A Sala Llena

Secuestro y Muerte

Nota: Críticas previamente publicadas con motivo de exhibición en Apertura del pasado 12º BAFICI.

Secuestro y Muerte (Argentina, 2010)

Dirección: Rafael Filipelli. Guión: Mariano Llinas, David Oubiña, Beatriz Sarlo. Producción Ejecutiva : Saula Venavente. Elenco: Enrique Piñeyro, Alberto Ajaka, Esteban Bigliardi, Agustina Muñoz. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 95 minutos.

Este esperado film del director de Música Nocturna, se presenta como una suposición de los eventos ocurridos en junio de 1970, cuando el General Pedro Aramburu fue secuestrado y fusilado por el grupo Montonero.

El tono del film es extraño. Filippelli, junto a sus ex alumnos de la FUC, hacen un film austero. El relato en off, escrito por David Oubiña, recuerda un poco al modo en que Mariano Llinás ha utilizado el recurso en sus últimas obras. Visualmente, es prolijo, los encuadres simétricos, calculados. Como cada diálogo, cada plano y movimientos. Todo está demasiado cuidado.

En vez, de hacer un film histórico accesible con la información concreta y fines didácticos, Filippelli y equipo eluden las normas y lugares comunes, para hacer un film personal. Se podría trazar un paralelo, incluso con Todos Mienten de Matías Piñeiro, ya que ambas cuentan con 5 personajes, encerrados en una casa quinta: 4 secuestradores y 1 secuestrado. Nunca se nombra quiénes son, pero tampoco hace falta. La información es precisa y nunca redundante. O sea los nombres de Aramburu, Montoneros y Perón se suprimen completamente. Lo cual es interesante. Un juego de cámara. El problema son los diálogos. La frialdad, distancia e intelectualidad de los protagonistas y sus textos, alejan completamente al espectador de las circunstancias. Casi, como si se tratara de teatro Becketiano. Las juegos de palabras, las simetrías entre los eventos que los personajes viven con la llegada del hombre a la luna, aportan interés, pero aún así la película no tiene la tensión y el suspenso suficiente para sostenerse durante apenas una hora y media.

A nivel histórico resulta atractivo, porque esta historia no fue contada por el cine nacional, pero la forma es ambigua, e incluso las conclusiones terminan siendo demasiado abiertas. Aramburu es juzgado por Montoneros y el propio Filippelli. En cambio, el director decide no tomar partido ni por el grupo, ni tampoco da un juicio de valor sobre ellos. Solamente los expone, como interrogadores, y el resto del tiempo, los muestra en rutinas cuasi adolescentes intelectuales.

Las interpretaciones solemnes y austeras de Piñeyro, Alberto Ajaka y Esteban Bigliardi (ambos vistos en la obra de Mauricio Kartún, Ala de Criados, ver sección teatro), son creíbles y soberbias. Se destaca el diseño sonoro de Jessica Suárez.

Pero la película deja con ganas de más. Aún así, es una elección indicada para la inauguración oficial. Como dijo Wolf, el BAFICI, debe ser un festival político.

¿Qué pensará de estas palabras, Mauricio Macri?

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Un film no político?

Es aceptable argumentar que alguien quiera contar una historia con diversos enfoques, priorizando detalles secundarios a la acción principal, atando cabos sueltos, imaginando situaciones que puedan o no haber sucedido ante la real falta de información, plantear un tema central a partir de su entorno, pero, si hay algo que en Secuestro y Muerte escasea y es la falta de compromiso con un tema tan delicado y controversial. De dudosa intención, confunde la idea de querer realizar un film sobre el secuestro y muerte de Aramburu (Enrique Piñeyro) mientras su nombre no es mencionado, ni siquiera el de sus secuestradores o del movimiento guerrillero involucrado. El film admite como veraz los dos acontecimientos que bien conocidos son, el secuestro y el eventual asesinato, tal como el título del film infiere. Comienzo y fin.

El film inicia con el secuestro del general, gobernante de facto de la dictadura  militar que tuvo lugar en nuestro país tras el derrocamiento al general Perón, y su traslado a una casa quinta a cargo de cuatro integrantes del movimiento guerrillero Montoneros, quienes encapsulan al film entre las conversaciones imaginarias mantenidas durante la estadía e interrogatorio a modo de “juicio popular” como sería definido por la entidad, confirmando acusaciones puntuales que, una vez brindadas culminarían con el castigo propuesto.

Filippelli intenta mostrar un pantallazo de las tensiones del panorama político de la Republica Argentina en la decada del 70, sin entrar en debates de ideologías, sino en simples diálogos mantenidos entre los captores durante su estadía en el lugar, cual si fuera una reunión de amigos, conversaciones supérfluas, no hay debate político, ninguno quiere explayar su posición, esa tarea queda abastecida por el escaso y seco interrogatorio.

¿Cómo plantear un film no político sobre un tema indefectiblemente político?

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