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STAR WARS – Episodio II

MATINÉE CONDENSADA

 

Cuando nos ponemos a hablar de La Guerra de las Galaxias, solemos perder la perspectiva de que se trata de películas. De una película que dio nacimiento a otras dos, de una segunda serie de tres y una tercera serie de tres y así; que lo que pasa en una tiene reflejo o consecuencia en las otras, etcétera. Hablamos de un universo que puede caernos bien o mal, y en cierto sentido, el asunto nos termina atrapando en el juego de tomarnos como relevante o real ese mundo totalmente inventado. Repito: nos olvidamos de que son películas, de que cada “episodio” es un film con sus reglas, sus particularidades, sus picos y valles dramáticos, sus espectacularidades, su propia cohesión y tono. Muchas veces, la necesidad de “coherencia” entre los diferentes episodios es una coartada para la pereza. “Es Star Wars, es así”, dicen algunos ante despropósitos o saltos narrativos. “Ah, claro”, grita el neofan devenido influencer subtitulando “cita, cita” cuando, para resolver alguna situación, el realizador -los productores- repiten algo que ya pasó en otra película. Hay algo de religión estúpida alrededor de Star Wars. Pero, volvamos a decirlo aún una vez, nos olvidamos de que son películas. Recordémoslo entonces a partir de una de las más divertidas.

El Episodio II – El ataque de los clones, parece realizado a pedido de los fans. El Episodio I es un despropósito feo de mirar, con pésimos personajes (Jar-Jar Binks), un potencial villano al que se destruye sin desarrollar (Darth Maul), una idea de falso suspenso con el personaje de Palpatine (todos sabemos qué va a pasar), una incomprensible explicación política, un diseño digital absolutamente deplorable que contradecía la búsqueda natural del espíritu clase B en las películas originales, y una pomposidad insalvable. Los fans, entonces, pidieron “más aventura” porque, después de todo, nos interesa que ataquen la Estrella de la Muerte o que Han y Leia se den un beso, no si la Federación de Comercio del Planeta Chota tiene un diferendo por los aranceles al pendorcho magnético con el Senado Galáctico. Más amigos en peligro, menos andar explicando por qué los Jedi se producen porque en la sangre hay, qué sé yo, HPV mutado. Más naves y tiros y planetas raros a explorar, menos robots de píxels sobre prado verde fósforo. Pues bien, Episodio II es todo eso y más; es, además, la película a la que le importa menos ser parte de Star Wars y una de las pocas que confía en que el mundo donde se desarrollan sus asuntos está perfectamente establecido. 

En realidad, Episodio II, vamos a contradecirnos, no es una película sino una serie de películas totalmente diferentes en tono, género y forma que se ven de manera intercalada. Una es la historia de amor bucólica con fondo trágico entre Amidala y Anakin. Esa película es la peor de todas porque a Natalie Portman le importa un pito lo que está haciendo y Hayden Christensen está dirigido por una Commodore 64 sulfatada. Aún así, cada una de esas secuencias va al núcleo del asunto y provee información suficiente, aunque el conflicto “oh, soy un jedi, no me puedo casar” está desarrollado con la pereza de quien no siente el menor interés por este cuento. Ni siquiera en la cita fordiana a lo Más corazón que odio (¡qué odio!) cuando la masacre en la aldea del pueblo de las arenas.

Otra es espectacular: es una novela negra en la que Obi Wan es Phillip Marlowe, Jango Fett es uno de esos matones que pueblan El largo adiós y no es realmente el culpable, que termina siendo (en esta película al menos) un aristócrata con una agenda secreta. Las dos grandes secuencias de persecución de la película (la que tiene un aliento a Vivir y morir en L.A. al principio, en la búsqueda de un sicario; la de las dos naves tirándose con minas en pleno espacio vacío, joya de uso del sonido para crear suspenso) y sobre todo el diálogo lateral, incomprensible pero lleno de sobreentendidos entre el jedi y el asesino, son puro cine, pura intención, pura diversión. Esa película que gira alrededor del ejército de clones encargado por un tipo desconocido es placer cinematográfico en estado puro.

