A Sala Llena

Secretos de Estado (The Ides of March)

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Secretos de Estado (The Ides of March, Estados Unidos, 2011)

Dirección: George Clooney. Guión: George Clooney, Grant Heslov, Beau Billimon. Elenco: Ryan Gosling, George Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei, Jeffrey Wright. Producción: George Clooney, Grant Heslov, Brian Oliver. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 101 minutos.

Clooney se postula a Presidente…

El hombre ha mutado desde ser un doctor de una sala de guardia hospitalaria, vertirse a la cultura pop matando vampiros luciendo un tatuaje que emergía por su cuello, a convertirse en el nuevo suspiro de señoras mayores en comedias románticas, fracasar al disfrazarse del caballero oscuro y hasta dedicarse a la tarea de dirección con dos primeros trabajos ejemplares: Confesiones de una Mente Peligrosa, Buenas Noches y Buena Suerte.

En esta, su ultima incursión detrás de cámara, el thriller político Secretos de Estado, cuyo protagónico recae sobre el consagrado actor Ryan Gosling, este interpreta a un talentoso co-manager de un candidato político específicamente hecho a medida de y por Clooney. Dentro del equipo de asesoramiento lo acompaña un agente mentor (Philip Seymour Hoffman), experimentado armador campañas a gobernación o presidenciales, juntos deben accionar todas las posibilidades al alcance como para que el candidato salga electo, desde redactar imponentes discursos hasta tener que encontrarse cercanamente al principal competidor. Clooney, al igual que muchas apreciaciones personales a las que se vio involucrado al hablar públicamente acerca de temas políticos representa a un candidato ideal, actual, no conservador, de principios y tendencia socialista, una real esperanza para la sociedad norteamericana. Gosling representa a un sector joven ansioso políticamente, quien se mueve impune y sigilosamente por bambalinas de la campaña política.

Para lograr un atractivo a la historia a contar surgen varios conflictos a la vez que determinan el rumbo hacia el que se dirigirá la segunda mitad del film, con previsibilidad, surgen vueltas de tuerca que intentan desenvolver un posible panorama de corrupción y escándalos que podrían destrozar al candidato. Gran parte de estos temas ya han sido abarcados en grandiosas películas de directores como Otto Preminger, Rob Reiner o Mike Nichols, trabajos que seguramente Clooney habrá tenido en cuenta para confeccionar el guión original.

El intercambio actoral en escenas entre Gosling y el completo cast consisten el aspecto más apreciable de Secretos de Estado, incluídas las de la siempre admirable Marisa Tomei interpretando a una reportera ambiciosa, Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti. Clooney, aunque haya dirigido, guionado y producido el film, en materia actoral escasea de altos momentos como para destacar una distinción, podríamos afirmar que da la sensación de brindar el lugar principal a Gosling, con quien pareciera haberse divertido tanto dentro como fuera de la realización. A su vez, la inserción de una voluntaria en la campaña (Evan Rachel Wood) es extremadamente impuesta, cuaja como una irrupción en el guión para desatar un nuevo conflicto por demás obvio.

Lo que prometía ser un sólido thriller político con alerta de Oscars por todos lados, queda un tanto expuesta en las obviedades argumentales varias que contiene y bien permite distinguir a un actor convertido en productor, director y por qué no en un futuro candidato a algún puesto político. Sin ir muy lejos y con menor aptitud, idoneidad y carisma, Schwarzeneger lo ha logrado.

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Nos siguen tomando por tontos

“ Conozcan al Nuevo Jefe. Es Igual al Viejo Jefe” – The Who

Los gobiernos pasan, pero los que están atrás quedan. Se sabe que un gobernante no sube solo al poder. Más allá de los ministros y asesores, atrás de los gobernantes siempre están los jefes de campaña. En tiempos de elecciones, ese es el otro frente de batalla.

Esta cuarta obra dirigida George Clooney confirma la tendencia de actores que apoyan el partido demócrata y su necesidad de hacer política a través del cine. Secretos de Estado, se inscribe en la línea de thriller político con humor negro, cínico y satírico que Tim Robbins registró en su primer película, Ciudadano Bob Roberts, o Warren Beatty realizó en 1998 con Bulworth. Ambas son obras injustamente olvidadas, donde los intérpretes analizan las ambigüedades del poder y los ideales en los Estados Unidos.

Hay otros ejemplos similares, como Mentiras que Matan (Wag the Dog) de Barry Levinson, y más atrás, El Candidato, épico film con Robert Redford, otro actor devenido en director, que siempre necesita meter bocado político en sus obras (ejemplo de ello, Leones por Corderos).

En Secretos de Estado, Clooney emula el argumento de Colores Primarios, film de 1998 dirigido por Mike Nicholls, que prometía ser una crítica dura al gobierno de Clinton, y se quedaba a mitad de camino entre el drama y la comeda.

El problema con Secretos… es que si se hubiese estrenado antes que Colores… habría pasado a la historia, pero en cambio, al llegar casi 15 años después, termina siendo un film que atrasa y pierde fuerza.

