A Sala Llena

Spring Breakers: Viviendo al Límite, según Elena Marina D’Aquila

Una experiencia religiosa.

Korine toma a MTV y Britney Spears como íconos de la frivolidad  que caracteriza a la generación postmodernista por excelencia y se nutre de la estética del videojuego para crear una celebración de toda esa degradación de la cultura pop. Ahí entra en juego el videoclip, “las chicas Disney” en bikinis luciendo  gorros rosados con un diseño de unicornio mientras bailan con ametralladoras al ritmo de un tema de la princesa del pop, una referencia recurrente en la película. Esa secuencia es la que encierra la esencia de la película.

Cuando aparece James Franco, está tan irreconocible que no lo identificamos de primera. El ahora también chico Disney estrena trencitas, tatuajes y hasta “parrilla”. Es una especie de Tony Montana versión trash meets  Paul Wall. O mejor dicho, un Alien, como él mismo se hace llamar. “No soy de este planeta” vocifera ante un público de adolescentes desenfrenados que lo escuchan rapear. Ellas, son cuatro chicas que viajan a Caifornia para desatar su lado salvaje. Son las típicas girls next door, que se divierten aspirando cocaína y asesinando gángsters en bikini.

Por momentos pareciera que Korine simplemente ubica la cámara delante de las cuatro protagonistas, liberándolas de cualquier atadura, moral o comportamiento correcto y nosotros presenciamos ese libertinaje, como si alguien documentara un día en la vida de Lindsay Lohan durante la fiesta de la primavera. Igualmente, la película rescata de alguna manera la imagen pública de Selena Gomez que termina (casi) intacta al lado del resto. El tema es que cuando alguien se compromete a mostrarnos la degradación de cuatro nenas buenas, queremos ver exactamente eso.

Lo que sí logra el film, es captar ese grotesco generacional del videoclip en su versión más trash, esa fiesta constante de luces fluorescentes y de neón. Una California que vendría a ser pariente de la Ciudad Gótica de Schumacher. Y lo hace a través de los colores, de las diferentes texturas o de una imagen saturada. La banda sonora a cargo de Skrillex, -quien comenzó siendo un dj recontra underground y terminó convirtiéndose en uno de los dj contemporáneos más comerciales- funciona como una continuación del camino que recorre la película.

Sin embargo, hay algo que molesta y es que intenta hacerse la cool abusando de los saltos temporales -flashbacks y flashforwards- y de la repetición, como por ejemplo, de esa frase que ya se imprime como un lei motiv de la película: “Spring break for ever”. Y también, de todo lo que las chicas hacen o dicen, que a través del montaje se convierte en una especie de loop. Es en los momentos en que se pone más reiterativa -siempre volviendo a la secuencia inicial- donde falla, y decae. Falla a la promesa que toma en el comienzo cuando con la electrónica al palo, todo indica que nos va a mantener todo el tiempo dentro de ese desfile de joda interminable. Pero el ritmo es muy irregular: cuando cae, lo hace sin paracaídas y hasta pareciera detenerse por completo. Pero cuando está arriba, logra escenas muy divertidas como la secuencia con “Everytime”, o la gran escena que involucra a Franco con más de una pistola en la boca, suelto y riéndose de sí mismo, un papel en el cual nunca antes lo vimos.

Esto es parte de la autoconciencia que hay durante todo el metraje: Korine se nutre de toda esa cultura en decadencia y la utiliza de la manera más grotesca posible, con culos moviéndose en ralenti hasta el punto máximo de la grasada. La película en sí es una gran excusa para mostrar los cuerpos en bikinis de cientos de pendejas extasiadas. Spring Breakers funciona como una celebración al mal gusto, a algunos aspectos del postmodernismo, la búsqueda de lo inmediato, la liberación exacerbada y sobre todo la imagen. Acá todo es imagen, y esa es la parte más lúdica de la película que se divierte mostrando desde  una imagen que parece sacada de Girls gone wild, hasta una psicodélica y surrealista. Pero no diría, original. Sexo, drogas, y adolescentes descontroladas no es una rareza, sino más bien algo que ya se ha visto demasiado. Para ver tetas y culos hoy en día, no hace falta nada más que ver Bailando por un sueño o dirigirse  al kiosco de diarios más cercano.

calificacion_3

Por Elena Marina D’Aquila

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