers usan máscaras -como en Punto Límite– para matar a unos dealers y robar dinero pero carecen del sentido del humor, estilo y carisma que tenían Danny Trejo en Machete, Banderas en Desperado o Mel Gibson en Vacaciones Explosivas.

La película termina siendo una cruza entre budismo hippie, narcotráfico, carteles mexicanos y gore al estilo del troublemaker Robert Rodríguez aunque, a diferencia del texano, Stone en ningún momento logra que el ingrediente humorístico bizarro funcione. Un film muuuy stonero que garantiza un mal viaje.


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