Es sabido que Clooney apoya públicamente Barack Obama y al partido demócrata. Los discursos de su personaje, Mike Morris son perfectos. El gobernador, candidato a presidente, que él mismo interpreta, apoya el aborto, el matrimonio homosexual, se opone a hablar de religión en los discursos, está en contra de la guerra, de la búsqueda de petróleo… En fin, es un liberal de la primera hora, buen esposo, buen padre. Un candidato ideal… O casi.

Pero el protagonista de Secretos, no es Morris, sino uno de sus jefes de campaña, Stephen (Gosling), que admira a su jefe y defiende sus ideales, a pesar de que en el entorno todos le dicen, para hablar mal y pronto, que es la misma mierda de siempre. Stephen no lo cree, hasta que la realidad lo golpea en la cara, y todo su mundo perfecto se da vuelta.

El guión escrito por el propio Clooney y su habitual colaborador, Grant Heslov es dinámico, los diálogos son inteligentes y verosímiles, todos los personajes tienen dos caras. No hay héroes. Solo hombres corrompidos por el poder. A nivel de puesta en escena es excepcional. Si bien, no tiene el riesgo o la inspiración estética de otras obras de Clooney como Buenas Noches, Buena Suerte o Confesiones de una Mente Peligrosa, hay que destacar la magnífica fotografía fría y claroscura de Phedon Papamichael, habitual colaborador de James Mangold. Hay primeros planos realmente muy bellos, donde aprovecha la expresividad de sus intérpretes, e incluso de él mismo, con una luz baja, pero nítida al mismo tiempo, dándole un equilibrio entre la oscuridad y la claridad que plantea el film.

La inteligencia de la estructura dramática, proporciona un guión que funciona como bola de nieve, donde la caída de un personaje trae como consecuencia la caída de otro, de forma evolutiva.

La banda de sonido de Alexandre Desplat proporciona un nivel tensión increscente. Ryan Gosling, como protagonista absoluto es inmenso. El joven actor de 30 años, está pasando por un momento brillante de su carrera, y la forma en que maneja la dicotomía del personaje, cómo pasa de ser un jefe de campaña entusiasta, creyente, inocente a descubrir su lado oscuro, no se da de manera abrupta, sino prácticamente fluida, liviana, natural. Todo esto gracias al carisma y talento de Gosling.

El resto del elenco encabezado por Seymour Hoffman, Giamatti, Tomei, Wright y Evan Rachel Wood es sólido, aun cuando interpretan personajes muy parecidos a otros encarados en el pasado. Especialmente Seymour Hoffman. Claro, que todos se destacan y el propio Clooney tiene escenas donde se luce con su austeridad.

El problema del film es que no resulta ni novedoso ni sorpresivo. Al haber visto todos los films que enumeré en el primer párrafo, además de City Hall (film de Harold Becker con Pacino y Cusak, que iba por el mismo lado), Secretos de Estado, peca de inocente. A pesar de sus méritos en puesta en escena y narrativa, la historia no es demasiado atrapante. Ya está vista. Es un deja vu. Cuando se van sucediendo los infortunios en el camino del personaje de Stephen, no es difícil preveer lo que va a pasar o cuál va a ser la carta que el mismo va a usar para salirse con la suya… Y cuando eso sucede, no hay marcha atrás. El film está corrompido y se convierte en lo que critica: una película política más, que en unos años se va a confundir con otras películas políticas.

Se trata de un traspié en la sórdida carrera de Clooney como realizador. Quizás le sirva para iniciar su propia campaña política en el Partido Demócrata, al cuál parece defender a pesar de la hipocresía que menciona en el film.

Casi pareciera decir: “el partido demócrata tiene un gran discurso, pero de vez en cuando tenemos un desliz”. Una lástima que el desliz no sea político en este caso, porque sino la crítica sería mucho más interesante.

Nadie es perfecto. Ni siquiera George Clooney.

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Remitirse a Clooney únicamente respecto a su rol como director cinematográfico implica, inevitablemente, referirse también a su carrera actoral. Como actor, si bien por un lado reconocemos rápidamente su papel de galán seductor al mejor estilo Danny Ocean, el chanta encantador, al mismo tiempo no podemos negar que nunca se quedó quieto interpretativamente. Memorables son aquellos papeles como su Ulises de Dónde Estás Hermano? y, de hecho, es interesante pensar que si los Cohen se preguntaban a la hora de encarar una transposición de La Odisea como sería Ulises si hubiese realizado su famosísima travesía en la mitad del siglo veinte, el rol de Clooney era la mejor respuesta: atractivo, parlachín, embaucador, oportunista; alguien que estando embarrado hasta el cuello se preocupa por como tenía el peinado.

Al mismo tiempo, ver a Michael Clayton, un abogado rondando las cinco décadas cuyos valores morales empiezan a derrumbarse paulatinamente, dudoso de su profesión y respecto a la ideología corporativa que defiende; daban claramente a entender que podía ponerse serio cuando quería y meterse en temas como política empresarial y mostrar el juego sucio allí presente.