La otra es más o menos: cómo la República llega a la guerra. Ahí hay momentos increíbles y bellísimos, y otros en los que se explica lo que no requiere demasiada explicación. Igual es una manera un tanto rara de ajusticiar un personaje que Jar-Jar Binks sea el que vota estúpidamente algo que, con el tiempo, devendrá el Imperio. Eso sí, cuando el romance y la guerra se unen, aparece la secuencia de la fábrica de drones. Esa secuencia merece un ensayo pero hablemos al respecto de un modo más breve.

En El cine según Hitchcock, Sir Alfred le comenta a Truffaut que tenía una secuencia planeada en Detroit. Cary Grant va a buscar cierta información a una fábrica de autos. Mientras pasa de un tipo a otro, detrás de él, en la línea de montaje, se tenía que ir “creando” un auto. Cuando la secuencia terminaba, también estaba terminado el auto, cuya puerta se abría para dejar caer un cadáver. Hitchcock cuenta que no la hizo porque si bien le gustaban las cosas gratuitas y el humor negro, no podía ser completamente gratuita (pero imagino que también debería de ser muy cara de filmar). El mismo año de Episodio II, Spielberg -correligionario más que amigo de George Lucas- realiza Minority Report. En ambas películas hay una versión de esa secuencia que Hitchcock no filmó: en Minority…, Tom Cruise cae en una cinta serial y se va armando un auto sobre él, lo que al final le permite escapar de sus perseguidores. En Episodio II, Anakin, Amidala y R2-D2 tratan de escapar de un cautivero seguro cayendo en una cinta que fabrica drones y que, bueno, puede hacerlos tortilla. Es un momento extraordinario, un cartoon de aventuras. 

Esa secuencia es interesante porque muestra realmente cuál es el espíritu del film: una especie de catálogo. Hay una escena de western a la Ford, una de policial moderno, una de policial clásico, una de película de gladiadores (la arena de los insectos, más la batalla entre los jedi), una de aventuras del cine clásico (el genial, cómico y emocionante duelo entre Yoda y Doku, un CGI pequeñito y el digno anciano Christopher Lee, que tiene la fuerza de lo inesperado), una de película de guerra, un par de planitos que vienen de Eisenstein, cómo no (Yoda desembarcando a los clones), más todo lo descripto más arriba. Al revés del pomposo y aburridísimo Episodio I, aquí es todo “probemos a lo bestia cualquier cosa”. Si ustedes quitan este episodio y lo reducen a un texto explicativo al principio, pueden pasar directamente al Episodio III sin necesidad de ver nada de lo que pasa aquí. Y eso genera algo extrañísimo: una película de una libertad totalmente a contrapelo del gran mainstream, donde no se puede no recaudar menos de u$ 100 millones en la primera semana so pena de ser un fracaso absoluto. 

Los personajes acá corren, saltan, desobedecen, se caen, se ríen, se lastiman, lloran, y recorren mundos inventados como cualquier persona que se pase un día mirando películas viejas en la televisión. Episodio II no importa absolutamente nada al “universo Star Wars” pero es probablemente una de las películas más deformes y divertidas que dio el cine grandote de Hollywood en los últimos 20 años. Episodio II no es patética, no busca volver “relevante” lo que nació como un experimento sobre la estética de los seriales sin ninguna pretensión, no intenta escribir absolutamente nada, le importa nada todo ese verso del “mito” y del “camino del héroe” (cuántas bobadas han escrito los lectores de solapa de Campbell que desconocen a Eliade, Graves). Es superficial en el sentido más exquisito y deportivo del término. Y probablemente, la mejor película dirigida por George Lucas. O, al menos, la que más se parece a una(s) película(s). O a una matinée de barrio condensada en un par de horas.

 

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