Todos estos componentes son de alguna forma ineludibles a la hora de observar su obra como cineasta y más aún teniendo en cuenta su procedencia misma: su padre, un presentador televisivo, y su madre una política demócrata. Es interesante pensar a Clooney como una suerte de mescolanza muy fuerte entre estos dos factores que le dan pie para hacer obras tan distintas entre sí como las anteriormente mencionadas, y que a su vez fue notoriamente capaz de combinarlos en su primer producto como director, Confesiones de una Mente Peligrosa, a través de un muy particular humor negro, contaba la historia de un (valga la redundancia) guionista y presentador televisivo que a su vez es asesino de la CIA. El film combinaba una estética de montaje e imagen casi circense, con la brutalidad del argumento en su dos caras, claramente marcadas a través de su personaje, el notable Sam Rockwell. Clooney, simbolizando su rol de director mismo, es quién maneja los hilos de la vida de este pobre hombre, encarnando al agente que lo recluta para las misiones. Una película más que destacable, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de la ópera prima de George y que él mismo fue capaz de combinar esos factores de comedia y política incorrecta en un mismo producto.

En esta nueva entrega, Secretos de Estado, Clooney decide correrse completamente hacia el carril de la política a secas, como de alguna manera esbozó también en Buenas Noches y Buena Suerte, aunque aquella tenía un componente extraño, novedoso, raro, que no sabría nombrar a ciencia cierta, pero que de alguna forma la acercaban infinitesimalmente a Confesiones… en fin. Sin embargo, en la presente, se borra todo rastro de mescolanza: estamos ante política seria.

Muchas son las películas que tratan sobre campañas presidenciales y mucho se ha hablado al respecto. Lo que más me interesa tratar y, por ende, el componente que me resultó más interesante de la película es su juego con los matices. Los matices de la persona, de sus características, de su intimidad, de sus defectos y virtudes; y de cómo todo esto no es algo posible de separar del mundo de la política. Estos matices están puestos principalmente en Stephen Meyers, encarnado por Ryan Gosling, un actor que parece no tener límite interpretativo, mostrando y demostrando película a película la genialidad de su ambivalencia, versatilidad y sutileza; y que, justamente,  es una pieza clave a la hora de hablar de matices. Y, una vez más, se encarga de llevar estas características a buen puerto. Arranca como un joven asesor de campaña, seguro de si mismo y, lo más importante, seguro de para quién trabaja.

Y si bien al comienzo reitera una y otra vez la confianza que tiene en este candidato demócrata por el que lucha en las primarias y cuyas máximas presidenciales son: legalizar el aborto, más pluralidad, dejarse de jorobar con el petróleo, etcétera; el quiebre principal de la película se da cuando se muestra como lo que verdaderamente es: humano. He aquí el primer matiz, el hecho de que Meyers no es un hombre desprovisto de ego, que pelea políticamente por ideales y nada más. Tanto es así que apenas el jefe de la campaña contraria le hace un llamadito para juntarse, le tira un par de halagos respecto a lo bien que hace su laburo y lo invita a sumarse a su campaña, meyers duda. Duda, aunque sea por un instante. Duda de hecho al juntarse “clandestinamente” con Giamatti (siempre correcto, encarnando a un estratega pragmático muy vivo) y charlar con él sobre la campaña de sus respectivos candidatos. El hecho de que nuestro protagonista dude es uno de los puntos más altos de la película: por más férrea que parezca la convicción o el ideal político, no hacen falta grandes proezas para que este se resquebraje y este resquebrajamiento muchas veces viene de la mano del ego.

Después, todo el tema de la veinteañera boludona (Evan Rachel Wood siempre experta en este rol) que se encamó con el gobernador candidato quedando preñada y Gosling en el medio tratando de salvar las papas no me resultó demasiado interesante. Sentía todo el tiempo que era un componente puesto a la fuerza para darle más presión a la trama (¿sería una forma de decir que no hay político capaz de controlar su libido? Vamos muchachos…). Pero una presión externa, ajena a todo el laberinto de enredos políticos tan poco aprovechado. Qué interesante hubiese sido si seguía por el camino de las transas políticas, los ideales puestos en jaque, las jugadas sucias, etc., pero desde el terreno político mismo, en lugar de tener a los secretos del alcoba como piedra angular del argumento.

Sin embargo, debo insistir con que lo más rescatable es ver la metamorfosis de Gosling, muy bien ilustrada por el afiche de la película misma, y de la gran versosimilitud que cobra, en sus manos, el pasaje brusco de un extremo a otro: desde ser un joven que parece sumido en una lucha casi inocente y ciega por los ideales (hasta Marisa Tomei, la periodista, le advierte sobre lo que se viene y del palo que se va a pegar) a ser un político con todas las letras: experto en jugadas sucias, aprietes, transas y estrategias varias. Y sin embargo, así y todo, podemos ver, en ese magistral plano final, que de todas formas en el fondo sabe que le vendió el alma al diablo y que perdió sus ideales. Si realmente vale la pena ver la película, es por Gosling.

Por Martín Tricárico

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